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Para algunos analistas la cuestión obedece a la ley de la oferta y la demanda, más que a una estrategia polÃtica. Sin embargo, parece ingenuo desligar un aspecto del otro. Todo indica que los dos se mezclan en un contexto que cada actor intenta manejar en su provecho.
Es cierto que la oferta de crudo ha crecido en los últimos años por encima de los noventa millones de barriles diarios (mbd), sobre todo desde que entró en el mercado el petróleo no convencional de Estados Unidos (shale oil o petróleo de esquistos bituminosos). Con ello, este paÃs pasó de ser importador de crudo a exportador, y el año pasado la Agencia Internacional de la EnergÃa, organismo autónomo de la OCDE, vaticinaba que en 2016 Estados Unidos superarÃa a Arabia Saudita y Rusia como exportador. Se estima que hay un excedente de oferta de tres millones de barriles diarios, que en gran parte coinciden con el shale oil estadounidense.
Al mismo tiempo, la demanda mundial de crudo ha disminuido debido a las polÃticas de racionalización del uso de combustibles fósiles y los recursos alternativos, a lo cual se suma el freno a la economÃa de China, fuertemente atada al consumo de crudo.
Si fuera solo una cuestión de oferta y demanda, bastarÃa con que los doce paÃses de la OPEP, los grandes productores de petróleo, redujesen la producción para provocar una nueva subida de precios, pero no hay acuerdo al respecto. En el pasado, la OPEP ha acordado aumentos de producción, pero no su reducción cuando ha sido necesario.