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«Una de nosotros»

Francesco Châtel

Jóvenes y jovencísimos. Chiara siempre tuvo debilidad por los más jóvenes. Nunca dudó en presentarles ideales grandes, y les pedía la máxima generosidad.
Será por esos ojos vivísimos que miran al futuro, o por ese perenne dinamismo y envolvente entusiasmo al afron-tar cualquier objetivo, o por un feeling natural… El caso es que raramente se oye a un joven referirse a Chiara como una persona de otra generación. «Es una de nosotros»; «Nos entiende»; «Habla nuestro lenguaje y sabe guiarnos como nadie más», son expresiones que he oído. Era joven de verdad cuando el Movimiento de los Focolares daba sus primeros pasos y atraía a la nueva aventura a gente de todas las edades, pero sobre todo a muchas y muchos jóvenes dispuestos a seguirla por un camino aún sin explorar. Una foto amarillenta me lleva a aquellos tiempos: maestra en un orfanato. Destaca la pobreza de los niños, vestidos rústicamente y descalzos, pero llama la atención la sonrisa en sus rostros. Se ve que no poseen nada y que el aula tiene pocos elementos, pero el amor que protege a esa clase los hace mirar al futuro serenamente. Es un sig-no, un icono de una educación que no se apoya en medios, programas ni técnicas, sino en algo que no perece: la re-lación auténtica. Llegaron los años de la contestación, el 68, y Chiara siguió caminando al lado de los jóvenes, porque en ellos ve-ía la segunda generación del Movimiento, la que llevaría a cabo la revolución evangélica que se iba difundiendo. Con una invitación atrevida que recordaba a otros eslóganes revolucionarios –«¡jóvenes de todo el mundo uníos!»–, empezó con ellos un diálogo abierto y franco que fue tejiendo a lo largo de cuarenta años con jóvenes, niños y ado-lescentes de los Focolares (los “gen”), y con muchos más jóvenes a los que ha visto en sus viajes o en grandes ma-nifestaciones. Un recuerdo de tantos: agosto de 2000, en el Estadio Flaminio de Roma. Con paso algo incierto y los brazos le-vantados, como si quisiera abrazar a los miles de jóvenes que la estaban esperando, Chiara cruza el terreno verde y se encamina hacia el escenario. La música fuerte y rítmica no puede ahogar unos aplausos que subrayan los lazos tangibles que hay entre ella y esa multitud en fiesta. Con palabras directas, hace una propuesta fuerte y profunda-mente enraizada en la vida evangélica. Todos se sienten interpelados e implicados: los gen, jóvenes de otros movi-mientos, jóvenes cristianos y también hindúes, budistas, musulmanes y otros que andan a la búsqueda o están des-ilusionados de la vida. Observando el entusiasmo ruidoso y festivo que se produce en estos encuentros, unido a la emoción de sentirse tú a tú en medio de la multitud, no puedo dejar de pensar en la cara de crío que tengo en un vídeo de los primeros años del Movimiento Gen, donde aparezco con la boca abierta delante de Chiara mientras responde a nuestros pequeños y grandes porqués. Y repasando los muchos encuentros a los que he asistido, me es imposible no sentir mío su entu-siasmo por vivir con los jóvenes que, generación tras generación, siguen sus pasos porque se dan cuenta de que ca-mina con ellos. Y es que Chiara no se deja vencer por el pesimismo, ni siquiera ante los hechos y estadísticas más negativas. Siempre vio y mostró que los jóvenes tienen valores, entusiasmo, idealismo y empuje vital; por eso les dio su rique-za espiritual más preciada. Incluso ante la creciente alarma por una situación que muchos ha definido como “emer-gencia educativa”, Chiara, con esa pedagogía innata que siempre la caracterizó, subraya el inmenso valor de la rela-ción vital con los jóvenes. Como verdadera maestra, porque es un testigo creíble, miró a todos y cada uno sin pre-juicios, dio confianza, animó a los jóvenes a ser ayuda para otros jóvenes, enseñó a superar las inevitables barreras que hay entre las generaciones mediante una relación de don recíproco. Pero si sólo miramos los encuentros con grandes multitudes, faltarían muchos aspectos de la relación entre la fundadora de los Focolares y los jóvenes. Me refiero a los miles de cartas personales que le llegaron de todo el mundo, desde cartas de niños que dan sus primeros pasos en la escritura hasta cartas de licenciados. Cartas que siempre tuvieron su respuesta, con una indicación preciosa y sobre todo con ese empuje que da el saber que no estás solo ante las grandes decisiones de la vida. Chiara nunca escatimó en el dar amor, luz y sabiduría. Y lo hizo discre-tamente y en silencio, en especial con quienes más lo necesitaban, con esa simplicidad y naturalidad que a muchos los animó a abrirle el corazón en un continuo coloquio. En los últimos años era más difícil verla personalmente, pero sus palabras y su mirada siguieron atrayendo a jó-venes, mediante un blog, un fragmento de vídeo en Youtube, un libro de los de toda la vida o gracias a una de las muchas actividades que llevan a cabo por todo el mundo chicos y jóvenes comprometidos en distintos frentes. Y en todos los casos fue un “tú a tú” con ella. «Sé que puedo contar siempre con ella – afirma con decisión Luisa, de Alemania–, puedo escribirle todos mis pensamientos segura de que me responde». «En mi búsqueda de vivir algo grande, bello y genuino –apunta Lakis, de Grecia– he encontrado a una mujer con un gran carisma. No la conozco personalmente, sino por sus escritos, por la alegría y por el amor recíproco de sus seguidores. Y ha revolucionado mi vida». «Para mí es toda una amiga –añade Moon, un pakistaní– que siempre me ayuda. Quiero llevar la luz que ella me ha dado a mucha gente, con responsabilidad». «Esa luz que se ha extendido por todo el mundo –comenta delicadamente Gioia– llegó hasta mi país, Corea. Ella nos da una sabiduría que nos ayuda a amar a todos y nos da la respuesta para todo dolor». «Es una gran revolucionaria del mundo actual –añade con empuje brasileño Josiane– porque le ha dado a la humanidad una nueva esperanza de paz. Con ella he aprendido el amor verdadero y qué es la felicidad. Es toda una mujer, una verdadera madre para mí». «Es verdad –dicen Diego y Miguel, dos hermanos me-jicanos–, podríamos ser personas perdidas en medio de este mundo, y sin embargo, gracias a que ella ha guiado a nuestra familia, experimentamos la alegría de seguir a Jesús. Es un ejemplo de la radicalidad de ser cristiano de este siglo». Y concluye Immaculée, que es de Ruanda: «Es como si ella me conociera completamente. Necesito su pre-sencia a mi lado y siento que ella vive en mi corazón y yo en el suyo». Voces y vidas de jóvenes que siguen y seguirán haciendo tangible aquel sueño que Chiara contó una vez: «Estaba una vez en la montaña en Suiza, antes de que vosotros nacieseis, antes de que existiera la segunda generación. Era de noche. Bajaba por un camino y el cielo era hermoso, estaba lleno de estrellas. Levanté los ojos y vi la Vía Lác-tea… ¡llena de estrellas! Estrellitas pequeñas, pequeñas, pero muchas, muchas. Y con los ojos mirando al cielo comprendí (Jesús me lo hacía entender) que nacería una segunda generación, que erais vosotros, y que no se termi-naría nunca».


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