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Revista septiembre - 2013
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> ¡Bendita familia!
¡Bendita familia!
Manuel Morales
El pasado mes de junio los agustinos celebramos como cada año las bodas de plata y oro sacerdotales de los que correspondÃa.
El pasado mes de junio los agustinos celebramos como cada año las bodas de plata y oro sacerdotales de los que correspondÃa. Este año, entre otros, el susodicho. Acompañados por un buen número de sacerdotes, tenÃamos allà también a nuestras familias: hermanos, cuñadas, primos, sobrinos… Durante la misa, llegamos al momento del abrazo: «¡Daos fraternalmente la paz!». En aquel clima de recogimiento, no pensaba yo acercarme hasta los mÃos. ¡La iglesia es tan grande y ellos en los bancos quedaban tan lejos! Pero quien presidÃa me susurró al oÃdo: «¡La familia!». Lo entendà como un deseo de Dios: «¡Vete a abrazarlos; son tu gente!» Y bajé. Eran veinte. Fui abrazando y besando a grandes y pequeños. Y aquà la sorpresa: ¡una emoción repentina me hace llorar como un niño y vuelvo al altar hecho un mar de lágrimas! Hoy, leyendo el Evangelio, lo he entendido todo. Dejamos padre y madre y hermanos y casa y campos… Renunciamos un dÃa a uno de los más hermosos bienes que el Creador nos ha regalado en la tierra, la familia. Renunciamos a ella, pero no se nos borró del corazón; está ahÃ, viva, palpitante, con toda una historia sagrada de rostros, dolores, alegrÃas, circunstancias inolvidables. Todo ese mundo me estremeció –ahora lo entiendo– para hacerme recordar y agradecer el valor inmenso y la historia admirable de donde venimos. Somos hijos de esa historia, frutos de ese árbol. Del dÃa de mi ordenación sacerdotal (1-9-63) sólo tengo una foto sencilla con mi padre y el tÃo en el jardÃn del convento. La madre habÃa volado al cielo hacÃa muchos años. Pero conservo un testimonio elocuente de un dÃa solemne anterior. Mi buen padre, dÃas después de mi profesión religiosa, escribe: «Yo le decÃa al Señor en aquellos momentos que estabas postrado ante Él: no solamente te lo entrego, lo hago además con la gran alegrÃa que expresan estas lágrimas, como lo harÃa igualmente con todos mis hijos si pudieran lograr esa dicha». ¡Ole padres como éste! Muchos padres y madres de sacerdotes, religiosos y religiosas he conocido; ellos solos ya explican la vocación de sus hijos.
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