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[ E c o n o m í a ]

[ Economía de comunión.
Hacer balance y seguir adelante ]
El
proyecto económico que nació en 1991 cumple diez años. Más de 700 empresas dividen sus
beneficios en tres partes: ayuda para los pobres, inversión y formación. Nacen
escuelas y se desarrollan polígonos industriales.
Miguel Zanzucchi
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Viajando por el mundo en estos últimos años he
conocido algunas empresas que se han incorporado al proyecto Economía de Comunión (EdC).
Todas me han parecido únicas, pero en todas he notado ese algo que les daba la misma
identidad porque eran empresas de EdC.
Junio de 1997, Mariápolis Luminosa (Estados Unidos): Finish Line es
una academia dedicada al apoyo escolar que funciona muy bien y goza de buena reputación.
Incluso los chicos menos despabilados consiguen aprobar sus exámenes.
Mayo de 1998, Vargen Grande Paulista (Brasil): alrededor de una
mesa, cinco empresarios me explican cómo combaten la crisis económica; entre ellos está
uno de los primeros impulsores de la EdC, un industrial del sur de Francia que había
decidido invertir en Brasil contra todo pronóstico. «Sin un gran proyecto ideal
decía uno de ellos, abogado y financiero nunca habríamos empezado».
Julio de 1999, Vojvodina (Serbia): la frontera húngara está a dos
pasos, la gasolina está racionada, los puentes siguen inutilizados y se respira un gran
pesimismo. Una pareja de mediana edad lleva una empresa de cerámica que va adelante en
condiciones imposibles. Pero cada fin de mes el balance cuadra: «La Providencia es
nuestro socio oculto».
Diciembre de 2000, Haifa (Israel): un joven empresario me cuenta su
sueño de poner en marcha una empresa de informática con ayuda financiera alemana de la
EdC. Él es palestino y sus asesores judíos, y a pesar de la difícil situación
política y económica quiere producir beneficios para ayudar a los que están peor que
él.
Marzo de 2001, Douala (Camerún): cuesta sacar adelante una granja
de pollos a causa de las enfermedades y del mercado hostil, pero la mujer que la
administra no se rinde y encuentra soluciones; por algo se llama Patience (paciencia). Un
empleado suyo, que al principio le robaba, acaba siendo su colaborador más fiel.
Diez años después
Si alguien se esperaba un simposio de tipo empresarial, se habrá
quedado algo descolocado. No tanto por el estilo (no era obligatorio llevar corbata), ni
porque faltasen carpetitas adecuadas para la documentación, ni por los oradores
(profesores y empresarios), ni por la internacionalidad (más de treinta países)... Se
habrá quedado descolocado por los discursos, por la concepción económica expuesta, por
esa rara confluencia entre cosas sagradas y cosas profanas. Unas 700 personas, entre
empresarios, estudiosos y estudiantes se reunieron en Castelgandolfo para conmemorar el
décimo aniversario de la EdC.
Se trata de empresas productivas en una situación de libre mercado,
que han optado por reinstalar el elemento social (y espiritual) en el ámbito económico.
Esto no es ninguna novedad, como ha explicado Luigino Bruni, profesor de la Universidad de
Milán: «La EdC resulta una continuación de otras importantes experiencias de
solidaridad en economía, desde las reducciones de los jesuitas en
Sudamérica, hasta el movimiento cooperativista, pasando por los Montes de Piedad de las
ciudades europeas de la Edad Media. Y no se puede evitar comparar la EdC con el movimiento
del nonprofit o tercer sector». Pero hay algo nuevo en la EdC, según resulta
de los muchos artículos publicados a lo largo de estos años. Además ha ido suscitando
interés en ámbitos empresariales, académicos, eclesiales e institucionales.
La novedad de la EdC
¿Quién si no la inspiradora del proyecto, Chiara Lubich, podía
hablar de la novedad del proyecto? Haciendo un balance, que en realidad es un paso
adelante, propone un verdadero programa, como si de una auténtica empresaria se tratase.
Parte de una premisa: «La EdC no es una actividad únicamente humana, un simple fruto de
las ideas y los proyectos de hombres, por muy preparados que estén». Es una obra de
Dios, «al menos en su espíritu y sus aspectos esenciales».
Cuatro son los puntos fundamentales. El primero, la finalidad: «Se
esconde en su mismo nombre explica Chiara; es una economía que tiene que ver
con la comunión entre los hombres y con las cosas... trabajar por la unidad y la
fraternidad de todos los hombres como lo pide Jesús». Eso significa combatir la pobreza
de los que forman parte de la familia de los Focolares, al menos para empezar.
¿A quién ayuda la EdC? A mujeres y hombres «sonrientes, dignos,
orgullosos de sentirse hijos de Dios. No tienen necesidad de todo, sino de algo. Por
ejemplo, necesitan quitarse del alma el aguijón que los oprime noche y día. Necesitan
estar seguros de que ellos y sus hijos tendrán algo que comer, de que los chicos podrán
seguir estudiando».
