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[ Espiritualidad de la unidad ]

[ Dios amor y la oración ]
Inicia con éste una serie de artículos sobre el interesante recorrido de quien elige a Dios.
Con un lenguaje casi coloquial, el autor (considerado cofundador del Movimiento de los Focolares, al lado de Chiara Lubich) subraya que la llamada de Dios está al alcance de todos.
Pascual Foresi
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Un descubrimiento deslumbrante encontramos en el origen de la nueva espiritualidad que el Espíritu Santo ha dado a nuestro tiempo a través de Chiara Lubich y el Movimiento de los Focolares. Se trata del descubrimiento de un Dios que, porque es amor, ama a cada uno con un amor infinito y personal. Así lo repetía constantemente Chiara a sus primeras compañeras y a cualquiera que entrase en contacto con ella: "Dios te ama inmensamente, Dios nos ama inmensamente".
Recuerdo la profunda impresión que también me produjo a mí este anuncio. Me di cuenta de que tenía una importancia fundamental, una novedad para mí absoluta. Aún ahora, al cabo de los años, me pregunto si he sido realmente consciente de ello, si he captado de verdad su envergadura.
Nuestra comprensión de Dios y de su acción, de hecho, va ligada normalmente a determinadas perspectivas nuestras, la medimos con nuestra limitada sensibilidad y la expresamos con nuestras particulares categorías de pensamiento. Y puede ocurrir que, cuando nos sentimos imperfectos y por tanto indignos del amor de Dios, entonces transfiramos en cierto modo nuestra percepción a Dios y acabemos creyendo que él no puede amarnos o, al máximo, sólo puede amarnos parcialmente. En realidad no es así. Dios nos ama siempre, infinitamente, y su amor está cerca de nosotros y nos sostiene en cada instante de nuestro camino.
Si queremos trazar con imágenes las características del amor de Dios, la primera que salta a la vista es una imagen muy familiar en la Sagrada Escritura y que encontramos en muchos autores espirituales: Dios nos ama como el esposo a su esposa. Se parece a alguien que está perdidamente enamorado y ama por encima del valor mismo de la persona amada. Es decir, la ama tanto que todo en ella lo ve hermoso, todo positivo, todo comprensible; incluso sus deficiencias, aunque se noten, sin embargo el amor las trasciende y sublima.
Hay otra imagen que, de una manera igualmente eficaz, dice cómo es el amor de Dios por nosotros. Es la imagen del amor de madre, la cual, sea cual sea la situación en que se encuentre el hijo, aunque fuese la más dolorosa y reprobable, siempre está dispuesta a esperarlo, acogerlo y olvidarlo todo. El amor materno es así, interminable, esencial. Éste es el amor que tan excelsamente le dio Mónica a su hijo Agustín. Pero al lado del amor de Dios, el de Mónica no es más que un pálido reflejo.
El Evangelio nos lo revela en páginas al mismo tiempo conmovedoras y misteriosas. Por ejemplo, es el amor sorprendente de un padre que sale al encuentro del hijo perdido (cf Lc 15, 11-32), que deja las noventa y nueve ovejas para ir al encuentro de la que se ha descarriado (cf Lc 15, 4-7), que invita a perdonar al prójimo "setenta veces siete", del mismo modo que él nos perdona sin medida (cf Mt 18, 21-22). Más aún, es el amor del Padre que llega incluso a enviar a su Hijo -que también es Dios, uno de la Trinidad- para que asuma nuestra naturaleza humana y muera por nosotros -hombre, igual que nosotros-, con el fin de redimirnos de todo pecado e introducirnos así en la fiesta de su Reino.
Cuando logramos alcanzar, aunque sea sólo por un instante, la realidad de un amor tal, entonces todo se transforma: la vida que nos ha sido dada, el mundo que nos circunda, cualquier circunstancia alegre o triste, todo adquiere para mí el tinte de un don de Dios, que me desea santo igual que lo es él (cf 1 P 1,16). Y éste es el fundamento de toda la vida cristiana, ese amor de Dios por cada uno; un Dios al que hemos de entregarnos respondiéndole de un modo total.
Nuestra respuesta de amor
¿En qué consiste nuestra respuesta?, ¿cuál es su esencia más profunda?
Antes que nada hay que poner de relieve que el amor de Dios por nosotros es tan grande que transforma en Dios a quien se deje aferrar por él, de manera que el auténtico retorno del hombre a Dios se vuelve, en cierto modo, en retorno de Dios a sí mismo. Y esto es lo más elevado y verdadero de eso que llamamos oración.
En realidad, con este término se suele indicar más bien las múltiples expresiones de la oración, que van desde la oración de petición a la oración mental, pasando por la oración litúrgica y la sacramental. Son expresiones sin duda muy adecuadas para que entremos en relación con Dios y exteriorizar la realidad íntima, pero que aún no coinciden con ella. Entre la oración y las oraciones hay una diferencia substancial que trataré de ilustrar empezando por la oración más inconsciente, pero no menos esencial.
Cuando por la noche nuestros ojos se alzan para ver el cielo estrellado, contemplan un universo de descomunal belleza, que nos encanta y sorprende por su tácita obediencia a una ley, la ley de vida y armonía que desde el principio lo ha construido y en cada momento lo sostiene. Esa ley por sí sola da testimonio del Creador. Y si esto ocurre con los astros, igual pasa con las plantas y las flores, que "saben" cuándo florecer, cuándo dar fruto y cuándo morir. Una profunda relación, pues, une a todos los seres vivos con Dios; una relación que, me atrevería a decir, es una profunda oración, porque con su existencia inconscientemente lo están reconociendo y siguen "narrando su gloria" (Sal 18,2).
