| «El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad
completa» (Jn 16, 13)
El Evangelio fascina con sus palabras verdaderas. En él
habla Aquel que dijo: “Yo soy la Verdad”[1]. Abre de par en par ante
nosotros el misterio infinito de Dios y nos da a conocer su
proyecto de amor sobre la humanidad: nos da la Verdad.
Pero la Verdad tiene la profundidad infinita del misterio.
¿Cómo comprenderla y vivirla plenamente? El mismo Jesús sabe que
no somos capaces de soportar esa “carga”. Por esto, en la última
cena con sus discípulos, antes de volver al Padre, promete mandar
su mismo Espíritu para que nos explique sus palabras y nos las
haga vivir.
«El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad
completa»
La comunidad de los creyentes conoce la verdad porque vive
de Jesús. Al mismo tiempo está en camino hacia la “plenitud de la
verdad” tras la guía segura del Espíritu.
La historia de la Iglesia puede leerse como la historia de
la comprensión gradual y cada vez más profunda del misterio de
Jesús y de su Palabra. El Espíritu la conduce por este camino de
múltiples modos: mediante la contemplación y el estudio de los
creyentes, mediante los carismas de los santos, mediante el
Magisterio de la Iglesia[2].
El Espíritu habla también al corazón de cada creyente,
donde él habita, y le deja oír su “voz”. Una y otra vez le
sugiere que perdone, que sirva, que dé, que ame. Le enseña lo que
está bien y lo que está mal. Le recuerda y hace vivir las
Palabras de vida que el Evangelio siembra en nosotros un mes tras
otro.
«El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad
completa»
¿Cómo vivir esta Palabra de vida? Escuchando aquella “voz”
que habla en nosotros, siendo dóciles al Espíritu Santo que guía,
exhorta e impulsa.
“El cristiano -explica Chiara Lubich- debe caminar por
impulso del Espíritu, para que el Espíritu pueda actuar en su
corazón con su potencia creadora y lo lleve a la santificación, a
la divinización y a la resurrección.”
Para oír mejor esa “voz”, como si estuviera amplificada,
Chiara invita a vivir en unidad entre nosotros, y así aprender a
escuchar la voz del Espíritu, no sólo dentro de nosotros, “sino
también la que tiene cuando está presente entre nosotros unidos
en el Resucitado”.
Cuando Jesús está entre nosotros, el Espíritu “perfecciona
en cada uno de nosotros la escucha de su voz. La voz del
Espíritu, precisamente por Jesús entre nosotros, es como un
altavoz de su voz en nosotros.
“Siempre nos ha parecido que el mejor modo de amar al
Espíritu Santo, de honrarlo y tenerlo presente en nuestro corazón
es precisamente el de escuchar su voz, que puede iluminarnos en
todos los momentos de la vida (…) Y hemos comprobado con
grandísima sorpresa que, escuchando “esa” voz, se camina hacia la
perfección: los defectos poco a poco desaparecen y las virtudes
se ponen de relieve”[3].
«El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad
completa»
Esta Palabra de vida, que se lee en la fiesta de la
Santísima Trinidad, nos invita a invocar al Espíritu Santo:
“Oh Espíritu Santo, no te pedimos otra cosa que Dios por
Dios (…)
“Haznos vivir la vida que nos quede (…) únicamente,
siempre y en cada instante en función de Ti solo, el único a
quien queremos amar y servir.
“¡Dios! Dios, espíritu puro… al que nuestra humanidad
puede servir de cáliz vacío y llenarse de él…
“Dios, que debe traslucir en nuestro ánimo y en nuestro
corazón, en nuestro rostro y en nuestras palabras, en nuestros
actos y en nuestro silencio, en nuestro vivir y en nuestro morir,
en nuestro aparecer y después de desaparecer de la tierra, donde
podemos y debemos dejar sólo una estela luminosa de su presencia:
Él presente en nosotros, entre la materia y la miseria de un
mundo que vive o que se hunde, por elogio o por vanidad de todas
las cosas, elevando o despejando todo para dejar sitio al Todo,
el Único, el Amor”[4].
[1] Jn 14, 6.
[2] Cf Dei Verbum, 8.
[3] El EspÌritu santo y el Movimiento de los Focolares, conversación inédita del 3 de octubre de 1989.
[4] C.LUBICH, Escritos Espirituales/1, Ciudad Nueva, Madrid, 1995, p. 252
P. Fabio Ciardi y Gabriella Fallacara
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