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EDUCACIÓN = La mejor inversión

Jesús García

«No tener un maestro es no tener a quién preguntar, y más hondamente todavía, no tener ante quién preguntarse». María Zambrano


Desde 1994 la UNESCO celebra el 5 de octubre el Día Mundial del Maestro y recomienda a los países de forma «moralmente vinculante» que se conmemore adecuadamente. El lema de este año reza así: «Invertir en el futuro, invertir en docentes». Me extraña que haya pasado tan inadvertida esta fecha y por eso creo oportuno dedicar este espacio a reflexionar brevemente sobre el papel de los maestros y, en especial, sobre nuestro papel en relación con ellos.

 

Más allá de apreciaciones superficiales sobre horarios y vacaciones, nadie pone en duda el papel imprescindible que maestros y maestras juegan en la educación de nuestros hijos. Maestros y educadores en general los ayudan a crecer, desarrollar sus capacidades e insertarse en la sociedad. De alguna manera, tienen en sus manos la difícil tarea de ayudar a construir personas que, desde el hoy, estén preparadas para el futuro. Y todo ello con un fuerte (y no siempre reconocido) desgaste físico y emocional. Por eso y por muchas razones más hay que «invertir» en docentes, en maestros.

 

Las personas “de a pie” no manejamos presupuestos ni nos movemos en estructuras sociopolíticas que nos permitan revisar o controlar la inversión que se hace en los docentes. Ahora bien, desde nuestra situación de padres y madres sí podemos llevar a cabo nuestra particular «inversión» en los maestros de nuestros hijos. Y la mejor forma de hacerlo es colaborar con ellos. Por eso, con estas líneas les sugiero algunas formas de hacerlo.

 

En primer lugar, confiar en ellos, en sus apreciaciones y decisiones. Los educadores conviven con nuestros hijos preocupándose por ellos. Por eso, cuando manifiestan alguna apreciación (más o menos agradable), debemos tenerla en cuenta porque su intención es ayudarnos. No son rivales, son colaboradores; y aunque la responsabilidad última es nuestra, sin sus apreciaciones y consejos nuestros hijos no crecerían de la misma manera.

 

Un aspecto de esta confianza, no menos importante, es la complicidad. Es importantísimo mantenerlos al día del avance que observemos o las dudas que tengamos. Ellos son profesionales y trabajan con nuestros hijos con pericia y cariño, pero necesitan esa retroalimentación por parte de las familias.

 

Otro matiz de esta colaboración es la sinceridad. Puede ser que no coincidamos en las apreciaciones o haya algo en lo que no estemos de acuerdo. Digámoslo con sencillez y naturalidad para propiciar el intercambio, escuchar, expresarnos… No hay nada peor que callar y asentir cuando habla el maestro y, una vez fuera de la sala, negar o criticar lo que hemos escuchado. Recordémoslo, los maestros necesitan nuestra visión y opinión.

 

Por último, delante de nuestros hijos nunca desacreditar a sus maestros. En la interacción maestro-familia hay una enorme carga ética y de valores que debemos mantener viva. Evitemos ridiculizar la figura del maestro o frivolizarla.

 

Seamos agradecidos, no tanto con manifestaciones materiales cuanto con otras de índole afectiva o emocional. Vale más una carta de agradecimiento que una caja de bombones, una frase de ánimo y reconocimiento que una botella de buen vino. No olvidemos que el docente ofrece el 100% de sus capacidades y da lo mejor de su presente por el futuro de nuestros hijos. Pensemos esto antes de hablar de ellos o con ellos. Y sobre todo, colaboremos. Es la mejor inversión.





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