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Mi amiga musulmana

Beti Colina

Cuando la religión no es una barrera.
Conocí a Lynda, argelina ella, yendo a clase de catalán. Éramos de diferentes países y el primer día resultó espontáneo conocerse y preguntarse qué hacíamos, de dónde veníamos. Era mi primer contacto con gente de otra religión. Sólo una vez, en Argentina, había participado en un encuentro de jóvenes musulmanes y cristianos, pero no tenía un contacto cotidiano. Se acercaba Navidad y en clase surgió la pregunta de cómo la celebrábamos. El tema desencadenó casi un debate sobre Dios. Lynda pidió una explicación sobre la Trinidad y quería que yo se la diera. Quedamos en que hablaríamos después de clase y así fue. Le dije que un misterio tal no podía explicarlo con mis palabras, pero sí podía decirle cómo trato de vivir cristianamente y cómo había descubierto que Dios es Amor. Desde ese día, al final de cada clase quedábamos para hablar de nuestras culturas, nuestras costumbres y nuestras religiones. A veces me invitaba a su casa y, entre infusiones argelinas, conocíamos nuestros mundos. Era un enriquecimiento mutuo, un conocer ese mundo totalmente nuevo para mí, el Islam. Lynda, con su sencillez, me explicaba todo con entusiasmo y me hacía preguntas sobre mi religión. En muchas cosas coincidíamos, sobre todo en tratar de ser coherentes, ella como musulmana y yo como cristiana. Al mismo tiempo me interpelaban sus preguntas y su coherencia con el ayuno del Ramadán. Me contaba que lo vivía como un momento con Dios, que las formas externas son importantes sólo si lo vives delante de Dios, porque sólo Él puede ver si haces un verdadero ayuno. Me hacía reflexionar sobre cómo vivo yo mi relación con Dios. Un día le pregunté si le gustaría que sus niños participasen en unos encuentros. Le gustó la idea, pero quería hablar conmigo. Fui a visitarla y me dijo: «Mira, Beti, nunca había tenido una amiga cristiana y no quiero perder esta amistad. Te quería decir que mis hijos están conociendo nuestra religión, el Islam, en un lugar de mayoría cristiana, y tienen muchas preguntas. Pienso que si van a esos encuentros, donde la mayor parte de los participantes son cristianos, se confundirían. Yo soy adulta y conozco bien mi religión; mis niños todavía no. Cuando sean grandes…». Me lo dijo con tanta delicadeza, que no me fue difícil entenderla. Ese día nos despedimos con un gran abrazo.

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