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[ P o l í t i c a ]


[ Que no se enfrenten las civilizaciones ]

«Es una cuestión de terrorismo, no de Islam»,
subraya Justo Lacunza, director del Instituto Pontificio
de Estudios Árabes e Islámicos de Roma,
e invita a multiplicar los contactos
entre cristianos y musulmanes.


Pablo Lóriga

«Desgraciadamente, el drama de aquella iglesia en Paquistán no ha sido el primer episodio. Cuando existen tensiones entre distintas comunidades, el fanatismo conduce al exterminio. Esa matanza puede muy bien haber sido planeada por un grupo aislado. Se trata de una de las consecuencias del odio gratuito de este último periodo: destruir por destruir». Y añade: «Lamento que no se haya oído una voz después de esa masacre diciendo que se trataba de una agresión contra la libertad religiosa. Toda persona tiene derecho a expresar su culto. Y defender este derecho no es misión de quien va al templo, sino del Estado».

Tiene una visión que va más allá de Europa, hace una valoración apasionante y habla con cierta congoja. Se dedica al diálogo entre religiones y culturas. El padre Justo Lacunza, de 57 años, natural de Navarra, es actualmente director del Instituto Pontificio de Estudios Árabes e Islámicos de Roma.

–Profesor Lacunza, ¿es verdad que el Corán promete el Paraíso a los que comenten atentados?

–Antes que nada, hay que decir que la esencia del Corán no está en ofrecer el Paraíso a los defensores del Islam. Y luego, que determinados fundadores de formaciones y movimientos islámicos han caído siempre en la tentación de instrumentalizar la religión para sus propios fines y necesidades. Al presentar como finalidad suprema el Paraíso, influyen en la comunidad musulmana y ponen a Dios de su parte.

–Por eso Bin Laden unía la declaración de guerra con el premio eterno.

– Es que no podía decirle a los suyos: tendréis una caja de naranjas como premio. Tenía que ofrecerles una justa recompensa. Si no, no habría encontrado quien lo apoyase en la guerra contra América, contra los cruzados, contra los judíos, contra Occidente, contra el secretario de la ONU. En realidad, no se trata de luchar para defender a Dios y el Islam. Dios es quien defiende al hombre. En la visión islámica, el hombre está destinado a ser un servidor, no un patrón. Dios no permite al hombre que instrumentalice ni su voluntad ni sus textos para dañar a los demás. Bin Laden ha invertido los términos.

– En su opinión, ¿cuáles son las motivaciones religiosas de un personaje como Bin Laden?

–Sus motivaciones religiosas forman parte de un lote que contiene intereses políticos, culturales y económicos, que comprende tanto el control de los recursos naturales de la región, incluido el petróleo, como el objetivo de convertirse en guía religioso, autoridad espiritual, intérprete del Islam de hoy. No se pueden separar las motivaciones religiosas de las demás. Echar a los americanos de la “tierra santa del Islam”, Arabia Saudí, quiere decir que el objetivo es al mismo tiempo controlar los recursos económicos y conquistar el poder político. Hay que evitar una lectura superficial que se limite al aspecto religioso.

–¿Qué le ha parecido la respuesta militar angloamericana?

–¿Europa y América se iban a aliar para bombardear Afganistán exclusivamente porque allí se había escondido un señor llamado Bin Laden...? ¡Ni que estuviéramos de broma! Los países europeos y Estados Unidos conocían desde hace tiempo la existencia de esas células terroristas. Hace años que los terroristas se mueven libremente de un país a otro. En algún sitio ha encontrado apoyo logístico toda la criminalidad que tenemos en Europa. ¿Es posible que los servicios secretos no se dieran cuenta de nada? ¿Y Cuál es la consecuencia de todo esto? Que terminamos diciendo que el mundo es así: el mal a un lado y el bien al otro. Ésa es la visón que tienen los fundamentalistas.

–¿Tiene dudas sobre la eficacia de la acción militar que aún se lleva a cabo?

–Se ha optado por declarar la guerra y si uno dice que no está de acuerdo lo toman por antiamericano y antieuropeo. Pero yo no puedo aceptar que en nombre de la civilización o de qué se yo montemos una guerra para vencer el terrorismo. ¿Quién ha dicho que la guerra sea el mejor método para acabar con el terrorismo? Toda esta historia de los misiles inteligentes y otras armas sirve para esconder la verdadera realidad: que las bombas significan destrucción y muerte para muchos civiles indefensos.

