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[ P a l a b r a   d e   V i d a ]

[Junio, 2007]

Docilidad a la "voz interior"

«El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad completa» (Jn 16, 13)

El Evangelio fascina con sus palabras verdaderas. En él habla Aquel que dijo: “Yo soy la Verdad”[1]. Abre de par en par ante nosotros el misterio infinito de Dios y nos da a conocer su proyecto de amor sobre la humanidad: nos da la Verdad.

Pero la Verdad tiene la profundidad infinita del misterio. ¿Cómo comprenderla y vivirla plenamente? El mismo Jesús sabe que no somos capaces de soportar esa “carga”. Por esto, en la última cena con sus discípulos, antes de volver al Padre, promete mandar su mismo Espíritu para que nos explique sus palabras y nos las haga vivir.

«El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad completa»

La comunidad de los creyentes conoce la verdad porque vive de Jesús. Al mismo tiempo está en camino hacia la “plenitud de la verdad” tras la guía segura del Espíritu.

La historia de la Iglesia puede leerse como la historia de la comprensión gradual y cada vez más profunda del misterio de Jesús y de su Palabra. El Espíritu la conduce por este camino de múltiples modos: mediante la contemplación y el estudio de los creyentes, mediante los carismas de los santos, mediante el Magisterio de la Iglesia[2].

El Espíritu habla también al corazón de cada creyente, donde él habita, y le deja oír su “voz”. Una y otra vez le sugiere que perdone, que sirva, que dé, que ame. Le enseña lo que está bien y lo que está mal. Le recuerda y hace vivir las Palabras de vida que el Evangelio siembra en nosotros un mes tras otro.

«El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad completa»

¿Cómo vivir esta Palabra de vida? Escuchando aquella “voz” que habla en nosotros, siendo dóciles al Espíritu Santo que guía, exhorta e impulsa.

“El cristiano -explica Chiara Lubich- debe caminar por impulso del Espíritu, para que el Espíritu pueda actuar en su corazón con su potencia creadora y lo lleve a la santificación, a la divinización y a la resurrección.”

Para oír mejor esa “voz”, como si estuviera amplificada, Chiara invita a vivir en unidad entre nosotros, y así aprender a escuchar la voz del Espíritu, no sólo dentro de nosotros, “sino también la que tiene cuando está presente entre nosotros unidos en el Resucitado”.

Cuando Jesús está entre nosotros, el Espíritu “perfecciona en cada uno de nosotros la escucha de su voz. La voz del Espíritu, precisamente por Jesús entre nosotros, es como un altavoz de su voz en nosotros.

“Siempre nos ha parecido que el mejor modo de amar al Espíritu Santo, de honrarlo y tenerlo presente en nuestro corazón es precisamente el de escuchar su voz, que puede iluminarnos en todos los momentos de la vida (…) Y hemos comprobado con grandísima sorpresa que, escuchando “esa” voz, se camina hacia la perfección: los defectos poco a poco desaparecen y las virtudes se ponen de relieve”[3].

«El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad completa»

Esta Palabra de vida, que se lee en la fiesta de la Santísima Trinidad, nos invita a invocar al Espíritu Santo:

“Oh Espíritu Santo, no te pedimos otra cosa que Dios por Dios (…)

“Haznos vivir la vida que nos quede (…) únicamente, siempre y en cada instante en función de Ti solo, el único a quien queremos amar y servir.

“¡Dios! Dios, espíritu puro… al que nuestra humanidad puede servir de cáliz vacío y llenarse de él…

“Dios, que debe traslucir en nuestro ánimo y en nuestro corazón, en nuestro rostro y en nuestras palabras, en nuestros actos y en nuestro silencio, en nuestro vivir y en nuestro morir, en nuestro aparecer y después de desaparecer de la tierra, donde podemos y debemos dejar sólo una estela luminosa de su presencia: Él presente en nosotros, entre la materia y la miseria de un mundo que vive o que se hunde, por elogio o por vanidad de todas las cosas, elevando o despejando todo para dejar sitio al Todo, el Único, el Amor”[4].

[1] Jn 14, 6.
[2] Cf Dei Verbum, 8.
[3] El EspÌritu santo y el Movimiento de los Focolares, conversación inédita del 3 de octubre de 1989.
[4] C.LUBICH, Escritos Espirituales/1, Ciudad Nueva, Madrid, 1995, p. 252

P. Fabio Ciardi y Gabriella Fallacara