| «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» (Mt 14,31)
Es de noche. Los discípulos intentan atravesar el lago de Tiberíades; la borrasca y el viento contrario zarandean la barca. En otra ocasión ya se habían visto en una situación similar; entonces el Maestro estaba con ellos en la barca[1], ahora en cambio se había quedado en tierra, rezando en el monte.
Pero Jesús no los deja solos en medio de la tormenta, baja del monte, va a su encuentro caminando sobre las aguas y los alienta: “¡Ánimo!, soy yo, no temáis”[2]. ¿Será verdad o sólo una ilusión? Pedro, dudoso, le pide una prueba: caminar también él sobre las aguas. Jesús lo llama. Pedro sale de la barca, y el viento amenazador lo asusta y comienza a hundirse. Jesús lo agarra de la mano y le dice:
«Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»
Hoy también Jesús sigue dirigiéndonos estas palabras cada vez que nos sentimos solos e impotentes en medio de las tempestades que a menudo se ciernen sobre nuestra vida. Son enfermedades o situaciones familiares graves, violencia, injusticias… que siembran la duda en el corazón, cuando no la rebeldía: “¿Por qué Dios no lo ve? ¿Por qué no me escucha? ¿Por qué no viene? ¿Por qué no interviene? ¿Dónde está ese Dios Amor en el que he creído? ¿Es solamente un “fantasma”, una ilusión?”.
Jesús nos sigue repitiendo, igual que a los discípulos atemorizados e incrédulos: “¡Ánimo!, soy yo, no temáis”. Y del mismo modo que bajó del monte para estar cerca de ellos cuando estaban en una situación difícil, así ahora Él, el Resucitado, sigue en nuestra vida y camina a nuestro lado, nos acompaña. No nos deja solos en la prueba: Él está allí para compartirla. Quizá no nos lo creamos suficientemente, por eso nos repite:
«Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»
Estas palabras, más que un reproche, son una invitación a reavivar la fe. Jesús, cuando estaba en la tierra con nosotros, nos hizo muchas promesas, dijo, por ejemplo: “Pedid y se os dará…”[3]; “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura”[4]; y todo el que haya dejado todo por Él recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna[5].
Se puede obtener todo, pero es necesario creer en el amor de Dios. Para dar, Jesús pide que al menos reconozcamos que nos ama.
En cambio, a menudo nos afanamos como si tuviésemos que afrontar la vida solos, como si fuésemos huérfanos, sin Padre. Al igual que Pedro, estamos más atentos a las olas encrespadas que parecen hundirnos más, que a la presencia de Jesús que nos toma de la mano.
Si nos parásemos a analizar lo que nos hace daño, los problemas, las dificultades, nos hundiríamos en el miedo, en la angustia, en el desaliento. Pero ¡no estamos solos! Creamos que hay Alguien que cuida de nosotros. ¡Debemos mirarlo a Él! Está cerca de nosotros cuando nos parece que no notamos su presencia. Creamos, fiémonos de Él y encomendémonos a Él.
Cuando nuestra fe se vea probada, luchemos, recemos y gritemos como Pedro: “¡Señor, sálvame!”[6]; o como los discípulos en una situación análoga: “Maestro, ¿no te importa que perezcamos?”[7]. Él no dejara que su ayuda nos falte. Su amor es verdadero y Él lleva nuestra carga.
«Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»
También Jean Luis era un joven de “poca fe”. Aunque cristiano, a diferencia de los otros miembros de su familia, dudaba de la existencia de Dios. Vivía en Man, Costa de Marfil, con sus hermanos más pequeños, lejos de sus padres.
Cuando la ciudad fue tomada por los rebeldes, entraron cuatro en su casa, lo arrasaron todo y quisieron enrolarlo a la fuerza, dado su aspecto atlético. Sus hermanos pequeños suplicaron que no lo hicieran, pero fue en vano.
Los rebeldes iban a salir con Jean Luis, cuando el jefe cambió de idea y decidió dejarlo. Luego le susurró a la hermana mayor: “Marchaos en seguida, mañana volveremos…” y les indicó el sendero por donde irse.
Los chicos se preguntaban: ¿Será el mejor camino? ¿Será una trampa?
Se marcharon al alba sin ningún dinero en los bolsillos, pero con una pizca de fe. Caminaron 45 Kms. Encontraron a alguien que les pagó el viaje en un camión que los llevó a casa de sus padres. Por el camino algunas personas desconocidas les dieron alojamiento y comida. En los puestos de control y en la frontera nadie verificó sus documentos y así llegaron a casa.
La madre cuenta: “No llegaron en buenas condiciones pero ¡estaban conmovidos por el amor de Dios!”
Jean Luis lo primero que preguntó fue dónde había una iglesia y dijo: “¡Papá, tu Dios sí que es fuerte!
[1] Cf. Mt. 8, 23-27.
[2] Cf. Mt. 14, 27.
[3] Cf. Jn.16, 24.
[4] Cf. Mt. 6, 33.
[5] Cf. Mt. 19, 29.
[6] Mt. 14, 30.
[7] Mc. 4, 38.
Chiara Lubich
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