No estoy de acuerdo con los que apoyan la guerra para arreglar el mundo. Creo, más bien, que tenemos miedo de asumir todo el peso de lo que sucedió el 11 de septiembre, con todas las consecuencias y los pormenores que esconde.

–¿A qué pormenores se refiere?

–No puedo admitir la interpretación de que el atentado de Estados Unidos fue un proyecto del señor Bin Laden y un grupo de personas.

–Y entonces, ¿quién podía estar detrás?

–Pues debe haber habido gobiernos, Estados, organizaciones internacionales. ¿Quién proporcionó las bases logísticas? ¿Quién puso la tecnología? ¿Quién controló científica y tecnológicamente una operación terrorista que no tuvo errores? Ahora ya se dice que estamos ante un proyecto maligno, de exterminio, que es más grande de lo que nos imaginamos.

–¿Cuál sería ese objetivo?

– Humillar a los Estados Unidos militar, económica y culturalmente; herirlos en su autoridad política, bloquear la gestión internacional que hacen de los recursos naturales. Porque América, desde que se acabó la Gerra Fría, siempre aparece como el dueño del mundo.

Está en juego el equilibrio geopolítico de Asia central: desde la gestión de los recursos naturales, hasta el futuro de la república islámica de Irán; desde la cuestión musulmana en Pakistán hasta el asunto de Cachemira y el control de las bombas nucleares. Y todo esto, a las fronteras de dos países como China y Rusia.

–Hay temor de un enfrentamiento entre religiones, un conflicto entre civilizaciones. ¿Cuál es su valoración?

–Yo no lo veo como un enfrentamiento entre civilizaciones. Ni si quiera entre Occidente e Islam. Los países que han entrado en guerra no son todos occidentales. La red internacional de soporte logístico, tecnológico y financiero que ha apoyado a Bin Laden no representa al mundo musulmán. No es un enfrentamiento entre religiones o entre culturas, y no hay que permitir que lo sea.

Hay que luchar contra el terrorismo, pero con inteligencia, no con la destrucción. El terrorismo es una cuestión de orden público, no de guerra. En la constitución de los países civiles no hay espacio para el odio, y si alguien predica el odio por la calle o en el parlamento, se le persigue en nombre de la justicia.

–¿Cómo se puede favorecer el diálogo entre cristianos y musulmanes?

–Habría que multiplicar las ocasiones para encontrarse, hablar, intercambiar ideas, opiniones, puntos de vista. Y para ello es muy útil cambiar de lenguaje, pues el que se usa en Occidente habla de guerra. No olvidemos que son los mismos musulmanes los que no quieren el terrorismo.

El fanatismo en nombre del Islam ha afectado a millones de musulmanes. Los primeros que han sufrido el gobierno de los talibanes han sido precisamente los musulmanes afganos, que están padeciendo una visión islámica bastante refractaria y bastante rígida, que no deja espacio a nadie. Y eso por no hablar de las relaciones con otras comunidades y sociedades islámicas a nivel mundial. Los musulmanes argelinos son los primeros que pagan el precio de unas bandas armadas que matan en nombre del Islam para conquistar espacios de poder.

–¿Tiene fruto el diálogo entre católicos y musulmanes?

–Este diálogo se está realizando en las ciudades, en las diócesis, a nivel nacional e internacional. Es especialmente valioso el esfuerzo que realizan cristianos y musulmanes a nivel local. El diálogo tiene que continuar en el respeto recíproco, con la conciencia de que hay puntos de acuerdo y puntos de desacuerdo. El diálogo social, el sufrimiento, el dolor, la alegría, la esperanza, las expectativas son cosas comunes de la vida que tocan tanto a cristianos como a musulmanes. Todo se basa en respetar la pluralidad y la diversidad.

No puedo negar que haya dificultades y desacuerdos, desconfianza y miedo, pero no por ello podemos abandonar el esfuerzo del diálogo. Resulta más espontáneo subrayar los aspectos negativos de la otra civilización, cultura o religión. Admitamos las diferencias, tanto en valores como en sensibilidad, pero comencemos a ver que esta gran diversidad es una riqueza. Todos los problemas se deshacen si el diálogo queda siempre abierto.