Entre protestas y descontento, el Mundial más costoso de la historia.
Nunca los sentimientos de los forofos brasileños habían sido tan contradictorios. Al empezar este Mundial no había un clima uniforme, cosa que sí ocurría en ediciones anteriores, cuando sus emociones iban de la mano de la actuación de la «canarinha» en el terreno de juego. Esta vez Brasil se ha plantado delante del espejo y ha visto lo deforme que es su imagen, con sus bellezas y virtudes, pero también su podredumbre y llagas.
Este campeonato, tantas veces evocado como redentor de los errores históricos que ha habido en muchos sectores de la vida civil –desde las infraestructuras a los hoteles–, debería haber sido el test para medir la capacidad de gestión de un país que no deja de buscar un puesto al sol en el panorama internacional. El dinero ha llegado de todas partes, tanto del sector público como del privado, pero el grado de eficiencia de los brasileños ha resultado ser diametralmente opuesto al volumen de las inversiones.