En 1991, después del lanzamiento de la EdC, se produjo una
importante adhesión al proyecto: «Pusieron a disposición terrenos y edificios; hubo
quien se despojó de lo que más quería, por ejemplo, joyas de familia; otros pensaron en
los posibles sistemas para orientar sus empresas con fines a la EdC». ¿Y cómo se
alcanza este fin? Éste es el segundo punto. Se alcanza con una cultura del
dar, una «cultura del amor, de ese amor evangélico tan profundo y comprometedor
que es la palabra síntesis de toda la ley y los profetas». A diferencia de la economía
consumista, que se basa en la cultura del tener, la EdC es la economía del dar.
Tercer punto: la EdC necesita basarse en hombres nuevos
y formarlos. «Antes que nada dice Chiara, son laicos, esos laicos que hoy
están viviendo un momento privilegiado». El Concilio Vaticano II y los nuevos
movimientos en la Iglesia indican que «los laicos deben santificarse allí donde estén
en medio del mundo, como obreros, empleados, maestros, políticos, economistas, amas de
casa, etc. Y allí donde estén han de cristianizar los distintos ámbitos de la
existencia humana». Por último, el cuarto punto: «Es urgente crear escuelas para
empresarios, economistas, profesores y estudiantes de economía, para todo tipo de
componentes de una empresa», para aprender lo que Chiara propone.
«Como emprendedores siempre arriesgamos comenta un industrial
de Turín, así que es mejor hacerlo por Dios». Y un brasileño, titular de una
empresa de construcción: «¿Hasta cuándo tendremos que oír que ojalá no hubiera
pobres?».
¿Una alianza atrevida?
Economía de comunión, ¿una expresión contradictoria?
¿Quién utiliza en economía la palabra comunión, que es propia de los
teólogos? Benedetto Gui, profesor de economía política en la Universidad de Padua: «Y
sin embargo estoy convencido de que esta palabra tiene su razón de ser en economía». No
sólo porque reclama la necesidad de «una distribución de la riqueza mucho mayor de lo
que hasta ahora se ha hecho», sino también porque reclama la necesidad de que «la vida
económica pase de ser un lugar de confrontación de intereses individuales aparentemente
irreconciliables a ser una ocasión de encuentro y de realización personal».
Según Gui, «la lógica de la comunión nos lleva a rechazar esas
actuaciones económicas que parecerían ventajosas según la habitual lógica económica,
pero que al final se revelan equivocadas incluso según una correcta lógica económica».
Por ejemplo, una empresa que genere rentas por valor de un millón de dólares pero emita
sustancias contaminantes que ocasionan daños por valor de cinco millones de dólares.
Pero no hay que perder la esperanza porque, según Gui, «podemos
entrever, especialmente entre los jóvenes, una demanda creciente del significado del
propio trabajo. Muchos rechazan, o la aceptan con reservas, la proposición de servir a
los objetivos de la empresa a cambio de una buena carrera. Quizás sea éste el canal a
través del cual las empresas percibirán más claramente la necesidad de replantearse su
lógica interna». Así pues, lo que la EdC propone es una visión del hombre más
completa.
Los retos>
«Muchos retos se le plantean al proyecto de EdC», dice Alberto
Ferrucci, empresario genovés que desde el principio ha sido uno de los teóricos de la
EdC. Por ejemplo, la solidaridad entre los empresarios: «Notamos la necesidad de
mantenernos unidos para que nuestra adhesión sea cada vez más comunión.
Puedo poner el ejemplo de Argentina, donde los empresarios locales se reúnen
periódicamente. O también el ejemplo de Solidar Capital, de Solinguen (Alemania), que ha
promovido nuevas empresas de EdC en Medio Oriente». Surgen libres asociaciones entre
empresarios que dialogan con la sociedad civil e institucional. Y por supuesto no podía
faltar un portal en Internet: www.edc-online.com.
Otro reto es el de la legislación. En casi todas partes resulta
difícil trasvasar beneficios al proyecto: «Mientras no se modifique la legislación
fiscal explica Ferrucci, los socios pueden aportar sólo personalmente sus
beneficios, una vez que la sociedad los ha distribuido y después de pagar los impuestos.
Se requiere actuar para modificar las leyes y reducir la tasación de los beneficios
destinados a fines sociales, como es la ayuda a los pobres».
Otra idea: crear polígonos industriales en las ciudadelas de los
Focolares. Hasta ahora sólo se ha desarrollado consistentemente el de la ciudadela
brasileña, gracias a una sociedad que compró el terreno y lo administra. «Somos pobres,
pero muchos», había dicho Chiara en 1991. Y más de tres mil, son los socios de esta
sociedad, que se llama ESPRI. «La experiencia funciona dice Ferrucci, así es
que sería muy útil organizarse, a nivel local o internacional, para realizar en otros
sitios este somos pobres, pero muchos». ¿Quizás una fundación?, ¿o una
sociedad de accionistas? Se está estudiando.
