Basta con ver un telediario para llegar a la conclusión de que en la actualidad, la humanidad afronta básicamente dos retos. Uno es la trama cada vez más tupida de relaciones entre personas, países, razas y culturas. El mundo se acerca cada vez más rápidamente a ser esa «aldea global» que los sociólogos habían anunciado. El otro reto, consecuencia del anterior, es que la historia del ser humano está llegando a unos «puntos de no retorno».
Si nos detenemos en el problema de la paz, sesudos historiadores, como Norbert Elias, afirman que por primera vez el hombre se halla en la (feliz) tesitura de no poder resolver los conflictos por medio de la guerra, pues corremos el riesgo de destruir el planeta. Y lo mismo vale para la cuestión ecológica: o la humanidad actúa responsable y solidariamente para salvaguardar la naturaleza o vamos de cabeza al desastre.
Algunas corrientes de pensamiento han subrayado la posición predominante del ser humano en la creación, lo que de alguna manera ha propiciado la explotación indiscriminada de la naturaleza con las consiguientes nocivas consecuencias para el hombre mismo. La cuestión ecológica, pues, nos está reclamando antes que nada un cambio de mentalidad.
En su reciente encíclica Laudato si’, sobre el cuidado de la casa común, que dirige «a toda la familia humana, en búsqueda de un desarrollo sostenible e integral», el papa Francisco nos recuerda que la creación no es un mero objeto de uso y de dominio para el hombre, sino una casa común confiada a nuestro cuidado, nos advierte de su grave deterioro y señala que los más pobres son sus primeras víctimas.
En la raíz de esta crisis ecológica, el Papa señala una concepción de la tecnología y de las finanzas desvinculadas de cualquier referencia moral. Por eso se requiere una conversión personal y colectiva, un cambio en los estilos de vida que depende de cada uno y de todos juntos.
Por todo ello, el Papa propugna una ecología integral, que incluya las dimensiones ambiental, económica y social, y recuerda que el medio ambiente es un préstamo que recibe cada generación y debe trasmitirlo a la siguiente.
Para afrontar todos estos desafíos –advierte–, es preciso superar la miopía de la agenda política, pero también el egoísmo y la cultura de la indiferencia. Es un reto, pero no inalcanzable, pues como el Papa mismo afirma en su encíclica, «sabemos que las cosas pueden cambiar».