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Y Sara volvió a casa

Por familia Benavente O’Connor

De vez en cuando algo te recuerda que la vida está sólo en manos de Dios.
Hace dos meses nuestra hija pequeña, de la noche a la mañana y sin previo aviso, desarrolló una gangrena gaseosa en una pierna que casi le cuesta la pierna y la misma vida. Cuando un dolor tan fuerte llama a tu puerta, tienes dos opciones: revelarte y preguntarte por qué te sucede eso, o aceptarlo confiadamente y ponerte en manos de Dios. Cuando adoptas esta segunda postura, puedes llegar a sacar un montón de cosas positivas de hechos aparentemente negativos. Hemos podido comprobar que Dios permite las pruebas, pero él está ahí para sostenerte, acompañarte, guiarte y darte fuerzas para seguir adelante. Todo esto lo hace mediante las personas que te rodean. En nuestro caso se generó una corriente de amor impresionante, como si todo el mundo tratara de paliar nuestro dolor con lo mejor que llevan dentro, procurando ayudarnos con el resto de los hijos (en total tenemos cinco, entre 7 y 16 años), con las comidas, etc., y sobre todo rezando y pidiendo oraciones a sus conocidos por la curación de Sara. Ciertamente ése era el mayor consuelo que nos podían dar: sentir su amor, sentir que la carga se repartía entre muchos, como si Sara fuera su propia hija, con la seguridad en la fuerza de la oración, porque si unidos pedimos algo al Padre, Él nos lo concede. Y nos concedió estar en pie, unidos, sin dudar, sin hacer preguntas y continuar amando.

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