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Cuando los hijos enseñan a ser padres

Félix Mercado

Pinceladas de la ardua tarea de unos padres criando a sus hijos.
Lo dicen sin empacho y te quedas alelado ante tanta certeza: «Lámpara es tu palabra para mis pasos, Señor». Uno se imagina esta afirmación en labios de un personaje de superproducción hollywoodiense de una época, pero cuesta ponerla en los de una mujer y un hombre de hoy para definir lo que ha supuesto conocer un ideal de vida. «Vamos a contar algo de nuestra historia –empieza José– para ver la frontera entre el antes y el después. Nos conocimos cuando estudiábamos; ella, el último año de magisterio, y yo, tercero de derecho. Fue un flechazo. Después de seis años de un noviazgo probado, pues me fui a Madrid a preparar oposiciones, nos casamos». Se querían muchísimo, sin duda –se nota en la mirada que se cruzan–, pero probablemente cada uno pretendía que el otro lo hiciera feliz. Suele pasar. «Yo soñaba con un mundo de película –interviene Esther– que poco tenía que ver con la realidad. Tenía que aterrizar. Lo cotidiano me iba despertando poco a poco, hasta que sentí el fracaso. ¿Estaba enamorada de él o del que me había imaginado?». José empezaba su vida profesional, de modo que «mi interés se centraba casi exclusivamente en el trabajo. Ya no estaba tan atento al detalle. Casados para toda la vida y ahora había que tirar palante». Ella se ocupaba de la casa, de los hijos, de su trabajo… «Mi jornada –dice Esther– era de todo el día y parte de la noche. Pronto llegaron las dos primeras niñas y yo seguía ejerciendo de maestra. Mi madre me ayudaba mientras yo estaba en la escuela, pero llegó un momento en que no daba más de mí. ¿Dónde estaba él?». Por entonces los invitaron a una Mariápolis. «Descubrimos una nueva forma de vivir –interviene José–, y aun sin comprender bien cómo hacer, teníamos necesidad de un cambio. Me ofrecieron un trabajo en otra ciudad que suponía un importante salto cualitativo profesional. Decir que sí era comenzar de cero. Ya teníamos nuestra casa, las niñas su colegio, Esther su trabajo y estaba su familia que era un apoyo… Pero por otra parte ella estaría más desahogada, podría quedarse en casa y atender a los hijos… Esperábamos el tercero». Total que hicieron cálculos y comprobaron que lo que le ofrecían sumaba más que el sueldo de los dos. Aceptó. «Al principio –añade Esther– vi el cambio como un respiro, pero no llenaba mis vacíos. José salía por la mañana y volvía por la noche. Yo no conocía a nadie y pasaban los días sin que nadie llamara a la puerta. Creo que algo de lo que había comprendido en la Mariápolis me sostenía».

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