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Revista noviembre - 2011
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> La esperanza, pasión polÃtica
La esperanza, pasión polÃtica
Piero Coda
Parece que el espÃritu de nuestro tiempo quiere y puede hablar de todo menos de esperanza.
De hecho resultan lejanos aquellos años en que el «principio esperanza» de Ernst Bloch enardecÃa los corazones y elevaba las mentes. La extenuación de las ideologÃas y de las utopÃas, asà como el cansancio objetivo de razonar la esperanza alimentada por la fe, parecen dejar el campo abierto no tanto a lo que la tradición cristiana estigmatizaba como pecados contra la esperanza (desesperación y presunción), sino al cinismo y a la resignación. Es decir, por un lado, aprovechar sistemáticamente las oportunidades que ofrece el statu quo, y por otro, rendirse a los potentes mecanismos y la insistente propaganda que nos instan a reconocer que lo que estamos viviendo es incluso «el mejor de los mundos posibles». Pues bien, precisamente este estado de cosas provoca una reacción que muchos comparten y que se argumenta de imaginación y visión de futuro. A saber: un despertar de la esperanza. Porque la ausencia de esperanza, tanto en un individuo como en una sociedad, es sinónimo de muerte, tanto biológica como espiritual. Y mientras ese despertar no quede en paja que se lleva el viento ni lo archive demasiado pronto una declaración de buenas e ineficaces intenciones, será necesario ahondar dentro del hombre y volver a descubrir –en el caso de los que tienen fe en Jesús, el crucificado que resucitó– el fundamento fiable de una praxis buena y justa. La esperanza es pasión del alma avocada a traducirse no sólo en actitud personal sino polÃtica, y acreditarse justamente como la virtud que conjuga visión y profecÃa con realismo y reconocimiento de lo que es posible. De ahà surgen dos actitudes que definen la acción polÃtica impregnada de esperanza. Primero, el discernimiento, que significa capacidad de leer la historia y las señales muchas veces enmarañadas y contradictorias que nos transmite, para intuir qué dirección tomar e identificar los caminos posibles y por tanto realizables en dicha dirección. Y luego, magnanimidad, que significa grandeza de ánimo, capacidad de abrazar y perseguir el bien común por encima de prejuicios y barreras, con la paciencia que requiere la gradualidad de su realización y en ese espÃritu de perseverancia que sabe mantener la mirada fija en la ruta, aunque sea ardua y frustrante.
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