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[ P a l a b r a   d e   V i d a ]

[Julio, 2004]

¿Cómo rezamos?

«Señor, enséñanos a orar» (Lc 11, 1)

Los discípulos veían cómo rezaba Jesús. Les impresionaba, sobre todo, el modo característico con el que se dirigía a Dios: lo llamaba “Padre”[1]. Ya otros antes que Él habían llamado a Dios con este mismo nombre, pero esa palabra en boca de Jesús denotaba un íntimo y recíproco conocimiento entre Él y el Padre, nuevo y único, un amor y una vida que unía a los dos en una unidad incomparable.

Los discípulos hubieran querido experimentar esa misma relación con Dios, tan viva y tan profunda, que veían en su Maestro. Querían rezar como Él lo hacía, por eso le pidieron:

«Señor, enséñanos a orar»

Jesús había hablado muchas veces a sus discípulos del Padre, pero ahora, respondiendo a su petición, les revela que su Padre es también Padre nuestro: nosotros también, igual que Él, mediante el Espíritu Santo, lo podemos llamar “Padre”.

Al enseñarnos a decir “Padre”, nos revela que somos hijos de Dios y nos hace tomar conciencia de que somos hermanos y hermanas entre nosotros. Como un hermano a nuestro lado, nos introduce en su misma relación con Dios, orienta nuestra vida hacia Él, nos introduce en el seno de la Trinidad y hace que nosotros seamos cada vez más uno.

«Señor, enséñanos a orar»

Jesús no sólo nos enseña a dirigirnos al Padre, sino también qué pedirle: que su nombre sea santificado y que venga su reino, que Dios se deje conocer y amar por nosotros y por todos, que entre definitivamente en nuestra historia y tome posesión de lo que ya le pertenece, que se realice plenamente su designio de amor sobre la humanidad. Así, Jesús nos enseña a tener sus mismos sentimientos, conformando nuestra voluntad a la de Dios.

Nos enseña también a tener confianza en el Padre. A Él, que alimenta a los pájaros del cielo, podemos pedirle el pan de cada día; a Él, que acoge con los brazos abiertos al hijo extraviado, podemos pedirle el perdón de los pecados; a Él, que cuenta también los cabellos de nuestra cabeza, podemos pedirle que no nos deje caer en la tentación.

Estas son las peticiones a las que Dios ciertamente responde. Podemos formulárselas con palabras diferentes -escribe Agustín de Hipona- pero no podemos pedirle cosas diferentes[2].

«Señor, enséñanos a orar»

Recuerdo cuando el Señor me hizo comprender también a mí, de una manera novísima, que tenía un Padre. Tenía 23 años. Enseñaba todavía en una escuela. Un sacerdote que estaba de paso me dijo que tenía que comunicarme algo: me pidió que ofreciera una hora de mi jornada por sus intenciones, a lo cual respondí: “¿Y por qué no toda la jornada?”. Impresionado por esta generosidad juvenil, me dijo: “Recuerde que Dios la ama inmensamente”. ¡Fue un descubrimiento: “Dios me ama inmensamente”, “Dios me ama inmensamente”! Se lo dije y lo repetí a mis compañeras: “¡Dios te ama inmensamente, Dios nos ama inmensamente!”.

Desde aquel momento descubrí a Dios presente por todas partes. Él está siempre y me habla. ¿Qué me dice? Que todo es amor: lo que soy y lo que me sucede; lo que somos y lo que nos concierne; que soy hija suya y que Él es mi Padre.

Desde aquel momento también la oración cambió; ya no era dirigirme a Jesús sino más bien ponerme a su lado, como Hermano nuestro, orientada al Padre. Cuando rezo con las palabras que Jesús nos enseñó, siento que no estoy sola trabajando por su Reino: somos dos, el Omnipotente y yo. Lo reconozco como Padre también por aquellos que no lo saben, pido que su santidad penetre y envuelva toda la tierra, pido el pan para todos, el perdón y la liberación del mal para todos aquellos que se encuentran atravesando una prueba.

Cuando los acontecimientos me alarman o me turban, pongo toda mi ansiedad en el Padre, segura de que Él piensa en ello. Y puedo dar testimonio de que no recuerdo ninguna preocupación que haya puesto en su corazón que Él no haya tenido en cuenta. El Padre, si creemos en su amor, interviene siempre en las cosas pequeñas o grandes.

En este mes tratemos de decir el “Padrenuestro”, la oración que Jesús nos enseñó, con una nueva consciencia: Dios es Padre y cuida de nosotros. Digámosla en nombre de toda la humanidad, fortaleciendo la fraternidad universal. Que sea nuestra oración por excelencia, sabiendo que con ella le pedimos a Dios lo que más desea. Él atenderá cada una de nuestras peticiones y nos colmará de sus dones, haciéndonos tan libres de las preocupaciones que podremos correr por el camino del amor.



[1] Mt 11, 25-26; Mc 14, 36;Lc 22, 42;Lc 10, 21; Jn 17, 1.
[2] Carta 130, a Proba, 12, 22.

 

Chiara Lubich

 

Puntos relevantes

• Los discípulos estaban asombrados de la relación incomparable de Jesús con Dios, su Padre.
• Jesús nos revela que su Padre es también el nuestro, que somos sus hijos y, por tanto, somos todos hermanos.
• En el Padrenuestro Jesús también nos enseña lo que debemos pedirle a Dios, lo que más le importa a Él.
• Si creemos que Dios es Amor, que nos ama inmensamente, Él se preocupa de nosotros e interviene siempre, tanto en las cosas pequeñas como en las grandes.

Lecturas aconsejadas

-Libros de Chiara Lubich:
La doctrina espiritual: Dios como hermano, pág. 102 (cf. Escritos Espirituales/1, pág. 64). Dios es poderoso, es el Omnipotente, pág. 104 (cf. Esc. Esp./1, pág. 54). Pensamientos: Con el Omnipotente, pág. 107. La única que es buena, pag. 113 (cf. Esc. Esp./1, pág. 101). Trabajo entre dos, pag. 115 (cf. Esc. Esp./2, pág. 195). Pensamientos: Mejorar siempre, pág. 121. No mi voluntad, sino la tuya, pág. 122 (cf. Esc. Esp./1, pág. 37). El Cielo contesta, pág. 341 (cf. Esc. Esp./2, pág. 211).

El tiempo queda: Seguir a un Padre, pág. 51 (cf. EE/1, pág. 238). El pan de cada día, pág. 59 (ampliado en EE/2: Rezad así, pág. 99). Por un día sin ocaso, pág. 71 (cf. EE/1, pág. 149).

-Otros libros:
Igino Giordani, Diario de fuego: 30 diciembre 1947, pág. 49.

Marisa Cerini, Dios amor en la experiencia y en el pensamiento de Chiara Lubich: La paternidad de Dios, pág. 26; La providencia y la misericordia del Padre, pág. 33.

Doriana Zamboni, Milagros cotidianos, las florecillas de Chiara y de los Focolares: historias verdaderas, a veces asombrosas, en las que Dios responde a nuestras necesidades con su amor personal.