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[ P o l í t i c a ]

[ ¿Se entromete la Iglesia en política? ]
Toda la doctrina social de la Iglesia, como magisterio pontificio de alcance universal o como magisterio episcopal de alcance local, aborda cuestiones políticas. Una aproximación a las últimas “orientaciones morales” del episcopado español.
Manuel María Bru Alonso
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No pocos se hacen esta pregunta. Además, su enunciado, no como interrogante sino como acusación, es tan antiguo como la propia Iglesia. En nuestra historia reciente esta sentencia se oía durante el franquismo, cuando obispos e instancias eclesiales defendían los derechos civiles rescindidos. La pronunciaban los que formaban parte del “aparato” –con poca razón– y también quienes se quejaban –éstos casi siempre con razón– de la excesiva implicación sociopolítica de lo que algunos bautizaron con la discutible expresión “nacional-catolicismo”. Pero este juicio –en línea con el primero de los dos del franquismo– se oye también hoy, cuando la ofensiva laicista quiere relegar la vivencia cristiana a las sacristías, exigiendo que sólo sea tolerable el culto católico, no así la cultura católica.
Diversos documentos más o menos recientes de la Conferencia Episcopal Española abordan directamente cuestiones políticas, como las Orientaciones morales ante la situación actual de España, del otoño pasado, la Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias (2002), o aquellos previos, de similar “revuelo mediático”, que fueron Católicos en la vida pública (1986) y La Verdad os hará libres (1990). En realidad toda la doctrina social de la Iglesia, como magisterio pontificio de alcance universal o como magisterio episcopal de alcance local, aborda directa o indirectamente cuestiones políticas.
La opinión pública católica, y no digamos la de la sociedad en su conjunto, está expuesta a una confusión permanente. Se recurre a supuestos argumentos constitucionales (aconfesionalidad del Estado), socio-culturales (sociedad multicultural) e incluso teológicos (autonomía de las cosas temporales), y hasta exegéticos (“dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”), para contestar no sólo los contenidos de este tipo de documentos magisteriales, sino la licitud misma de su existencia. Y no deja de ser paradójico en un “régimen de opinión”, es decir, en una democracia sustentada sobre la libertad de expresión. En sus últimas “orientaciones morales” los obispos españoles denuncian que «algunos sectores pretenden excluir a los católicos de la vida pública y acelerar la implantación del laicismo y del relativismo moral como única mentalidad compatible con la democracia».
Sin entrar en las formas que han servido de cauce para ese mal llamado “entrometimiento”, vinculadas a las fórmulas de lo que hoy llamamos “relación Iglesia-Estado” a lo largo de la historia, el hecho es que los sucesores de Pedro a la cabeza de la Iglesia, y los sucesores de los apóstoles a la cabeza de cada Iglesia particular en comunión con los primeros, nunca han dejado de anunciar y promover las iniciativas políticas que defienden la dignidad humana, la justicia y la paz social, o la libertad religiosa. También han denunciado, cuando era necesario y oportuno, las políticas contrarias a estos principios. Y nunca han considerado que esto entrase en contradicción con lo de “mi reino no es de este mundo”, sino que formaba parte del “poner en libertad a los oprimidos”, o de “el Reino de Dios está ya entre vosotros”; o, en palabras de los padres de la Iglesia: “nada humano es ajeno a la mirada cristiana”, o “la gloria de Dios es la vida del hombre”.
Citando a san Agustín, dice la constitución Lumen gentium del Concilio Vaticano II que «La Iglesia va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios», lo que supone, entre otras cosas, «descubrir fielmente, aunque entre sombras, el misterio de Cristo en el mundo». Precisamente este discernimiento es lo que identifica la mirada cristiana, no tanto de la Iglesia hacia sí misma, sino de la Iglesia en medio de los avatares del día a día, de los acontecimientos humanos, sociales, culturales y también políticos. Se trata de un discernimiento necesariamente “entre sombras”, y por tanto aproximado, pero necesario.
Este discernimiento tiene, sobre todo tras el Concilio Vaticano II, dos ámbitos de realización: el de los pastores y el de los fieles. A los pastores corresponde al marco general de la definición de los principios morales correspondientes a la doctrina social de la Iglesia, así como la permanente orientación moral, que necesariamente incluye un juicio sobre las situaciones y decisiones políticas que comprometen aquellos principios morales. Es el caso habitual de las valoraciones morales sobre propuestas legislativas, o el de la defensa del pueblo cristiano y no cristiano ante casos de abusos de poder.
