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No hay límites para los sueños

Sebas Revuelta

Hace unos días vi en la televisión, y seguramente muchos de ustedes también, la noticia de que una mujer estadounidense había cruzado a nado desde Cuba hasta Florida.
Hace unos días vi en la televisión, y seguramente muchos de ustedes también, la noticia de que una mujer estadounidense había cruzado a nado desde Cuba hasta Florida. Me quedé impresionado cuando me percaté de que ¡hay más de 160 km de distancia! Yo, cuando voy a la piscina, nado entre uno y dos kilómetros y ya me parece mucho. Pero me quedé aún más perplejo cuando escuché que era la quinta vez que lo intentaba. En ese momento también pensé en su familia, en cómo habrían reaccionado ante la insistencia de ella. «Pues nada, mujer», le diría tal vez su marido; ¡y vaya si nadó! Bromas aparte, la noticia me atrapó del todo cuando comentaron que en esas aguas suele haber tiburones y que lo habitual en este tipo de hazañas (poco habituales, por cierto) era nadar con jaula antitiburones, pero ella nadó sin esta protección. Si correr es de cobardes, entonces nadar va a ser de valientes... La noticia me dejó finalmente subyugado cuando escuché la edad de la mujer: ¡64 años! No era una joven campeona, aunque sí hay que decir que en su juventud, Diana Nyad, así se llama la protagonista de esta aventura, fue campeona de natación de larga distancia. Pues al llegar a la orilla de Florida, exhausta, Diana Nyad hizo un comentario que aún ronronea en mi mente: «Si uno persigue un sueño y se lo propone, lo puede conseguir. ¡No hay límite de edad para los sueños!» Esto en inglés seguro que suena a eslogan motivador. Más allá de la hazaña, que sí lo es, ¡y tanto!, aunque ahora algunos la cuestionan, me quedo con sus ganas de luchar por un sueño, con su valentía ante el riesgo (¿era realmente necesario?), con su pizca de cabezonería y con ese no rendirse nunca a pesar de los límites (tal vez la edad). Así pues, ¡no dejemos de luchar por lo que queremos! Y es que a veces el deporte me parece una metáfora de la verdadera carrera: la vida.

Hace unos días vi en la televisión, y seguramente muchos de ustedes también, la noticia de que una mujer estadounidense había cruzado a nado desde Cuba hasta Florida. Me quedé impresionado cuando me percaté de que ¡hay más de 160 km de distancia! Yo, cuando voy a la piscina, nado entre uno y dos kilómetros y ya me parece mucho. Pero me quedé aún más perplejo cuando escuché que era la quinta vez que lo intentaba. En ese momento también pensé en su familia, en cómo habrían reaccionado ante la insistencia de ella. «Pues nada, mujer», le diría tal vez su marido; ¡y vaya si nadó! Bromas aparte, la noticia me atrapó del todo cuando comentaron que en esas aguas suele haber tiburones y que lo habitual en este tipo de hazañas (poco habituales, por cierto) era nadar con jaula antitiburones, pero ella nadó sin esta protección. Si correr es de cobardes, entonces nadar va a ser de valientes... La noticia me dejó finalmente subyugado cuando escuché la edad de la mujer: ¡64 años! No era una joven campeona, aunque sí hay que decir que en su juventud, Diana Nyad, así se llama la protagonista de esta aventura, fue campeona de natación de larga distancia. Pues al llegar a la orilla de Florida, exhausta, Diana Nyad hizo un comentario que aún ronronea en mi mente: «Si uno persigue un sueño y se lo propone, lo puede conseguir. ¡No hay límite de edad para los sueños!» Esto en inglés seguro que suena a eslogan motivador.



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