Estos retos ponen de manifiesto la necesidad de estudiar
culturalmente, y no sólo a nivel operativo, los principios en que se basa la EdC. Por
eso, como Chiara Lubich ha sugerido en Castelgandolfo, nacerán escuelas de
EdC. «Una parte de los beneficios de la EdC me dice un empresario
italiano se destina a la formación de hombres nuevos. Me apasiona la
idea. Pero estos hombres nuevos también crecen dentro de nuestras empresas».
Actores y no espectadores del progreso social son estos pioneros de la EdC, gente que
planea una cosa y realiza diez para que el Evangelio y sus valores sean una realidad
económica; no sólo en cuanto al destino de los beneficios, sino en cuanto a la
administración de la empresa, la participación de los trabajadores, la legalidad y la
justicia.
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Algo de
historia
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1991 Chiara Lubich ve la pobreza de las favelas que rodean São Paolo,
al lado de los rascacielos. Muchos miembros de los Focolares viven ahí. ¿Cómo
remediarlo? Y tiene esta inspiración: crear empresas cuyos beneficios se dividan en tres
partes, una para los necesitados, otra para formar hombres nuevos, y la
tercera para invertirla en la propia empresa.
1992 Al
final del año hay 230 empresas incorporadas a la EdC. En Brasil se pone en marcha un
polígono industrial junto a la ciudadela Araceli. Con esto, decía Chiara, «las
ciudadelas presentarán dos aspectos, uno más celestial y otro más terrenal». 1993 Ya son 328 empresas repartidas por todo el mundo. En Argentina
surge un polígono industrial. 1994 403 empresas. Nace el Noticiario EdC. Empieza a delinearse el
nuevo comportamiento empresarial. 1995 Los beneficios de las 551 empresas de EdC no bastan para cubrir
las necesidades de los pobres del Movimiento. Se lanza una ayuda
extraordinaria. 1996 La EdC es objeto de estudio. Se realizan los primeros congresos en
Alemania, Estados Unidos, Italia y Colombia. 1997 Son 747 empresas. 1998 Chiara Lubich es doctorada honoris causa en Economía por la
Universidad Católica de Recife: «Es necesario que la EdC no se limite a crear empresas,
sino que se convierta en una ciencia con la aportación de economistas que sepan delinear
teoría y práctica». 1999 Otro honoris causa en Economía por la Universidad Católica de
Piacenza. En Estrasburgo Chiara presenta ante el Parlamento Europeo la EdC. 2000 La EdC es presentada en algunas universidades de Asia. |
Cómo se
comporta una empresa de EdC
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En 1996
empresarios y trabajadores de empresas adheridas a la Economía de comunión elaboraron
unas Líneas para llevar una empresa. He aquí un extracto.
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| - Los empresarios formulan
estrategias, objetivos y planes empresariales teniendo en cuenta los criterios típicos de
una correcta administración e involucrando en esta actividad a los miembros de la
empresa. La persona humana, y no el capital, es el centro de la empresa.
- Relaciones
externas. Los miembros de la empresa
trabajan con profesionalidad para entablar y reforzar relaciones buenas y sinceras con los
clientes, los proveedores y la comunidad. Se relacionan lealmente con la competencia
presentando el valor efectivo de sus productos o servicios y absteniéndose de evidenciar
negativamente los productos o servicios de los demás.
- Ética. El trabajo de la empresa es un medio para que crezcan
interiormente todos sus miembros. La empresa respeta las leyes y mantiene un
comportamiento éticamente correcto. De igual modo actúa en relación con los que
dependen de ella.
- Calidad
de vida y de la producción. Uno de los
primeros objetivos es el de transformar la empresa en una verdadera comunidad. La salud y
el bienestar de cada miembro de la empresa son objeto de su atención. El ambiente de
trabajo es distendido y amigable, y en él reina el respeto, la confianza y la estima
recíproca. La empresa produce bienes o servicios seguros, prestando atención a la
incidencia en el ambiente y al ahorro de energía y recursos naturales.
- Ambiente
de trabajo. La empresa adopta sistemas de
gestión y estructuras organizativas tales que promuevan tanto el trabajo en grupo como el
desarrollo individual. Los miembros de la empresa procuran que los locales de trabajo
estén lo más limpios y ordenados posible.
- Formación. La empresa favorece que entre sus miembros se instaure una
atmósfera de ayuda recíproca, de respeto y de confianza, de modo que resulte natural
poner libremente a disposición de los demás los propios talentos en beneficio del
desarrollo profesional de los compañeros de trabajo y para el progreso de la empresa.
- Comunicación. La empresa de EdC crea un clima de comunicación abierta y
sincera que favorece el intercambio de ideas entre los directivos y los trabajadores. Las
empresas utilizan los más modernos medios de comunicación para conectarse entre sí.
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