Por otro lado está la misión de los laicos, que según la Lumen gentium está vinculada al saneamiento permanente de las estructuras sociales, impregnando «de sentido moral la cultura y el trabajo humano», con el fin de dilatar el Reino de Dios entre los hombres como «reino de justicia, de amor y de paz».
En ambas misiones, pero de modo diverso, ha de interpretarse el principio conciliar de la «autonomía de las cosas temporales». Para los laicos esta autonomía significa la búsqueda de la armonía –no el equilibrio o el “término medio”, como suele decirse– entre sus derechos y obligaciones como miembros de la comunidad eclesial y a la vez de la comunidad social y política, y la necesaria heteronomía de la conciencia cristiana, que no es ajena a ninguna realidad humana y social, ya que, como dice el mismo texto conciliar, «ninguna actividad humana, ni siquiera en el orden temporal, puede substraerse al imperio de Dios». A ellos les toca, por tanto, implicarse como miembros de las dos ciudades de las que hablaba san Agustín (la celestial y la terrenal) en la “polis”, es decir, en la política, entendida, en sentido amplio y convergente, como “vida pública”.
No es así para los pastores, que sólo excepcionalmente están llamados a una implicación directa y personal en la actividad política, pero sí en cambio a distinguir, mediante el discernimiento moral de la actualidad política, entre aquellas cuestiones meramente técnicas, cuya vinculación con los principios morales no pocas veces es susceptible de interpretaciones divergentes, y los postulados o decisiones políticas que indiscutiblemente comprometen esos principios. Muchas veces es pastoralmente oportuno valorar públicamente esas decisiones, y desde el punto de vista social no sólo es legitimo, sino también conveniente y plausible, por que con ello se enriquece el debate plural de la opinión pública, dado que son indiscutibles líderes de opinión.
Conviene entender bien la referencia a las cuestiones “meramente técnicas”, porque su autonomía no está determinada por la complejidad o especialización de las mismas, sino por la ausencia de relación relevante entre los principios morales y la pluralidad de opciones, procedimientos y métodos de actuación política. Por ejemplo, la Conferencia Episcopal Española, según su última instrucción pastoral, puede «denunciar las injustas diferencias entre las distintas comunidades autónomas» y «abogar por el disfrute equitativo de los dones de la naturaleza», como es el caso del agua. Siguiendo con el mismo ejemplo, puede que el obispo de una diócesis se una a la indignación de sus fieles si una determinada política de reordenación de los cauces hidráulicos perjudica gravemente el abastecimiento de agua de su región. Pero –y seguimos con el agua– raramente ese mismo obispo cuestionará los pormenores concretos de un plan hidrológico, porque la oportunidad para el bien común de una ley como esa, sometida a una combinación de variables innumerables, es propia del juicio moral de profesionales expertos y de políticos prudentes que busquen el bien común sin comprometer la autoridad de una unívoca interpretación moral de dicho plan.
Los pastores de la Iglesia, en virtud de su misión de enseñar y guiar al pueblo cristiano y defender a todos los hombres de las insidias del maligno, no tienen ningún reparo en denunciar públicamente leyes que contemplan aspectos técnicos complejísimos, como son todos los textos legislativos sobre investigación biomédica, cuando éstos, independientemente de sus aspectos variables, atentan en su conjunto y directamente contra la vida y la dignidad humanas.
La libertad de los obispos como ciudadanos para manifestarse cuando y como quieran desde sus púlpitos, por los medios de comunicación o en la misma calle, es fundamental en una sociedad como la nuestra, no sólo porque su autoridad moral es reconocida por una mayoría que se confiesa católica, sino porque, aunque no fuese así, sin la universalidad de este derecho no hay democracia, de modo que nadie pondría en duda que lo que se pretendía era «excluir la influencia del cristianismo en nuestra vida social». Y esto, según han señalado los mismos obispos en sus “orientaciones morales”, sería «un procedimiento autoritario, una grave mutilación y una pérdida deplorable».
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Orientaciones nada pusilánimes ]
Partiendo de la defensa de la doble libertad de los pastores de la Iglesia (libertad de expresión como ciudadanos y libertad de guiar moralmente a los católicos, también en las cuestiones sociales y políticas), los obispos españoles ponen unos cuantos ejemplos y consideran en sus “orientaciones morales de la situación actual de España” (2006) que la “memoria histórica” está “guiada por una mentalidad selectiva” y que abre “viejas heridas de la guerra civil” y aviva “sentimientos encontrados que parecían estar superados”. También dicen que “la insólita definición legal del matrimonio sin diferencia entre varón y mujer, el apoyo a la ideología de género, la ley del divorcio exprés, la creciente tolerancia con el aborto, la producción de seres humanos como material de investigación y el programa de educación para la ciudadanía” van contra la ley natural.
