logoIntroduzca su email y recibirá un mensaje de recuperación de su contraseña






                    




articulo

Purificando la memoria

Inma Álvarez

Ni Tuam fue un campo de concentración, ni es todo un montaje.
Desde que saltara a la prensa el supuesto hallazgo de una fosa con 796 cadáveres de bebés y niños en el lugar donde hace décadas se erigía una casa de acogida para madres solteras llevada adelante por una congregación religiosa en la localidad irlandesa de Tuam, la Iglesia vuelve a estar en el ojo del huracán. Periódicos de todo el mundo han vuelto a clamar histéricamente contra el sadismo de la Iglesia católica, contra la nueva «Srebrenica», como han dicho algunos medios de comunicación especialmente beligerantes. Por la parte católica, la ya muy humillada Iglesia irlandesa ha respondido con prontitud, prometiendo total transparencia y colaboración con las autoridades. Los obispos de Tuam y Dublín han querido dejar claro que no se les puede imputar este hecho, y han pedido a los implicados (la congregación) que dé la cara. Por otro lado, no han faltado voces entre los católicos, como la de Michael Cook en MercatorNet, denunciando una campaña de difamación contra la Iglesia católica. Y es verdad que la campaña existe y que se ha difundido una imagen tremebunda de monjas despiadadas que maltrataban y dejaban morir de hambre o frío a niños fruto de “relaciones pecaminosas”, para luego arrojar sus cuerpos a una fosa séptica como si fueran alimañas. ¿Qué hay de cierto en todo esto? La existencia de esta tumba colectiva se conoce desde la década de los 70, cuando dos muchachos, Barry Sweeney y Frannie Hopkins, descubrieron por casualidad pequeños cráneos en un hueco en el suelo del patio donde en el pasado estuvo el edificio, que hoy ya no existe. Su relato llegó a los oídos de una historiadora local, Catherine Corless, quien llevaba tiempo investigando sobre el asunto. Ella documentó exactamente 796 muertes de niños pequeños indocumentados en «The Home» («La Casa»), pero no todos, ni mucho menos, están enterrados en la fosa descubierta en Tuam. Ésta contenía sólo una veintena de cuerpos, según los muchachos. Como mucho unos 200, asegura Corless, quien ha sido la primera indignada por cómo la prensa ha tratado el asunto, poniendo en su boca cosas que ella no ha dicho. A raíz de las investigaciones, se formó un comité local para buscar fondos para colocar una pequeña placa en la fosa, en recuerdo de los pequeños. La propia Corless pagó de su bolsillo el certificado de defunción de cada uno de ellos, documentando así sus nombres, edad y causa de fallecimiento. Fue esta iniciativa la que saltó a la opinión pública, provocando indignación en todo el mundo. Pero no todo es mentira En 1996, la historia de Eileen, a quien le quitaron a su bebé para darlo en adopción en Estados Unidos, llamó por primera vez la atención sobre la tragedia de estas casas de acogida. El caso de Philomena, recientemente recibida por el Papa Francisco, ha tenido también su eco en el cine. Después, la historia de las Lavanderías de la Magdalena, especie de “centros educativos-correccionales” para chicas, convenientemente “adaptada” al cine con todos los ingredientes de un buen cóctel anticatólico, exagerado en todos los detalles, arrojó aún más lobreguez sobre la labor de la Iglesia en aquella época. Los hechos no fueron así. Los correccionales no eran campos de concentración donde se daba palizas a las mujeres y se practicaba el sadomasoquismo, pero ¿fueron lugares de evangelización? ¿Fueron expresión de esa madre Iglesia que acoge a sus hijos menos favorecidos? Los testimonios reales de la época tampoco parecen muy de acuerdo con esta visión. Quizás la nota de sensatez la haya puesto el ministro irlandés para la Infancia, Charlie Flanagan, al declarar a la prensa: «La historia de estas casas de acogida en Irlanda a principios y mediados del siglo XX refleja la respuesta brutal y despiadada de las instituciones sociales, religiosas y estatales, y en muchos casos de las familias, hacia estas jóvenes mujeres y niños cuando estaban más necesitados y eran más vulnerables» (Irish Times, 5 junio 2014). Pedir perdón Cuando una joven cometía “el pecado” (parece que sólo haya uno, a veces), era la propia familia la que la abandonaba a su suerte, con lo que no tenía más remedio que acudir a casas como ésta. Era toda una sociedad inmisericorde, incluidos los católicos, que apartaba a estas mujeres y a sus hijos. Algunos católicos se equivocan centrando el debate en las exageraciones de los furiosos anticatólicos. Podemos enfadarnos por la manipulación, pero estas casas, ¿existieron o no? Esos cuerpos, ¿se enterraron de forma indigna o no? A estos niños, ¿se les negaba el bautismo o no? En medio, objeto del fuego cruzado y sin importarle, en el fondo, a nadie, están las personas que sufrieron porque cuando cometieron errores no recibieron la ayuda de un buen samaritano, sino la fría condena de un legista. Y de esto sí hay que pedir perdón, y cuanto antes.


  SÏGANOS EN LAS REDES SOCIALES
Aviso legal
Mapa de la Web
Política de cookies
@2016 Editorial Ciudad Nueva. Todos los derechos reservados
CONTACTO

DÓNDE ESTAMOS

   

OTRAS REVISTAS
Ciutat Nuova
Unidad y Carismas