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El ocio del pueblo

Aurelio Molé

Es importante practicar un descanso sano.
Vivimos bajo presión, aplastados por el trabajo, por el estrés, por los negocios, por la ideología de la eficacia, los resultados, los números, las cifras… Las ideas que imperan son las que se pueden traducir en ganancias; un programa televisivo es bueno si su audiencia es de millones de telespectadores; la felicidad depende de la cuenta bancaria, y el buen humor, de la subida de la bolsa; el buen estado de salud de un país lo determina su PIB; el éxito se mide en caballos de vapor… Todo puede medirse, pero no el ocio, que es neutro, pasivo, equilibrado, estático, perezoso, sedentario, y no necesita obtener resultados ya que, mientras que el trabajo duro da frutos a largo plazo, el ocio te los da enseguida. Los nervios se relajan, las arrugas se alisan, los pensamientos se aclaran, las horas se tornan lentas y el día se alarga. El problema surge cuando el ocio se identifica con «il dolce far niente» («la madre de una vida padre», como se suele decir). Allá por los años 70, antes del advenimiento del aire acondicionado y de muchas otras comodidades, un obrero definía el ocio en un programa de radio como volver a casa del trabajo, tumbarse en el suelo de la salita, estirar los brazos y las piernas cual Hombre de Vitruvio en posición supina, y relajarse. El repanchingarse, pues, elevado a símbolo del ocio y del nuevo deshumanismo que impide un descanso auténtico. Hoy el contexto social y cultural es muy distinto al de esos tiempos y nuestro obrero vitruviano podría estar en el paro, que es el peor de los males, ya que la desocupación forzada es el daño más terrible que puede afligir a una persona. La falta de trabajo a las puertas del verano puede transformarse en «el insoportable cansancio de no hacer nada», pues el que está inactivo se siente frustrado, se aburre y busca constantemente esa dignidad y esa libertad que le proporciona el haberse ganado el pan con el sudor de su frente. El ocio, pues, sólo tiene sentido en relación con la actividad. Es la otra cara de la medalla del trabajo, el contrapeso del esfuerzo, la responsabilidad y el empleo. Otium opuesto a negotium. Sólo que para los antiguos romanos el ocio tenía más matices que los de su significado actual. La capital de aquel impero ya debía de ser caótica entonces. De hecho, el poeta Marcial escribió de ella: «No hay en toda Roma un lugar para pensar ni para dormir. Por la mañana hacen la vida imposible los maestros de escuela, por la noche los panaderos y todo el santo día los martillos de los herreros. Harto del incordio, cuando quiero dormir me voy al campo». Lo importante era poder pensar. Relajarse significaba dejar espacio para agradables actividades culturales: leer pergaminos, recitar poesía, escuchar música, discutir sobre filosofía, pintar, pasear al aire libre y saludable, ir a las termas o al gimnasio… Buscaban el equilibrio entre el cuerpo y el alma. Por eso, hablando de su vida fuera de la ciudad, Plinio el Joven decía: «Allí estoy bien en el espíritu y en el cuerpo como en ninguna otra parte, porque reconforto y fortalezco el ánimo con el estudio, y el cuerpo con la caza». Por supuesto que no eran actividades populares, asequibles a todos los bolsillos, pero también habrían podido holgazanear, o sea, dedicarse a un ocio pasivo. La línea entre inactividad y pereza es muy sutil. Se trata de alcanzar un equilibrio que deriva de una quietud activa, ya que, una vez que se ha obtenido el descanso del alma y del cuerpo, no hacer nada espiritual o material genera apatía, pereza, indolencia y cansancio anímico. En cualquier caso, el ocio entendido como tiempo libre es positivo. En la biografía del cardenal Bergoglio escrita por Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti en 2010 a partir de escritos que el cardenal mismo les facilitó, el papa Francisco dice: «Junto con la cultura del trabajo, se debe tener una cultura del ocio como gratificación». «Una de las cosas que siempre les pregunto, en la confesión, a los padres jóvenes es si juegan con sus hijos», porque «el sano ocio tiene que ver con la dimensión lúdica, que es profundamente sapiencial».


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