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MEDIO AMBIENTE - Reciclar

Pablo Alcolea

Preparando una cena con unos amigos, charlábamos acerca de la cantidad de residuos que generaba una sola ensalada...


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Preparando una cena con unos amigos, charlábamos acerca de la cantidad de residuos que generaba una sola ensalada: el envoltorio de las lechugas, la cajita de plástico de los tomates cherry, el envoltorio del salmón ahumado y de surimi, la lata de atún, la de alcachofas, la de espárragos… Caímos en la cuenta de que una simple ensalada ya nos ocupaba gran parte del cubo dedicado a los envases de plástico y latas. 
La conversación se fue animando y alguien, entonces, habló de la existencia de una gran isla de basura que se ha formado en el Océano Pacífico, atrapada en el giro oceánico del Pacífico Norte (aunque parece que no es la única en el planeta). Nos pudo la curiosidad y buscamos las imágenes en internet. Las fotos reforzaron nuestra idea de que toda energía que pudiéramos emplear en concienciar a nuestro entorno sobre la importancia de separar para reciclar sería más bien poca. 
La conversación que tan animadamente habíamos iniciado en la cocina se trasladó a la mesa. Hubo quienes, sin restar importancia a los argumentos del otro, hablaban sobre las responsabilidades directas de los ayuntamientos en el fomento del reciclaje de residuos; otros insistían en la educación desde el seno familiar y la escuela, sobre las medidas (hipócritas) de supermercados para reducir el consumo de bolsas de plástico cobrándolas al cliente; y los más escépticos, esgrimían argumentos en contra de lo que ellos consideraban un negocio. Pese a todo, el problema está ahí: una lata de refresco de las que tanto gustan a los chavales tarda 10 años en degradarse; cualquiera de los chicles que se mastican, casi cinco. La colilla del cigarro de la mañana, dos; los tetrabriks de zumos o leche se degradan después de 30 años; las bolsas de plástico y tus zapatillas deportivas no lo harán antes de los 150 años; las botellas o envases de plástico pueden durar intactos hasta 1.000 años; las botellas de cristal, 4.000...
El postre dio pie a ahondar sobre las consecuencias de estas acciones nada respetuosas con el medio ambiente. Los animales marinos (como las aves, peces o tortugas) confunden nuestros desperdicios no orgánicos con alimentos y los ingieren. Mueren con el estómago lleno de plásticos, tapones y vidrios; los que no mueren enferman y se convierten en alimento de otros animales que forman parte de la cadena alimentaria que termina en nuestros platos. Las botellas de plástico no tratadas, por ejemplo, acaban en vertederos en donde el agua de lluvia que se filtra al subsuelo absorbe los compuestos solubles y altamente tóxicos de los polímeros que forman estos plásticos contaminando acuíferos y los ecosistemas que son nutridos por estos. Una pequeña pila de botón puede contaminar 600.000 litros de agua.
En la planta baja del Museo de Arqueología de Murcia hay una obra de arte dedicada al legado arqueológico de las civilizaciones. Erigida en estratos, en la base es posible ver restos de homínidos, a continuación utensilios argáricos, íberos, romanos, árabes… En la cúspide, en el estrato más joven, el visitante se encuentra horrorizado la herencia que nuestra civilización dejará a la siguiente: basura.
Cada pequeño gesto bien realizado en pro del medio ambiente es un acto de amor hacia las generaciones venideras que sabrán apreciarlo. El amor también recicla, porque piensa en todos antes que en sí mismo. Quizás el 5 de junio, Día Internacional del Medio Ambiente, sea un buen momento para empezar a ponerlo en práctica. ¿No crees?




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