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La familia que queríamos ser

Catalina Ruiz

De la vida misma Doce años pueden ser muchos o pocos, según como se mire. Vicisitudes de una joven pareja mejicana durante sus primeros años de matrimonio.
Una familia feliz y sólida, ése era el sueño que tenían Lucy y Gerardo aún antes de que sus vidas se entrelazasen. No podía ser de otra forma, pues los dos se habían criado en familias numerosas. Gerardo era el único varón de cinco hijos, y Lucy, por su parte, la última de cinco hijos. Los padres de ambos formaban parte de una asociación católica, se conocían y mantenían asidua relación. Luego se puede decir que a los diez muchachos nos les faltaban ocasiones para verse y entablar una verdadera amistad: cumpleaños, primeras comuniones, fiestas de graduación, o simplemente quedar para pasarlo bien juntos en Guadalajara, su ciudad. Lucy no se sorprendió mucho la primera vez que notó que Gerardo la miraba de una manera especial, como si fuese la única chica en el mundo. Entre ellos surgió una relación confidencial y delicada, y tuvieron tiempo más que suficiente para declararse uno a otro su mundo interior, sus sentimientos más íntimos y secretos. Y con el entusiasmo y el ímpetu que sólo los veinte años pueden dar, en la cima de sus proyectos colocaron justamente el deseo de construir una hermosa familia, a ser posible numerosa. «En el fondo, ésa había sido mi experiencia –dice Gerardo–, nunca me habría imaginado mi familia sin mis cuatro hermanas». Gerardo solía decirle a su novia que siempre había deseado tener hijos para poder transmitirles el mismo calor y el mismo afecto que él había recibido. Luego, de pasada, añadía que también le gustaría adoptar a un niño, aunque tuviera los suyos propios. Y se daba cuenta de que Lucy no reaccionaba mal ante esa confidencia suya. A medida que se iban conociendo, los dos jóvenes descubrieron que tenían muchas afinidades. Cuando acabaron sus estudios, Gerardo de ingeniería electrónica y Lucy de economía y comercio, buscaron trabajo. Y llegó el tremendo día de la boda, que abrió las puertas a una nueva vida en pareja. «Nos conocíamos desde pequeños y nos queríamos –cuenta Lucy–; todo parecía fácil, pero no lo fue. Entendimos que cada uno debía ir aparcando sus egoísmos y sus puntos de vista para poder acoger y comprender los del otro. Sólo así seríamos la familia que queríamos ser».

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