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Vivir y contarlo



A largo de este año la Palabra de Vida nos invita a vivir el amor recíproco. Compartimos aquí las vivencias de los lectores.
«El hecho de que haya muchas personas a mi alrededor a las que la situación económica ha dejado sin posibilidad siquiera de alimentarse me impacta muchísimo. Pensé que debía aportar mi grano de arena, así que busqué alguna organización con la que colaborar, teniendo en cuenta que mi tiempo libre era escaso. »Me ofrecieron la posibilidad de colaborar con el Banco de Alimentos pidiendo a los clientes de un supermercado que iban a hacer sus compras alimentos no perecederos. Aunque soy algo tímido, expuse a los clientes que entraban la finalidad de la campaña: proporcionar alimentos a quien realmente los necesita. »Esta tarea me dio la posibilidad de dialogar con personas que en algunos casos estaban muy concienciadas, ya que era posible que se vieran en la misma necesidad a largo o corto plazo. Creo que el dar (tiempo, talentos, conocimientos, etc.) tiene una respuesta, y en mi caso recibí más de lo que di». M.S.I. «Un buen amigo mío estuvo cuatro semanas en el hospital. Es una persona mayor que conozco desde hace años. Yo iba cuando podía a las ocho y media de la mañana, así sus hijos podían descansar un ratito más. »Uno de esos días, estábamos leyendo el comentario de la Palabra de vida y unos pensamientos de Chiara Lubich sobre la Navidad, mientras el señor de la cama de al lado nos miraba con agrado. Como no podía oír lo que leíamos, me acerqué y le pregunté si quería los papeles para leerlos. A la mañana siguiente me dijo que los había leído varias veces y que le habían hecho mucha compañía. »A mi amigo y su compañero les tocó pasar allí el día de Navidad. Cuando aparecí, el hombre no paraba de agradecer por el compañero de habitación que tenía, por sus hijos y todos los que pasábamos por allí. Decía que había pasado un día de Navidad en la gloria». M. G. «El otro día fui a echar gasolina. Como era de prepago, pase primero por la caja. No había mucha gente y menos mal, porque tenía mucha prisa. Me llamó la atención el cajero, un joven con aspecto bastante informal, un poco “pasota”. Le dije lo que quería y vi que se equivocó al teclear. No me enfadé, sino que le seguí un poco el “rollo”. Repitió la operación, pero cuando le hice notar que había olvidado hacerme el descuento de la tarjeta, dijo que lo sentía pero que ya no podía, porque la máquina no se lo permitía... »Anteriormente él había comentado que al día siguiente libraba porque era su cumpleaños, y que lo iba a celebrar. Así que al despedirme le dije: “¡Muchas felicidades y que pases un buen día mañana!”. Me dio las gracias y, cuando casi estaba llegando a la puerta, dijo: “Trae la tarjeta que voy a ver si me deja hacerte el descuento”. El descuento fue sólo de 0,87 euros, pero lo importante es que había sido capaz de olvidarme de mi prisa y pensar en el chico, sin dejar pasar la ocasión de entablar una relación auténtica». C. F.


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