Revista Ciudad Nueva · Nº 476, Junio de 2010

Jesús abandonado

Continuamos con la publicación de un conjunto de cartas, en su mayoría inéditas, escritas por Chiara Lubich entre los años 1943 y 1949, cuando empezaba a perfilarse ese nuevo estilo de vida cristiana que configuraría su espiritualidad: el Ideal de la unidad.

Chiara Lubich 01/06/2010

El 24 de enero de 1944 un sacerdote le dijo a Chiara Lubich que el mayor sufrimiento de Jesús había sido cuando gritó desde la cruz «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15, 34; Mt 27, 46). Inmediatamente Chiara le dijo a Dori, una de sus primeras compañeras: «¡Ése es nuestro Jesús! Será el Ideal de nuestra vida».

La carta que aquí publicamos fue escrita el 5 de enero de 1947 y probablemente estaba dirigida a unas religiosas franciscanas. En ella se aprecia con absoluta claridad el amor exclusivo que Chiara alimentaba desde hacía tres años por “Jesús abandonado”. También pone de relieve el nexo que hay entre el grito de abandono de Jesús y la unidad que pidió al Padre en su última oración, su “testamento” (cf. Jn 17, 21).

Víspera de la Epifanía

El Santo Nombre de Jesús

Queridas hermanitas:

Muchas veces he querido ponerme a responder a vuestras cartas, personalmente.

En realidad no he tenido tiempo. Vosotras, hermanitas queridas, lo comprenderéis.

Pero hoy, después de tantos días, os envío un pensamiento, el pensamiento que sintetiza toda nuestra vida espiritual: ¡Jesús Crucificado!

En Él está todo: es el libro de los libros. Es la síntesis de todo saber. Es el Amor más ardiente. Es el Modelo perfecto. Es el Ideal de nuestra vida. Propongámoslo como el único Ideal de la vida. Él fue quien condujo a san Pablo a tanta santidad. ¡Él fue quien hizo de san Francisco el santo más cercano al Corazón de Dios!

Queridas hermanitas, ¡que vuestra alma encendida y necesitada de amar lo tenga siempre delante en cada momento presente! Que vuestro amor no sea sentimentalismo. Que no sea compasión reducida a dos lagrimitas. Que sea identificación.

Ponéoslo delante como Ideal. Luego, zambullíos en la Divina Voluntad. Cuanto más semejantes a Él os haga, más aumentará vuestra alegría, porque alcanzáis cada vez más el Ideal.

En el cumplimiento de la Voluntad de Dios, que consiste en Amar a Dios y al prójimo hasta fundirse en la Unidad, encontraréis la Cruz en la que tendréis que crucificaros. ¡No temáis! Es más, ¡gozad! ¡Id hacia vuestra Meta!

Jesús necesita almas que sepan amar así, que lo elijan. No por la alegría que da seguirlo. No por el Paraíso que nos prepara ni por el premio eterno. No para tener la conciencia tranquila. No, no, no. Sólo porque un alma sedienta del Amor verdadero quiere ser un todo con Él, quiere fundir su alma con la de Él; con esa Alma Divina torturada hasta la muerte, triste y atormentada, obligada a gritar: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

¡Oh, hermanitas mías! Tenemos una sola vida, que además es breve. Y luego, ¡el Paraíso! Luego, siempre con Él: ¡seguiremos al Cordero adonde vaya!

¡Que no os asuste sufrir! ¡Al contrario! ¡O sufrir o morir! Pero buscad el sufrimiento que os ofrece la Voluntad de Dios, no sólo la que os mandan vuestros Superiores (en los meros mandatos de la obediencia), sino esa Voluntad de Dios que es Amor recíproco – el Mandamiento Nuevo – ¡la Perla del Evangelio!

Haced de todo, haced todo lo que podáis para ser uno entre vosotras y con todas las hermanas. Son vuestros prójimos: pues amadlas a todas como a vosotras mismas.

Hoy es la fiesta del Santo Nombre del Señor y yo le pido al Padre Eterno en Nombre de Jesús la gracia de que acelere la hora en que todas vosotras seáis una sola cosa, un Solo Corazón, una Sola Voluntad, un solo pensamiento. ¿Cuál? ¡Jesús Crucificado!

Entonces, completamente atraídas por la Cruz (que todo lo atrae hacia Sí), trabajaréis para fundir en un solo bloque vuestra pequeña Comunidad y dar de esa manera ¡la Mayor Gloria a Dios! Entonces Dios vivirá entre vosotras; lo sentiréis. ¡Gozaréis de su presencia; os dará su Luz; os incendiará con su Amor!

Pero para llegar ahí, tenéis que consagraros a Él Crucificado. ¡Y quien ha jurado el Ideal, vive de Él! No os quejéis luego si el Ideal cuesta. Lo habéis querido vosotras. Sed del Ideal. Y cantad esa alegría, la única de la que se puede decir que es “perfecta”.

Para acabar os hago una pregunta «ut gaudium vestrum sit plenum»* y os donéis con alegría: ¿Creéis que Jesús puede contradecirse? No. Nunca. Pues bien, Jesús dijo: «Mi yugo es ligero y suave» Y así debe ser siempre.

Entonces, ¡adelante con valor! Aunque os crucificasen como a Él, vivid el momento presente y en el presente aspirad a ser como Él; (porque así alcanzáis el Ideal) ¡sentiréis que todo yugo es ligero; todo peso suave!

Chiara

*) «Para que vuestra alegría sea plena» (cf. Jn 17, 13).


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