Por la misma razón están en su derecho de denunciar a las instituciones políticas cuando éstas tienden a “invadir ámbitos familiares o personales que corresponden a las decisiones de las familias y de los ciudadanos desarrollando un intervencionismo injustificado y asfixiante”. Y no menos derecho tienen de denunciar que no “se respete escrupulosamente la autonomía del poder judicial y la libertad de los jueces”, y que esta autonomía esté de hecho cuestionada “desde la misma designación o elección de los cargos dentro de la institución judicial”. Así se entiende también que no podrían dormir tranquilos si no estuvieran permanentemente, unas veces en la vanguardia y otras en la retaguardia, defendiendo “la libertad religiosa”, “el derecho de los padres a que sus hijos sean educados de acuerdo con sus convicciones” o que a los ciudadanos no se les engañe sistemáticamente a través de los medios de comunicación.
Nos resultaría extraño que los obispos no denunciasen contundentemente cada uno de los atentados terroristas, o que no mostrasen su “afecto, respeto y sincera solidaridad” con quienes “han sufrido directa o indirectamente los golpes del terrorismo”. Pero también, obligados a afinar con precisión en este magisterio moral, resultaría incomprensible que no proclamasen “que es ilícita cualquier colaboración con los terroristas y quienes los apoyan, encubren o respaldan”, y que “una sociedad libre y justa no puede reconocer a una organización terrorista como representante legítimo de ningún sector de la población ni como interlocutor político”.
Respecto a las aspiraciones nacionalistas, es lógico que, en pro de esa legítima “autonomía de las cosas temporales”, reconozcan que “la unidad histórica y cultural de España puede ser administrada de muy diferentes maneras”, sin que por ello dejen de señalar, no sólo como un hecho fehaciente, sino también como un hecho de honda significación moral, que dado que “la unidad cultural básica de los pueblos de España, a pesar de las vicisitudes sufridas a lo largo de la historia, ha buscado de distintas maneras su configuración política”, parece indiscutible que “ninguna de las regiones actualmente existentes, más o menos diferentes, hubiera sido posible tal como es ahora sin esta antigua unidad espiritual y cultural”, para finalmente recomendar a todos “que piensen y actúen respetando la verdad de los hechos y de la historia, considerando los bienes de la unidad y de la convivencia de siglos y guiándose por criterios de solidaridad”. Estas afirmaciones no significan un ataque a todo tipo de aspiraciones nacionalistas, sino que, resolviendo una omisión que se da en documentos anteriores, se recuerda que “la Iglesia reconoce, en principio, la legitimidad de las posiciones nacionalistas que, sin recurrir a la violencia, por métodos democráticos, pretendan modificar la unidad política de España”.
La buena noticia del Evangelio es siempre anuncio y denuncia, bálsamo que cura, palabra que consuela, pero también espada de doble filo que rasga y corta. Por eso los pastores, que tienen la “gracia de estado” de orientar moralmente a los fieles, como los laicos la tienen para aplicar esa “novedad moral” a las circunstancias concretas de la vida pública, tienen que anunciar la grandeza de la dignidad humana, y tienen que denunciar los intentos de quebrantarla. Tienen que estar al lado de “los inmigrantes (que) necesitan atención y ayuda, junto a los que no tienen trabajo, los que están solos, las jóvenes que pueden caer en las redes de la prostitución, las mujeres humilladas y amenazadas por la violencia doméstica, quienes no tienen casa ni familia donde acogerse”, como se dice en esa instrucción pastoral. Pero para ello tienen también que defenderlos, a ellos y a todos, denunciando a los gobernantes cuando éstos “centran sus actividades no en el bien común, sino en el bien particular de un grupo, de un partido, de una determinada clase de personas, tratando de conseguir el poder y de perpetuarse en él”.
Evidentemente, al hacer este tipo de juicios morales sobre cuestiones concretas y actuales, cabe la discrepancia en conciencia, siempre que está se dé respecto a la aplicación del juicio, y no a los principios morales fundamentales. Tan es así que, como todos sabemos, este último documento, como todos los de este tipo, no ha sido apoyados por unanimidad, sino por una mayoría más que suficiente. Esto tiene su lado positivo porque es expresión de lo arriesgado de los contenidos y su debate, y sobre todo es expresión de la libertad de los obispos, que a su vez expresa la libertad de todos los hijos de la Iglesia en todo lo que no compromete la fe, según dice esa máxima milenaria: In necesariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas.
M.M.B.A.
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