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Caminos que se encuentran

Mª Jesús Aranda

Un año más no puede faltar una cita en el calendario veraniego: la Mariápolis.


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¿Playa o montaña? La duda se disipa cuando recordamos que este año la Mariápolis  endrá lugar en Astorga (León), ciudad en el Camino de Santiago. De ahí la inspiración para el título: «Caminos que se encuentran». Un lugar en el que personas de las más variadas procedencias y de todas las edades podrán construir entre todos el boceto de un mundo unido.

No faltarán en esos días los grupos de diálogo, los espacios artísticos, los juegos o las actividades familiares. Todo ello para permitirnos descubrir que la diversidad es una riqueza y que cada uno es imprescindible para construir la fraternidad de la familia humana.

Además de tratar en profundidad diferentes temáticas, en esos días se propiciará un ambiente privilegiado

para la convivencia, con el fin de estimular y potenciar una sociedad basada en la solidaridad, el respeto, la tolerancia y la fraternidad. Se tratará, por tanto, de un encuentro interactivo, en el que todos los participantes son sujetos dinámicos en su desarrollo. Personas de toda condición social, edad, profesión y creencia harán de los valores antes señalados su estilo de vida.

Este año la Mariápolis se desarrollará en un entorno natural y artístico privilegiados. Además de Astorga, podremos descubrir la belleza de León, Ponferrada, Villafranca del Bierzo, Las Mérulas... Y algo más escondidos, la Laguna de Truchillas, el Valle del Silencio y otras preciosidades que contribuirán a dejar un recuerdo inolvidable a los participantes.



¿Encontrarnos con quién? Con nosotros mismos, con el Misterio, con el otro, el diverso.

¿Encontrarnos para qué? Para experimentar que la diferencia me enriquece, para construir fragmentos de fraternidad que iluminen y construyan sociedades más justas.

Valores de la cultura del encuentro: silencio interior, escucha, acogida, hacerse uno, diálogo profundo,

 

 

 


 

 

«Hace ya muchos años me invitaron a una Mariápolis. Fue en 1977. La experiencia que viví me marcó para toda la vida. Me vi rodeada de personas que no conocía (éramos unos mil) pero que, desde el primer momento, me hicieron sentir en familia.

»Lo que más me impacto es que me propusieron una forma de vivir que podía poner en práctica al volver a mi casa, con mi gente, siempre, en cualquier sitio, y las 24 horas del día... Y me lancé. Me puse a vivir “a la evangélica” el “arte de amar” que allí había experimentado y que todavía hoy trato de que sea mi estilo de vida.

»Durante todos estos años la Mariápolis ha sido esa cita que con alegría esperaba cada verano y a la que me encantaba acudir. El año pasado por motivos familiares no me fue posible participar: tenía que cuidar a mis padres ancianos, pues además mi madre tiene Alzheimer.

»Supe que había una joven que quería ir, pero tenía dificultades económicas para cubrir los gastos. No me lo pensé dos veces: esa podía ser mi forma de participar y construir la Mariápolis. Y la verdad es que la disfruté: ofrecí las pequeñas dificultades de esos días y también las alegrías. Estuve mucho más atenta a amar a quién tenía cerca: mis padres, la frutera, los vecinos... Además, esta chica me mandaba por las tardes un mensaje por el móvil contándome algo de lo que habían hecho, con fotos y todo. Una experiencia estupenda de un amor que “va y vuelve”».         C. F.

 

 

Más información: www.focolares.es

 


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