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Un amor con todos los sabores

Chiara Lubich

¡Si supierais lo que hace falta para transformar un corazón de piedra en corazón de carne!
¡Si supierais lo que hace falta para transformar un corazón de piedra en corazón de carne! ¡Si supierais cuántos golpes de cincel ha empleado el Señor en este tiempo para transformar mi corazón en un corazón de carne! […] Podría deciros una palabra, y es ésta: quien tiene el corazón de carne es María. Diréis: «Chiara, eso ya lo sabemos; dinos algo más». Es la madre, ¡la madre! Una madre tiene para con su hijo un corazón de carne. Por ejemplo, cuando operan a un hijo, el hijo no se preocupa; es la madre la que llora, es la madre la que duerme vestida durante días y días para quedarse junto a la cama del niño. Es la madre la que contacta con todos, con el médico, y deja tranquilo al niño; es la madre la que oculta el mal al niño para que sufra menos; es la madre la que contiene el llanto por su hijo…Y ésta es la relación que debéis tener entre vosotros. […] Cada uno sois madre del otro. Esto quiere decir mil cosas. Por ejemplo, ver si el otro va bien vestido, si lleva la ropa conveniente. […] La casa: mantenerla como la mantendría una madre. Una madre es siempre la que lava los platos, la que todo lo ordena, la última en irse a dormir, la última en hacerlo todo. En definitiva, ¿qué es una madre? Es una sierva, es una sierva. Esta palabra no nos gusta a nosotros, que siempre hablamos de amor, pero recordando a María –«He aquí la esclava del Señor»–... Lo es del Señor y también de los hombres. La madre sirve a todos, está presente en todas partes, y los demás son sus hijos, que dejan que les sirvan, porque los hijos son así y la madre es así. Pues bien, vosotros tenéis que ser todos madres unos de otros. […] Y yo quiero repasar punto por punto todos los aspectos de nuestra vida para demostraros cómo ser madres. Por ejemplo, si uno tiene exámenes: a rezar para que vayan bien. Si ese otro tiene que repasar la lección: a buscar tiempo ya mismo para que repita lo que debe decirle al profesor. «No hagas este trabajo, ya lo hago yo, y así tú puedes preparar bien el examen». ¡Y otras mil cosas! También, por ejemplo, […], escribir, mantener la casa caliente, todo con este amor […]. La madre nunca piensa en sí misma. La madre tiene amos, que son sus hijos, son los demás. Lo que Vicente [de Paúl] decía de sus pobres –«mis pobres son mis amos»–, la madre lo dice de sus hijos. Así pues, lo que os deseo es que os vayáis con este corazón y que sepáis que habéis llegado aquí como jovencitas y jovencitos y os vais siendo «madres», María. Tomado del libro «El amor recíproco», Ed. Ciudad Nueva. Madrid 2013. pp.103-105


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