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[ F a m i l i a ]


[ Un caldo de cultivo adecuado ]

De aquí a pocos meses, en abril, tendrá lugar la típica manifestación de Familias Nuevas, el Familyfest. Iniciamos con este artículo una serie de aproximaciones a las familias que viven la espiritualidad de la unidad.

Antonio Contreras

El Familyfest es un gran escaparate, una cita que se prepara durante años y un acontecimiento extraordinario, dado su gran impacto mediático. Pero no habría fiesta mundial sin las sencillas y cotidianas acciones que lleva adelante Familias Nuevas, que es quien promueve el evento.

Familias Nuevas –para quien no lo sepa– es una de las ramas del Movimiento de los Focolares, orientada al mundo de la familia y fundada por Chiara Lubich en el 1967. Bien es verdad que ya en la primera comunidad de los Focolares, mucho antes de esta fecha fudacional, había también personas casadas que, a consecuencia de entrar en contacto con la nueva espiritualidad, procuraban vivir las relaciones familiares poniendo mayor atención en ello. Y este estilo de vida ha resultado ser un eficaz remedio para la crisis actual de la institución familiar.

Los miembros de Familias Nuevas procuran llevar a la vida de familia la fuerza de la unidad, de este modo se proponen renovar cada relación. Por una parte, la unión que los dos padres construyen día a día es un punto de referencia sólido para la educación de los hijos. Por otra parte, la diferencia generacional se transforma en un positivo intercambio de dones, basado en el amor recíproco.

Periódicamente Familias Nuevas organiza congresos internacionales que van señalando las etapas de su propio desarrollo y su paulatina realización. En ellos se abordan temas de interés para todos, cuya profundidad se demuestra en el intercambio de experiencias de todo el mundo, como ésta que reproducimos a continuación, tan excepcional, tan heroica, que sólo encuentra explicación en el hecho de que se desarrolla en un caldo de cultivo apropiado. Vamos a verla.

«Cuando me casé soñaba con tener una familia donde viviéramos ese amor recíproco que es capaz de producir la presencia de Jesús en Medio, pues tanto mi marido como yo vivíamos la espiritualidad de la unidad. Creo que yo no era muy consciente del paso que estaba dando; no me daba cuenta todavía del compromiso que adquiría ni del significado del sacramento del matrimonio.

«Al poco tiempo asistí a un Familyfest en donde contaron experiencias de familia preciosas. Y hubo una en particular que me impactó. Una señora de Estados Unidos, ya mayor, contaba que su marido era alcohólico y que ella lo cuidaba lo mejor que podía y muchas cosas más. Terminó con una frase que me dejó sin palabras: “yo quiero ser fiel al sacramento del matrimonio”.

«Me sorprendió desde el principio; yo pensaba: “Pero bueno, ¿tan importante es este sacramento que hay personas que dan la vida por fidelidad a lo que prometieron cuando se casaron?”. Se me presentó delante con una dignidad y una grandeza como nunca antes lo había descubierto.

«Esa frase se me grabó tanto que me hice un propósito: “Yo también quiero ser fiel a este sacramento, me cueste lo que me cueste”... Dios te prepara así para lo que ha de llegar después. Y es que mi primer hijo tuvo problemas al nacer, por falta de oxígeno, y ello le produjo cierto retraso mental.

«Mi marido no lo aceptó del todo bien. Además luego se le manifestó una diabetes que requería inyecciones, controles diarios, dietas, por lo cual no disfrutaba de las comidas, etc. Todo esto hizo que su carácter empeorase. Dejó de participar en las actividades el Movimiento, aunque siempre estuvo en contacto con la parroquia y las hermandades.

«No ha sido fácil para ninguno de los dos. Me acordaba muchas veces de esas palabras de Jesús: “Quien quiera seguirme que se niegue a sí mismo, que coja su cruz -de cada día- y me siga”. El sueño de cuando me casé no se había cumplido y cada vez que oía experiencias de familias donde ambos viven la espiritualidad de la unidad sentía un gran dolor. Ha habido momentos en los que la tentación de que cada uno fuera por su lado era muy grande. Pero siempre seguíamos adelante. Nuestro hijo nos necesitaba a los dos.

«Después de 24 años de matrimonio y después de que mi marido pasase una depresión, noté que algo estaba cambiando. No era el mismo, su mente estaba en otra parte y se le presentó un problema psicológico que afectaba a toda la familia. Traté de que el problemas lo afrontásemos juntos, pero no hubo forma y me di un tiempo para ver si él se daba cuenta de la gravedad de esta situación.

«Mientras tanto, y cuando yo ya había decidido que por el bien de todos era mejor vivir separados, mi marido tuvo dos pequeños amagos de infarto y vi que su salud se agotaba. De manera que no lo podía dejar así y me quedé siempre a su lado. Hace unos meses se hizo un cateterismo que no le mejoró nada y cuatro meses después le dio un infarto que no superó. Aparte del dolor de esos momentos, sentí que había logrado ser fiel en la salud, en la enfermedad, en los momentos buenos y en los “imposibles”, hasta que la muerte nos separó.

«Había llegado a la meta que me había propuesto con la ayuda de las personas que vivían la espiritualidad del Movimiento y sobre todo gracias a esa fuerza que, aunque no nos demos cuenta, va implícita en el sacramento del matrimonio».

Así empezamos. Deseamos con este número dar inicio a una serie de artículos que bien podrían ser una ventana abierta a la familia. Quiere ser un intento de “dar visibilidad” desde estas páginas a la vida de las familia que tratan de vivir la espiritualidad de la unidad.