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Nuestra característica

Chiara Lubich

El mandamiento de Jesús de amarnos unos a otros está en el centro de la espiritualidad de la unidad. Proponemos algunos fragmentos inéditos hasta ahora de Chiara Lubich sobre este punto.
Aveces, pensando en el empeño por hacer la voluntad de Dios, nos parece tener que reducir nuestra vida sólo a una serie de actos perfectos. Pero no es exactamente así. Sabemos que Jesús había asumido el lugar que tenía la Ley en el Antiguo Testamento. Y ¿cuál es entonces la voluntad de Dios que Jesús manifiesta? ¿Cuál es ahora la Ley? Ésta está sintetizada en el mandamiento nuevo. Y entonces, vivir la voluntad de Dios es vivir sobre todo ese mandato, que hay que poner como base de toda la vida del cristiano. […] Una serie de actos más o menos perfectos es lo que puede ser la vida espiritual de quien no conoce nuestra espiritualidad; para nosotros, que hemos tenido esta gracia, es otra cosa: ciertamente debemos poner en práctica la voluntad de Dios en el presente con todo el corazón, el alma y las fuerzas, pero en el clima del mandamiento nuevo de Jesús, sobre la base del amor recíproco. Esto es lo que quiere Jesús de nosotros. (Diario, 26 de octubre de 1980, pp. 57-58) A este imperativo de Jesús [amaos unos a otros] volvemos siempre como a una inspiración fundamental; nos fascina, nos atrae, lo redescubrimos nuevo cada vez que profundizamos en él; viviéndolo, nos sentimos en nuestro elemento. Luego nos invade el entusiasmo cuando nos damos cuenta de que, si es un tema de tanta importancia para nosotros, hijos pequeños de la Iglesia, también lo fue para la Iglesia en sus orígenes […], así como es de gran importancia para la Iglesia de hoy. El Concilio Vaticano II de la Iglesia Católica precisa que la ley del nuevo pueblo de Dios es el mandamiento del amor [cf. LG 9]. En efecto, en el amor no sólo hay una ley de Cristo, sino toda su ley. «Toda la ley –dice san Pablo– se cumple en un solo precepto: “amarás a tu prójimo”» (cf. Ga 5, 14). (Discurso en un encuentro ecuménico de obispos – Estambul, 9 de octubre de 1984, pp. 58-59) El amor cristiano no sólo debe partir de nosotros para ir hacia los demás, sino que hace falta que también vuelva. En efecto, la gema –gema quiere decir piedra preciosa– del Evangelio es el amor recíproco, mutuo, en especial entre los cristianos: «Amaos mutuamente –dijo Jesús– como yo os he amado», y Él incluso murió por nosotros. Y ¿sabéis por qué Jesús dice esto? Porque Él no venía de la tierra, de la nada, como somos nosotros; Él vino del Cielo, y allí vio cómo había que amar. Y así como un emigrante, cuando va a un país lejano, sin duda se adapta al nuevo entorno pero suele llevarse sus propios usos y costumbres y sigue hablando su lengua, así Jesús se adaptó en la tierra a la vida de los hombres pero trajo –porque era Dios– el modo de vivir del Cielo, el modo de vivir de la Trinidad, que es amor recíproco. Lo mismo quiere de nosotros. (Discurso «María y la unidad entre movimientos y carismas en la Iglesia» Liubliana, Eslovenia, 13 de abril de 1999, pp. 62-63) Lo específico del cristianismo es la caridad recíproca. ¿Por qué es lo específico del cristianismo? Porque el amor recíproco es lo específico de la Santísima Trinidad. La Santísima Trinidad funciona así: que una persona ama a la otra, es amada a su vez y procede el Espíritu Santo. Es decir, las personas como nosotros, que siguen una religión […] donde Dios es Trino, comprenden inmediatamente que lo específico de ésta es el amor recíproco. (Respuesta a una religiosa, Castelgandolfo, 13 de mayo de 1988, p. 65) Tomado del libro El amor recíproco, Ed. Ciudad Nueva, Madrid 2013, preparado por Florence Gillet.


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