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El amor, un arte que requiere esfuerzo y sabiduría

María Voce

Séptima entrega de una intervención de la presidenta de los Focolares sobre el amor al hermano, uno de los puntos básicos de la espiritualidad de la unidad.
Si ante cada uno somos verdaderamente una «nada» de amor, el Espíritu Santo guía con su luz nuestro diálogo y el hermano puede abrirse completamente. Así hace posible que captemos lo que está vivo en él –vivo en sentido espiritual– (como dice Chiara Lubich: «una llama de la vida divina en su corazón»); o vivo en sentido simplemente humano: «expresión de esos valores que Dios, al crearnos, ha depositado en toda alma humana»1. La experiencia de Chiara y de todo el Movimiento es que precisamente en ese algo «vivo» podemos injertar con delicadeza y en actitud de servicio los aspectos del mensaje evangélico que poseemos y que dan plenitud a lo que el hermano ya cree. Son aspectos que en muchos casos él ya está esperando y que dan paso a toda la verdad. He pedido que me señalaran algunos destellos de esta vida recogidos aquí y allá. Os cito sólo algunos, aunque todos son muy significativos. Por ejemplo, John Wesley, fundador del movimiento metodista, recuerda a todas las Iglesias cristianas: «El fruto necesario del amor a Dios es el amor por nuestro prójimo, por cada alma que Dios ha creado, sin excluir a nuestros enemigos, sin excluir a quienes “nos insultan y nos persiguen”; el mismo amor con que nos amamos a nosotros mismos y amamos nuestra alma»2.

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