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Una sociedad un poco más justa

Rocío Rebollo


Hace dieciséis años a mi hijo José María, el pequeño, le diagnosticaron autismo. Hoy tiene diecinueve años y está finalizando su etapa escolar. Por aquel entonces yo colaboraba muy directamente en grupos juveniles. De hecho, al día siguiente de ese duro diagnóstico me fui de campamento con chicos de varias partes de Andalucía. Ese domingo, durante la misa en el pueblo, desgarrada por dentro le pregunté a Jesús qué podría hacer por mi hijo, pero era más fuerte la convicción de que Él quería a mi hijo mucho más que yo. 

Pocos meses después tomé contacto con Autismo Sevilla, una asociación formada por un grupo de padres con sede en un piso alquilado. Contaban con un administrativo y un terapeuta, además de mucha ilusión por emprender caminos. Me uní a ellos y me integré en la junta directiva. En 1997 nos cedieron una parcela de 5.000 m2 y empezamos a pedir ayudas para poder construir. Aún estuvimos tres años en un ala cedida por el Hogar Virgen de los Reyes, hasta que nos mudamos en el año 2000, cuando terminó la primera fase de la construcción de nuestras instalaciones. En 2005 inauguramos la segunda ala y en 2009 la tercera. En 2010 nos cedieron otra parcela en la que estamos construyendo una unidad de día y una primera fase de viviendas. Actualmente, Autismo Sevilla cuenta con 215 socios, atiende a más de 400 chicos y contrata a 104 profesionales.
 
Durante todos estos años he desempeñado el cargo de tesorera, un puesto de mucha responsabilidad, pues no actúo solo de manera representativa sino también de forma ejecutiva. Me sobrecoge pensar que gran parte del funcionamiento de la asociación depende de mi quehacer, si bien es cierto que siempre tratamos de trabajar de manera conjunta. Ha sido muy importante la conciencia de estar construyendo sobre la roca para que se diera un gran desarrollo en tan poco tiempo. Esta labor la he conciliado con mi trabajo y con mi familia. Ha sido y es arduo, pero las recompensas son muchas.

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