Pero esta recóndita oración tiene su expresión más alta en el hombre, porque es libre. Es la oración que nace cuando, aún antes de entrar en colóquio con Dios, lo reconoce como el Padre que lo ha creado y lo sostiene en su ser, al lado de todo el universo. Entonces la relación con Dios se delinea con todo su fundamento vital y también medicinal. Por tanto es una relación que el hombre está llamado a entablar cotidianamente, o a rogarla, tal como lo han hecho algunos maestros del espíritu, en una oración exégesis de la invocación del Padrenuestro: "danos hoy el pan de cada día".
Veamos ahora de qué modos se puede entablar esa relación.
Distintas formas de oración
Empiezo por una forma de oración que en principio no parece tal. Es la oración de ofrecimiento, y la vive aquel que está postrado por el sufrimiento físico o espiritual, incapaz de todo, incluso de hablar, ofreciendo a Dios, aunque sólo sea por un instante, toda su existencia. Por eso esta forma de oración puede considerarse la más profunda, pues sitúa al alma en ese punto donde el contacto con Dios es más directo e inmediato.
También el trabajo puede adquirir la forma de una oración de ofrecimiento. Pienso sobre todo en aquellos que durante el día se ven tan superados por el cansancio físico que se sienten incapaces de reunir las fuerzas para dedicarse a rezar. Pues bien, también ellos, si por la mañana ofrecen a Dios su jornada con una sencilla intención, notarán que viven en una continua relación con él, y por la noche, durante un breve recogimiento, encontrarán la unión con él. Y esto es en el fondo lo que la humanidad está deseando; o sea, que todo el universo y cuanto hay en él se transforme en una gran oración que incesantemente se eleva a Dios.
Por otra parte, aquellos que se consagran a Dios tienen la posibilidad de dedicar parte de su tiempo a coloquiar explícitamente con él, ejercitando determinadas prácticas de piedad. Pero es decisiva y fundamental para ellos la advertencia de Jesús: "No todo el que me diga: 'Señor, Señor', entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos" (Mt 7,21). Con ella subraya que lo que vale es la relación auténtica con Dios y no las múltiples fórmulas meramente externas.
Entre las variadas formas clásicas de oración, la liturgia representa la oración por excelencia, pues con ella es la Iglesia quien reza. De hecho, la oración litúrgica posee una característica fundamental: es una oración comunitaria en la que cada cual entra en relación con Dios junto con los hermanos. Y esto ocurre no sólo porque se esté participando simultaneamente en un asamblea, sino más bien porque es entonces cuando se renueva el misterioso encuentro de la humanidad, significada en la Iglesia, con Dios; encuentro que él mismo subraya con su presencia, que culmina en la eucaristía, haciéndonos uno entre nosotros y "endiosándonos".
Otra vía maestra para lograr la relación con Dios es la meditación. Ésta es como un itinerario que, a quien lo pone en práctica regularmente con la ayuda de escritos espirituales, le da la posibilidad de coloquiar íntimamente con Jesús y advertir en el fondo del alma la presencia viva de Dios, que nos llena de sí y quema nuestras miserias, indicándonos el camino a seguir e infundiéndonos la paz.
Es un contacto con él que alienta y sana, al igual que una vez sanó a esa mujer enferma de la que habla el Evangelio, convencida como estaba de que con sólo tocarle la ropa se curaría (cf Mt 5, 25-34). Ama a las almas que se ponen ante él, aunque estén oprimidas por sus graves pecados.
Dios, con su desconcertante amor, ha querido que tantas gracias que otorga al mundo dependan de nuestra intercesión. Y ésta es la oración de petición, que espera de nosotros para darnos la alegría de cooperar con él en la salvación del mundo. Dicha oración resulta sumamante eficaz cuando revivimos en nosotros el misterio demuerte y resurrección de su Hijo encarnado, llegando a hacer propias las palabras de Pablo: "Contemplo lo que falta a las tribulaciones de Cristo en mi carne, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia" (Col 1,24).
Otra forma de oración es la vocal, una oración que la Iglesia recomienda para que todo nuestro ser se sumerja en una intimidad espiritual con Dios, que es un preludio del Cielo. Quizás su expresión más hermosa sea el rosario a la Virgen María, con el cual, como explica Juan Pablo II en la carta Rosarium Virginis Mariae, damos voz a "ese amor que no se cansa de dirigirse a la persona amada con manifestaciones que, incluso parecidas en su expresión, son siempre nuevas respecto al sentimiento que las inspira" (núm. 26).
Para concluir, quisiera mencionar una forma de oración especial que surge cuando una relación de auténtico amor cristiano une a dos personas, a dos hermanos. Entonces Jesús, atraído por ese amor recíproco, misteriosa pero realmente se hace presente entre ellos (cf Mt 18,20). Cualquier diafragma cae y la relación con él se vuelve encierto modo tangible.
Se comprende, pues, por qué esta presencia de Jesús contiene la esencia de la oración, ya que ella misma es oración, implícita pero substancial. En la familia de Nazaret, con Jesús, María y José, esta oración alcanzó su culmen. A nosotros nos corresponde acercarnos cada vez más a ese modelo, si bien es verdad que siempre será inalcanzable.
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