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articulo

La naturaleza manifiesta a Dios

Chiara Lubich

Durante un rato de descanso vi un documental sobre la naturaleza ...


Durante un rato de descanso vi un documental sobre la naturaleza [...] Ese largometraje produjo en mi alma un gran efecto. Contemplando la inmensidad del universo, la extraordinaria belleza de la naturaleza y su potencia, me remonté espontáneamente al Creador de todo y adquirí una nueva comprensión acerca de la inmensidad de Dios. Fue una impresión tan fuerte y tan nueva que me habría arrojado de inmediato a tierra de rodillas para adorar, alabar y glorificar a Dios. [...]

 

Y casi como si ahora se me abrieran los ojos, comprendí como nunca quién es el que hemos elegido como ideal; o mejor dicho, quién es el que nos ha elegido a nosotros. Lo vi tan grande, tan grande, tan grande que me parecía imposible que hubiera pensado en nosotros»1.

 

«Quisiera que nos detuviésemos un instante y nos recogiésemos en lo más profundo de nuestro corazón y que, todavía con asombro, nos preguntásemos: “¡Dios me ha elegido! Pero ¿quién es el que me ha elegido?”

 

Y elevando el pensamiento por encima de todo lo que nos ocupa en este mundo (nuestras cosas, nuestra casa, nuestra familia [...]) nos remontásemos con el pensamiento a cuando hemos podido contemplar la infinita extensión del mar, una cadena de montañas altísimas, un glaciar imponente o la bóveda celeste salpicada de estrellas... ¡Qué majestad! ¡Qué inmensidad!

 

Y que, a través del esplendor deslumbrante de la naturaleza, nos remontásemos a Aquél que es su autor: Dios, el Rey del universo, el Señor de las galaxias, el Infinito.

 

[...] Entonces, si la percepción de su majestad nos anonadase, la certeza de que Él nos ha elegido podría abrirnos el corazón y suscitar en nosotros el deseo de descubrir, de encontrar –bajo la gloriosa e inmensa belleza de la creación– su rostro, su presencia. Él existe. Existe porque está presente en todas partes: tras el murmullo de un arroyo, en una flor que se abre, en una aurora clara, en el rojo de un crepúsculo, en una cumbre nevada [...].

 

Mi deseo y consejo sería que... lo buscásemos de modo especial allí donde la naturaleza nos lo muestra. Es verdad, estamos trabajando en nuestras metrópolis de cemento, construidas por las manos del hombre entre el estruendo del mundo, donde la naturaleza pocas veces se ha salvado. Y sin embargo, si queremos, es suficiente un retazo de cielo azul que se abre entre los tejados de los rascacielos para acordarnos de Dios; basta un rayo de sol, que no deja de penetrar ni siquiera entre los barrotes de una cárcel; basta una flor, un prado, la cara de un niño...»2.

 

 

1Conexión, 22-1-1987: cf. Buscando las cosas de arriba, Ed. Ciudad Nueva, Madrid 1993, pp. 113-114.

2Conexión, 22-9-1988: cf. cit., p. 18.





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