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¡Bendita familia!

Manuel Morales

El pasado mes de junio los agustinos celebramos como cada año las bodas de plata y oro sacerdotales de los que correspondía.
El pasado mes de junio los agustinos celebramos como cada año las bodas de plata y oro sacerdotales de los que correspondía. Este año, entre otros, el susodicho. Acompañados por un buen número de sacerdotes, teníamos allí también a nuestras familias: hermanos, cuñadas, primos, sobrinos… Durante la misa, llegamos al momento del abrazo: «¡Daos fraternalmente la paz!». En aquel clima de recogimiento, no pensaba yo acercarme hasta los míos. ¡La iglesia es tan grande y ellos en los bancos quedaban tan lejos! Pero quien presidía me susurró al oído: «¡La familia!». Lo entendí como un deseo de Dios: «¡Vete a abrazarlos; son tu gente!» Y bajé. Eran veinte. Fui abrazando y besando a grandes y pequeños. Y aquí la sorpresa: ¡una emoción repentina me hace llorar como un niño y vuelvo al altar hecho un mar de lágrimas! Hoy, leyendo el Evangelio, lo he entendido todo. Dejamos padre y madre y hermanos y casa y campos… Renunciamos un día a uno de los más hermosos bienes que el Creador nos ha regalado en la tierra, la familia. Renunciamos a ella, pero no se nos borró del corazón; está ahí, viva, palpitante, con toda una historia sagrada de rostros, dolores, alegrías, circunstancias inolvidables. Todo ese mundo me estremeció –ahora lo entiendo– para hacerme recordar y agradecer el valor inmenso y la historia admirable de donde venimos. Somos hijos de esa historia, frutos de ese árbol. Del día de mi ordenación sacerdotal (1-9-63) sólo tengo una foto sencilla con mi padre y el tío en el jardín del convento. La madre había volado al cielo hacía muchos años. Pero conservo un testimonio elocuente de un día solemne anterior. Mi buen padre, días después de mi profesión religiosa, escribe: «Yo le decía al Señor en aquellos momentos que estabas postrado ante Él: no solamente te lo entrego, lo hago además con la gran alegría que expresan estas lágrimas, como lo haría igualmente con todos mis hijos si pudieran lograr esa dicha». ¡Ole padres como éste! Muchos padres y madres de sacerdotes, religiosos y religiosas he conocido; ellos solos ya explican la vocación de sus hijos.

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