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La vida trinitaria en la tierra

Chiara Lubich

Desde los inicios del Movimiento [de los Focolares] nos fulguraron las palabras de Jesús en la oración de la unidad...


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Desde los inicios del Movimiento [de los Focolares] nos fulguraron las palabras de Jesús en la oración de la unidad: «...que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21).

 

Al tratar de ponerlas en práctica, descubrimos que de estas palabras irradiaba una luz que iluminaba el designio de amor de Dios sobre la humanidad.

 

Jesús –así lo entendimos– es el Verbo de Dios hecho hombre para enseñar a los hombres a vivir según el modelo de la vida trinitaria, esa vida que Él vive en el seno del Padre.

 

Él no se conformó con resaltar y vincular estrechamente entre sí los dos mandamientos centrales del Antiguo Testamento: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente… Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22, 37-39), sino que nos enseña el mandamiento que Él mismo no duda en llamar «suyo» y «nuevo», con el que poder vivir la vida trinitaria en la tierra: «Que como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (cf. Jn 13, 34; 15, 12).

 

El mandamiento del amor recíproco, vivido con la medida del amor de Jesús por nosotros, hasta el abandono que nos fusiona en uno en Él, define –como subrayó también el Concilio Vaticano II (cf. GS 22, 24)– la visión del hombre que nos revela Jesús, la esencia de la antropología cristiana.

 

Así, cuando se vive el mandamiento nuevo con la tensión de acoger el don de la unidad en Jesús, que nos viene del Padre, la Vida de la Trinidad ya no se vive sólo en la interioridad de la persona individual, sino que discurre libremente entre los miembros del Cuerpo Místico de Cristo.

 

Así, éste puede convertirse plenamente en lo que ya es por la gracia de la fe y de los sacramentos, sobre todo de la Eucaristía: presencia de Cristo resucitado en la historia, que revive en cada uno de sus discípulos y en medio de ellos (cf. Mt 18, 20).





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