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Las novedades del Espíritu

Fernando Guerrero

Movimientos eclesiales El concilio Vaticano II declaró la naturaleza y función de los carismas en la Iglesia, así como la misión de los obispos en relación a ellos. Seminario sobre movimientos eclesiales y nuevas comunidades.
El Consejo Pontificio para los Laicos, un estamento de la curia vaticana, organizó del 15 al 17 de mayo un seminario de estudio para obispos sobre los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades. En el seminario participaron obispos de cincuenta países y de todos los continentes, además de fundadores y representantes de algunas de estas realidades eclesiales. Recordemos que la actual posición de los movimientos en la escena eclesial parte de aquella convocatoria que hizo Juan Pablo II el 30 de mayo de 1998, en un gesto de bondad paternal, reuniendo en la Plaza de San Pedro a más de cuatrocientos mil miembros de estas nuevas realidades eclesiales. Algunas de ellas fueron suscitadas por el Espíritu Santo en los años anteriores al Concilio Vaticano II, otras en los años inmediatamente posteriores. Sin pretender ser exhaustivos, pues la lista es interminable, entre estos movimientos citaremos Schoënstatt (1914), Legionarios de Cristo (1941), Movimiento de los Focolares (1943), Cursillos de Cristiandad (1949), Comunión y Liberación (1954), Camino Neocatecumenal (1964), Renovación Carismática (1967), Comunidad de San Egidio (1968), etc. Los carismas, tanto personales como comunitarios, nunca han faltado en la Iglesia desde el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo, dador de carismas, descendió sobre los apóstoles reunidos con María en el cenáculo, según había indicado Jesús antes de subir al Padre. En esta Iglesia fundada por Jesucristo se dan dos aspectos: uno visible y exterior y otro invisible e interior; en otros términos: Iglesia jurídica e Iglesia de la caridad (Pío XII, Mystici corporis Christi). Pero entre estos dos aspectos no puede haber oposición, ya que, como en cada uno de nosotros, el cuerpo y el alma se completan y perfeccionan mutuamente. Ambos aspectos proceden del mismo divino iniciador de la Iglesia, quien no sólo dijo: “Recibid el Espíritu” (Jn 20, 22), sino también: “El que a vosotros escucha, a mí me escucha” (Lc 10, 16). Es posible, y así ha ocurrido a lo largo de la historia de la Iglesia (formada por hombres y mujeres, seres débiles e imperfectos), que surjan conflictos. Éstos se han resuelto gracias al sometimiento humilde de las personas y comunidades carismáticas y gracias a la intervención de los pastores asistidos por el Espíritu Santo, que infunde los carismas a los fieles. El concilio Vaticano II declaró con precisión teológica y concisión verbal la naturaleza y función de los carismas en la Iglesia, tanto personales como comunitarios, así como la misión de los obispos en relación a ellos, en la constitución dogmática Lumen gentium y en el decreto Apostolicam actuositatem, dejando claro que el juicio sobre su autenticidad y ejercicio razonable pertenece a los obispos, que ejercen la autoridad en nombre de Jesucristo.

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