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Cardenal Tettamanzi a los divorciados: «El Señor está cerca de quien tiene el corazón herido»

18/03/2009

Reproducimos la versión integra de la carta del Card. Arzobispo de Milán por su gran significado en un tema de candente actualidad:

Queridísimos hermanos y hermanas: Desde hace mucho tiempo cultivo el deseo de dirigirme a vosotros con una modalidad lo más directa y personal posible. En realidad me gustaría pediros permiso para entrar como un hermano en vuestra casa y pediros un poco de vuestro tiempo. Lo hago ahora con esta carta mía, que quiere ser sencilla y familiar, casi como una petición de sentarme con vosotros para un diálogo que espero que resulte agradable y pueda incluso continuar en el tiempo. Todos los que sois creyentes y sentís que pertenecéis a la Iglesia, reconocéis en el obispo también a un padre y a un maestro. Y a mí, obispo, me interesan mucho también aquellos bautizados que quizá no se consideren ya creyentes o se sienten excluidos de la gran comunidad de los discípulos del Señor debido a incomprensiones o desilusiones. Quisiera, pues, reunirme con unos y otros y abrir con todos vosotros un diálogo para compartir un poco las alegrías y los esfuerzos de nuestro camino común; para intentar escu-char algo de vuestra vivencia cotidiana; para dejarme interpelar por algunas de vuestras preguntas; para confesaros los sentimientos y los deseos que guardo en el corazón a propósito de vosotros. Así es en verdad: al leer estas páginas, abrís un poco la puerta de vuestra casa y me dejáis entrar. Pero también yo, al escribir estas páginas, me abro a vosotros con el deseo de una con-fidencia recíproca. LA IGLESIA ESTÁ CERCA DE VOSOTROS Ante todo quiero deciros que no nos podemos considerar recíprocamente extraños: voso-tros, para la Iglesia y para mí como obispo, sois hermanas y hermanos amados y deseados. Y este deseo mío de entrar en diálogo con vosotros brota de un sincero afecto y del ser consciente de que en vosotros hay preguntas y sufrimientos que a menudo os parecen descuidados o ignorados pro la Iglesia. Quisiera, pues, deciros que la comunidad cristiana tiene en cuenta vuestro sufrimiento humano. Es verdad que algunos de vosotros han experimentado cierta dureza en la relación con la realidad eclesial: no se han sentido comprendidos en una situación ya difícil y dolorosa; no han encontrado, quizá, a nadie dispuesto a escuchar y a ayudar; a veces han oído pronunciar palabras que tenían el sabor de un juicio sin misericordia o de una condena inapelable. Y han podido alimentar el pensamiento de haber sido abandonados o rechazados por la Iglesia. Por eso, lo primero que quisiera deciros, al sentarme a vuestro lado, es esto: ¡La Iglesia no os ha olvidado! Y menos aún os rechaza u os considera indignos. Se me vienen a la mente las palabras de esperanza que Juan Pablo II dirigió a las familias procedentes de todo el mundo con ocasión de su Jubileo en 2000: «Ante tantas familias deshechas, la Iglesia se siente llamada no a expresar un juicio severo y alejado, sino más bien a introducir en las llagas de tantos dramas la luz de la Palabra de Dios, acompañada por el testimonio de su misericordia». Y entonces, si habéis encontrado en vuestro camino hombres o mujeres de la comunidad cristiana que os han herido de algún modo con su actitud o sus palabras, deseo expresaros mi pesar y encomendar a todos y cada uno al juicio y a la misericordia del Señor. Como cristianos, sentimos por vosotros un afecto particular, como el de un padre que mira con más atención y premura al hijo con dificultades y que sufre, o como el de hermanos que se apoyan con mayor delicadez y profundidad después de que, por mucho tiempo, les ha costado comprenderse y hablarse abiertamente. VUESTRA HERIDA ES TAMBIÉN NUESTRA Ahora quisiera ser capaz de escuchar vuestras preguntas y vuestras reflexiones. También los hombres de Iglesia sabemos que, para la mayor parte de vosotros, el final de una relación conyugal no ha sido una decisión tomada con facilidad, y menos aún con ligereza. Ha sido más bien un paso sufrido de vuestra vida, un hecho que os ha interpelado profundamente sobre el porqué del fracaso de ese proyecto en el que habíais creído y en el cual habíais invertido muchas energías. Ciertamente, la decisión de este paso deja heridas que cicatrizan a duras penas. Quizá incluso se insinúa la duda de poder llevar a término algo grande en lo que se habían puesto fuertemente las esperanzas; inevitablemente surge la pregunta sobre eventuales responsabilidades recíprocas; se agudiza el dolor de haberse sentido traicionados en la confianza depositada en el compañero o en la compañera que uno había elegido para toda la vida; uno se siente invadido de una sensación de ineptitud para con los hijos, envueltos en un sufrimiento del que no son responsables. Conozco estas inquietudes y os aseguro que expresan un dolor y una herida que afectan a toda la comunidad eclesial. El final de un matrimonio es también para la Iglesia motivo de sufrimiento y fuente de penosos interrogantes: ¿por qué el Señor permite que tenga que romperse ese vínculo que es el «gran signo» de su amor total, fiel e indestructible? Y ¿cómo deberíamos o podríamos estar cerca de estos esposos? ¿Hemos concluido con ellos un camino de auténtica preparación y de verdadera com-prensión del significado del pacto conyugal con el que se han unido recíprocamente? ¿Los