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articulo

Ucrania y su futuro

Alberto Barlocci

Herencia de la historia e intereses geopolíticos en juego.


No es fácil hacerse una idea cabal de ciertos acontecimientos, en especial cuando se desarrollan en contextos de fuerte polarización. La pretensión de simplificar las cosas contraponiendo, por ejemplo, democracia y autoritarismo, golpismo y lealtad institucional, elimina los matices que permiten ahondar en el tema. Si a esto añadimos la tendencia de los medios de comunicación a acentuar tales simplificaciones, intencionalmente o no, se comprende la necesidad de poseer claves de lectura que permitan tener una visión más completa de los hechos.

 

Me refiero concretamente, por poner algunos ejemplos recientes, a las crisis de Libia, Siria, Venezuela y últimamente la de Ucrania, con la revuelta que terminó con la fuga del presidente Viktor Yanukovich a finales de febrero pasado, la instauración de un nuevo gobierno calificado por algunos como golpista, la adhesión de Crimea a Rusia, los enfrentamientos entre el ejército ucraniano y los paramilitares prorrusos, y los referéndums de autodeterminación del pasado mes de mayo.

 

En primer lugar, conviene destacar que para los propios ucranianos no es de fácil solución la cuestión que motivó las primeras protestas de la oposición. Más allá de la legítima insatisfacción que genera un gobierno ineficiente y corrupto, no estaba ni está claramente resuelto si a Ucrania le conviene mantener el vínculo con Rusia y su sistema de relaciones o preferir un acercamiento a la Unión Europea –como parecía estar negociando Yanukovich– con la perspectiva de un futuro ingreso en la OTAN.

 

Ucrania no es un conjunto de etnias unidas forzosamente, como lo fue Yugoslavia, pero sí conviven en ella tendencias prorrusas y antirrusas sobre la base de diferencias históricas, lingüísticas y culturales.

 

El país se puede dividir en cinco zonas, donde las características señaladas están presentes en distintas proporciones: occidental, central, suroriental, suroccidental y Crimea. En ellas hay nacionalistas orgullosos de su idioma, otros que son menos sensibles al tema lingüístico y más abiertos a Occidente, nostálgicos del período soviético aun sintiéndose ucranianos, y otros que mantienen un vínculo cultural y económico con Rusia. El sudeste y Crimea albergan una minoría rusa que representa el 12% de la población.

 

La presencia rusa en Ucrania es el legado de aquella gran carestía de los años veinte que padeció la Unión Soviética, consecuencia de la represión estalinista, cuando millones de rusos fueron desplazados allí a la fuerza. Desde los años treinta una organización nacionalista clandestina liderada por Stepán Bandera luchó en la zona occidental del país, primero contra la dominación polaca y luego contra los soviéticos. En 1941, durante la invasión nazi de Ucrania, dicha organización fue disuelta por los alemanes y Bandera perdió a dos hermanos en los campos de concentración.

 

Hay quien acusa a Bandera de colaboración con los nazis, pues es cierto que en 1944 fue liberado para guiar a las fuerzas ucranianas contra el Ejército Rojo. Por otra parte, es un hecho que hubo muchos ucranianos que militaron, en clave antirrusa, cómo no, entre las filas nazis. Frecuentemente eran de esa nacionalidad los guardias en los campos de concentración y hasta unidades de las terribles SS.

 

La memoria de tanta violencia permaneció en la población y eso suele aflorar con virulencia en los momentos de confrontación exasperada. Hay que tener presente que la presencia de grupos paramilitares de derecha evoca el fantasma de las matanzas perpetradas en la última guerra mundial y suscita el inmediato rechazo, especialmente entre la minoría rusa.

 

Una segunda clave de lectura es geopolítica. Cuando colapsó el imperio soviético a comienzos de los noventa, quizás el golpe letal fue la independencia de Ucrania. Un país de más de 50 millones de habitantes decidía tomar distancia de trescientos años de historia imperial rusa y del liderazgo ruso –casi por misión divina– de la identidad paneslava común. Por otro lado, se trataba de un territorio industrializado, con una gran riqueza agrícola, que permitía el control del Mar Negro, clave para el acceso al Mediterráneo de la armada rusa. Ya en 1997 Zbigniew Brzezinski, padre de la política exterior del presidente George Bush, asignaba a Ucrania una parte relevante del capítulo sobre las relaciones con Rusia. Brzezinski tenía claro que sin Ucrania sería muy complicado o imposible cualquier intento de Moscú por reconstruir su imperio (el objetivo del presidente Vladimir Putin), es decir, una potencia capaz de competir de igual a igual con Estados Unidos.

 

Por eso, desde mediados de los 90 Washington trató de atraer hacia su esfera de influencia, que incluye también la Unión Europea y en especial la OTAN, a varios países del ex imperio soviético, como Georgia, Ucrania y algunos países de Asia Central. Con el apoyo del Tesoro estadounidense, distintas organizaciones y medios de comunicación han cooperado para que tomasen distancia de Moscú. De hecho, una encumbrada funcionaria de la cancillería norteamericana, Victoria Nuland, admitió a la prensa en diciembre pasado que Estados Unidos había invertido en Ucrania cinco mil millones de dólares para «darle al país el futuro que se merece». La cuestión es si el futuro que Ucrania se merece es el que sueñan los ucranianos o el que se pretende diseñar en Moscú o en Washington.



Referéndums en Donetsk y Luhansk

El referéndum que tuvo lugar el pasado 11 de mayo en el extremo oriental del país planteaba la pregunta: «¿Eres favorable a la autodeterminación estatal de la República Popular de Donetsk y de la República Popular de Luhansk?». En Donetsk el 89,07% de los votantes se expresó a favor y en Luhansk lo hizo el 96,2%. Según los organizadores, en Donetsk votó el 75% del censo electoral y el 81% en Luhansk.

 

El líder de los separatistas, Roman Lyagin, había dicho que la finalidad era pronunciarse sobre el derecho a la autodeterminación, y que más adelante se vería si seguir formando parte de Ucrania, entrar a formar parte de la Federación Rusa o ser independientes. Pero al día siguiente optó por integrarse en Rusia.

 

Mykhaylo Shevchenko



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