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De Pío XII a Benedicto XVI

Card. Miloslaw Vlk

Una relación decisiva Con el pensamiento de los papas siempre delante y una capacidad profética para intuirlo y ponerlo en práctica. El papel de Pablo VI y de Juan Pablo II.
Aún conservo en la retina el breve diálogo entre Chiara y Juan Pablo II al final de la audiencia privada con los obispos amigos de los focolares el 12 de febrero de 1999. «Obra de María - Obra de Dios», le dijo el anciano pontífice, con ese reconocimiento de quien se siente entendido y amado profundamente. Para mí ha quedado como el icono del encuentro entre los dos perfiles de la Iglesia, el petrino y el mariano. A tal propósito, recuerdo que en 1985, cuando Chiara estaba trabajando en los estatutos de la Obra de María, le preguntó al papa Wojtyla si la presidente de la Obra podría ser siempre una mujer. El respondió: «¡Ojalá, es una buena cosa!». Y así está escrito ahora. Y explicó: «Yo os veo como expresión del perfil mariano de la Iglesia». Hubo mucha e intensa relación entre Juan Pablo II y Chiara, especialmente en las grandes manifestaciones de familias, de jóvenes, de sacerdotes y religiosos, de parroquias. Con frecuencia, dejando a un lado el protocolo previsto, tuvo expresiones sorprendentes, como aquella vez en que dijo: «Os deseo que seáis Iglesia… Deseo que la Iglesia sea como vosotros». Cuando el papa Wojtyla ya estaba gravemente enfermo, Chiara quiso dejar documentados estos encuentros en un breve vídeo que lleva por título "Gracias, Santo Padre", y se lo mandó. Por lo que he sabido, lo vio varias veces. Una etapa fundamental fue la visita de Juan Pablo II al centro internacional del Movimiento, en Rocca di Papa, el 19 de agosto de 1984. Entre otras cosas, le fue presentada la amplia difusión del movimiento en los países comunistas de Europa del Este. Hondamente impresionado por esto, dijo: «Había en la historia de la Iglesia varios radicalismos del amor. Hay un radicalismo del amor vuestro, de Chiara, de los focolarinos. El amor abre el camino». Y añadió: «Veo que seguís muy fielmente esa autodefinición que la Iglesia ha dado de sí misma en el Concilio Vaticano II». Estas noticias traspasaron el telón de acero y llegaron hasta mí, que entonces me veía obligado a trabajar de limpiacristales en Praga. También es memorable el Pentecostés de 1998: el encuentro de los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades con Juan Pablo II. De manera inédita, el Papa subrayó que la dimensión carismática de la Iglesia es coesencial con la institucional. Chiara le prometió que se ocuparía de la unidad entre los movimientos en el seno de la Iglesia. Y muy pronto los frutos rebasaron los límites de la Iglesia católica. Nada más comenzar el Gran Jubileo, Juan Pablo II, con la Novo millennio ineunte, apeló a la Iglesia entera a promover por todas partes una espiritualidad capaz de «hacer que la Iglesia sea la casa y la escuela de la comunión». Pocos días después escribió a los cardenales y obispos amigos del Movimiento refiriéndose explícitamente a los Focolares: «Así vivida, la espiritualidad de la unidad y de la comunión, que caracteriza a vuestro movimiento, no dejará de dar frutos fecundos de renovación para todos los creyentes». Y no puedo dejar de recordar la aprobación de los "obispos amigos" como una rama del Movimiento de los Focolares. Ocurrió el 21 de mayo de 1996, después de un encuentro con Chiara y conmigo. El entonces cardenal Ratzinger tuvo un papel decisivo a la hora de deshacer nudos teológicos y canónicos. El futuro Benedicto XVI tuvo el 8 de diciembre de 1989 una reunión en Castelgandolfo con el Consejo General de la Obra. Habló de la vocación al diálogo de los Focolares con la imagen evangélica del árbol que nace de una pequeña semilla pero luego acoge en sus ramas a los pájaros del cielo. Puso de relieve que en los movimientos florece una nueva inteligencia de la fe capaz de interpretarla y celebrarla de una forma distinta. Desde entonces la relación con Chiara fue de gran aprecio recíproco. En particular, Chiara se sintió muy estimulada por el discurso que el Card. Ratzinger pronunció en Pentecostés 98, titulado "Los movimientos eclesiales y su situación teológica". Cuando fue elegido papa, Chiara ya estaba enferma. Benedicto XVI se interesó por su salud repetidamente, le transmitió sus mejores deseos y le aseguró su bendición. Pablo VI era pariente de Eli Folonari, estrecha colaboradora de Chiara. Hacia 1954, cuando Mons. Montini era secretario de Estado, tuvieron un primer encuentro. El contenido del filial y apasionado coloquio inspiró una conocida meditación de Chiara: «Si estamos unidos, Jesús está entre nosotros. Y esto vale, vale más… que las obras de arte de una gran ciudad como Roma…, más que nuestra alma» (ver pág. ????). Siendo arzobispo de Milán, Montini desempeñó entre los obispos italianos un papel decisivo para que el movimiento no fuera disuelto. Siendo ya papa, se interesó mucho por la Obra de María y su desarrollo. Quiso asegurarse de que la aprobación jurídica se correspondiera plenamente con la inspiración del carisma: «Aquí todo es posible», le dijo un día a Chiara, y él mismo intervino en la modificación de los estatutos. En esta y otras audiencias con los papas, Chiara experimentó una unión con Dios muy especial, como si aquella habitación «no tuviese techo y el cielo y la tierra se juntasen». Comprendió en qué medida el papa era «mediador». Una nota importante de su pontificado fue la relación entre Pablo VI y el patriarca ecuménico Atenágoras. Durante años fue Chiara la mediadora. La idea de Juan XXIII sobre la Iglesia como signo e instrumento de unidad, que fue el alma del Concilio Vaticano II, tuvo una singular sintonía con el carisma de Chiara. Fue con Roncalli cuando la Iglesia aprobó una realidad tan inédita como un movimiento que, entre otras cosas, unía a vírgenes y casados en los mismos focolares. Había habido en los años precedentes un largo y a veces doloroso estudio por parte de las autoridades eclesiásticas, pero «los papas –asegura Chiara– siempre nos han comprendido». En efecto, Pío XII se negó reiteradamente cuando le sugerían que disolviese el movimiento. La audiencia privada que el papa Pacelli concedió a los dirigentes del movimiento el 21 de mayo de 1953 tuvo grandes consecuencias. Surgió enseguida una intensa labor, también al otro lado del telón de acero, de la que yo mismo me he beneficiado. Me vienen a la memoria otros recuerdos. En 1956, cuando Pío XII, a renglón seguido del sangriento episodio de la insurrección de Hungría, gritó en un radiomensaje: «Dios, Dios», Chiara sintió el impulso de dar vida a los "voluntarios de Dios", ramificación del movimiento de amplia incidencia social. Un día me enteré con sorpresa de que, en el estudio de su casa de Rocca di Papa, Chiara tenía siempre delante las cartas enmarcadas de varios papas, colgadas en dos filas en la pared. Sólo este hecho dice mucho de su relación con el sucesor de Pedro. Como portadora de un carisma y de una espiritualidad de la unidad, se sentía muy unida con quien representaba en la Iglesia el ministerio universal de la unidad. Sus contactos y encuentros con los papas fueron etapas decisivas, pero el lazo interior era constante. En un apunte de su diario de 1964-1965 expresó el deseo de que sobre su tumba se reprodujese la cúpula de San Pedro.



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