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«Sigan con su lucha»

Manuel María Bru Alonso

Por primera vez un Papa se dirige a un grupo heterogéneo de movimientos sociales laicos, reivindicativos y alternativos de los cinco continentes.
En palabras del Papa, su encuentro en el Vaticano el 24 de octubre pasado con los llamados movimientos populares fue «un gran signo». Nadie pone en duda que ha sido también histórico, con la participación de dos líderes mundiales de estos movimientos: el presidente de Bolivia, Evo Morales, y el presidente de honor de la Asociación por la Tasación de las Transacciones Financieras y por la Acción Ciudadana (ATTAC), el español Ignacio Ramonet. Mirados con sospecha Los movimientos populares son vistos con sospecha por la sociedad del bienestar y por la mayoría de sus instituciones. El Papa da tres razones para ello. En primer lugar porque pretenden «luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, la tierra y la vivienda, la negación de los derechos sociales y laborales», afrontando «los destructores efectos del Imperio del dinero: los desplazamientos forzados, las emigraciones dolorosas, la trata de personas, la droga, la guerra, la violencia». En segundo lugar porque «su grito incomoda, tal vez porque se tiene miedo al cambio que reclaman», y porque se distancia del mensaje de quienes «sin ir realmente a las periferias», lanzan «buenas propuestas y proyectos» en las conferencias internacionales, que «se quedan en el reino de la idea». Y en tercer lugar porque denuncian la injusticia y una solidaridad mal entendida, esa que aborda «el escándalo de la pobreza promoviendo estrategias de contención que únicamente tranquilicen y conviertan a los pobres en seres domesticados e inofensivos»; con estas «supuestas obras altruistas, se reduce al otro a la pasividad, se lo niega, o peor, se esconden negocios y ambiciones personales». Tierra, techo y trabajo Al Papa no le importa que le llamen comunista por lanzar el tradicional grito «Tierra, techo y trabajo», las tres «T» del derecho a una economía digna de la persona. Y lo entiende como un anhelo universal que cualquier padre tiene por sus hijos. Además, tierra, techo y trabajo «son derechos sagrados». Para Francisco estas reivindicaciones tienen fundamento teológico cristiano. La tierra. Custodiarla, cultivarla y hacerlo en comunidad está en el plan de Dios desde la creación. En cambio, no lo está el erradicar campesinos, el acaparar tierras, deforestarlas o apropiarse del agua. Y por su puesto, el hambre: «Cuando la especulación financiera condiciona el precio de los alimentos (…), millones de personas sufren y mueren de hambre. Por otra parte se desechan toneladas de alimentos. Esto constituye un verdadero escándalo». «La reforma agraria es, además de una necesidad política, una obligación moral», citó el Papa del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia para apoyar esa vieja reivindicación. El techo. El Hijo de Dios fue también un «sin techo». Francisco reclama «una casa para cada familia», denuncia que hoy haya tantas familias sin vivienda y subraya la dimensión comunitaria de esta reivindicación: «Precisamente en el barrio es donde se empieza a construir esa gran familia de la humanidad, (…) desde la convivencia con los vecinos». El trabajo. «No existe peor pobreza material que la que no permite ganarse el pan y priva de la dignidad del trabajo». El Papa afirma que «el desempleo juvenil, la informalidad y la falta de derechos laborales no son inevitables, son resultado de una previa opción social, de un sistema económico que pone los beneficios por encima del hombre». Cultura del descarte No hay diferencia entre el lenguaje de los movimientos populares y el del Papa, fruto de la inculturación por parte la Iglesia, a la que el Papa argentino no es ajeno. Explotación, opresión, injusticia y exclusión son palabras comunes, pero el Papa aporta una expresión muy personal, que describe la perversidad del fenómeno: la «cultura del descarte», sistémica, cuando «en el centro de un sistema económico está el dios dinero y no el hombre». Se descarta a los niños por no tener alimentación o porque se les mata antes de nacer. Se descarta a los ancianos porque no producen. Se descarta a los jóvenes desocupados… Y sienta doctrina al respecto: «Todo trabajador, esté o no en el sistema formal del trabajo asalariado, tiene derecho a una remuneración digna, a la seguridad social y a una cobertura jubilatoria». Paz y ecología Una cuarta reivindicación transversal a las anteriores: paz y ecología, porque «no puede haber tierra, no puede haber techo, no puede haber trabajo si no tenemos paz y si destruimos el planeta». Además, este sistema económico «centrado en el dios dinero necesita saquear la naturaleza para sostener el ritmo frenético de consumo que le es inherente». A este respecto, el Papa no dudó en utilizar el lenguaje de los profetas: «Y los que más sufren son ustedes, los humildes, los que viven cerca de las costas en viviendas precarias (…) que frente a un desastre natural lo pierden todo. Hermanos y hermanas: la creación no es una propiedad de la cual podemos disponer a nuestro gusto, (…) la creación es un don maravilloso que Dios nos ha dado para que cuidemos de él y lo utilicemos en beneficio de todos, siempre con respeto y gratitud». Al final, un llamamiento a los movimientos sociales a conjugar coraje e inteligencia «con tenacidad, pero sin fanatismo; con pasión, pero sin violencia», para lo que les recomendó leer las Bienaventuranzas y el pasaje de Mateo 25 («Tuve hambre y me diste de comer...»). Y les pidió decir juntos: «Ninguna familia sin vivienda, ningún campesino sin tierra, ningún trabajador sin derechos, ninguna persona sin la dignidad que da el trabajo». Los movimientos populares, surgidos en Iberoamérica en los 70, fueron muy activos durante los 80, y en los 90 se visibilizaron de forma notable, ocupando el lugar de los partidos y sindicatos de la izquierda política, que se fueron plegando al modelo neoliberal. Forman parte de ellos «cartoneros, recicladores, vendedores ambulantes, costureros, artesanos, pescadores, campesinos, constructores, mineros, obreros de empresas recuperadas, todo tipo de cooperativistas y trabajadores de oficios populares que están excluidos de los derechos laborales», dice el Papa. Algunos de estos movimientos surgieron al amparo de la Iglesia Católica, aunque todos se definen aconfesionales y algunos están muy relacionados con los movimientos culturales indigenistas.


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