hemos acompañado con delicadeza y atención en su itinerario de pareja y de fami-lia, antes y después del matrimonio? Estas preguntas y este dolor los compartimos con vosotros y nos conmueven profun-damente, porque atacan a algo que nos afecta de cerca: el amor como sueño y valor más grande en la vida de todos y de cada uno. Creo que, como esposos cristianos, podéis comprender en qué sentido todo esto nos conmueve profundamente. Vosotros pedisteis celebrar vuestro pacto nupcial en la comunidad cristiana, viviéndolo como sacramento, el gran signo eficaz que hace presente en el mundo el amor mismo de Dios. Un amor total, indestructible, fiel y fecundo, como es el amor de Cristo por nosotros. Y al celebrar vuestro matrimonio, la comunidad cristiana reconoció en vosotros esta nueva realidad e invocó la gracia de Dios para que ese signo permaneciese como luz y anuncio gozoso para aquellos que os vieran. Cuando este vínculo se rompe, la Iglesia se encuentra en cierto sentido empobrecida, privada de un signo luminoso que debía servirle de alegría y de consuelo. Así pues, la Iglesia no os mira como extraños que han faltado a un pacto, sino que se siente partícipe de ese dolor y de esas preguntas que tan íntimamente os afectan. Entonces podréis comprender, a la vez que vuestros sentimientos, también los nuestros. ANTE LA DECISIÓN DE SEPARARSE Ahora quisiera ponerme a vuestro lado y tratar de razonar con vosotros sobre los muchos pasos y las muchas pruebas que os han llevado a interrumpir vuestra experiencia conyugal. Sólo puedo intentar imaginarme que antes de esta decisión habéis experimentado días penosos por vivir juntos; nerviosismo, impaciencias, falta de serenidad, desconfianza re-cíproca, a veces también falta de transparencia, sensación de traición, desilusión por una persona que se ha revelado distinta de cómo se la conocía al comienzo. Estas experiencias, diarias y repetidas, terminan haciendo de la casa no ya un lugar de afecto y de alegría, sino una cárcel que parece quitarnos la paz del corazón. Uno termina por levantar la voz, quizá por faltarse al respeto, y se hace imposible cual-quier acuerdo. Y uno siente que no se puede continuar la vida juntos. ¡No, la opción de interrumpir la vida matrimonial nunca puede ser considerada una decisión fácil e indolora! Cuando dos esposos se dejan, llevan en el corazón una herida que marca, más o menos penosamente, sus vidas, las de sus hijos y las de todos aquellos que los quieren (padres, hermanos, parientes, amigos). Esta herida vuestra también la Iglesia la comprende. También la Iglesia sabe que en ciertos casos no sólo es lícito, sino que puede ser incluso inevitable tomar la decisión de una separación: para defender la dignidad de las personas, para evitar traumas más profundos, para salvaguardar la grandeza del matrimonio, que no puede transformarse en una serie de asperezas recíprocas. NO A LA RESIGNACIÓN Ante una decisión tan seria e importante, sin embargo, ¡que no venzan ni la resignación ni la voluntad de cerrar demasiado rápidamente esta página! Que la separación se convierta más bien en ocasión para mirar con más desapego y quizá con más serenidad la vida conyugal. Como enseña un sabio principio de la vida espiritual, no es oportuno tomar decisiones definitivas cuando nuestro ánimo está sacudido por inquietudes o borrascas. No tiene por qué estar todo perdido: quizá aún haya energías para comprender lo que ha sucedido en la vida de pareja o de familia; quizá se pueda aún desear y optar por buscar una ayuda sabia y competente para emprender una nueva fase de vida juntos; o quizá sólo quede espacio para reconocer honestamente responsabilidades que han comprometido decididamente ese pacto de amor y de abnegación estipulado con el matrimonio. Siempre hay responsabilidades. Y si a menudo se las endosamos con mucho gusto al entorno, a la sociedad, a la casualidad, en realidad sabemos que hay responsabilidades nuestras. Aunque sea sin querer, aunque sea planteados sin malicia inicial, sino más bien por superficialidad, hay gestos, palabras, hábitos y opciones que han pesado o han determinado una salida de la vida de pareja. Cuántos esposos se encuentran solos y sienten esta situación como una injusticia que sufren: «¡Yo no tengo la culpa! ¡Yo no quería! Yo he hecho todo lo posible!». LA PALABRA DE LA CRUZ A todos los que, en la luz de la verdad, comprenden que han tenido una responsabilidad, incluso grave, en el dilapidar el tesoro de su matrimonio, quisiera pedirles fraternalmente que acojan la llamada del amor misericordioso de Dios, que nos juzga con verdad, nos llama a la conversión, nos cura con la propuesta de una vida nueva. Reconocer la responsabilidad de uno mismo no quiere decir vivir con un sentimiento de culpa inútil y dañino. Quiere decir más bien abrir la vida a esa libertad y novedad que el Se-ñor nos hace experimentar cuando, con todo el corazón, volvemos a Él. Y todo lo que aún sea posible hacer para poner remedio a las consecuencias negativas que afectan a la familia, para cambiar la vida de uno mismo…, todo eso debe hacerse con ánimo y con diligencia. Por el contrario, a esos esposos que han sentido sobre todo como una injusticia contra ellos la crisis de su matrimonio, quiero decirles que, en cuanto cristianos, no pueden olvidar la dolorosa pero vivificante palabra de la cruz. Desde aquel terrible lugar de dolor, de abandono y de injusticia, el Señor Jesús desveló la grandeza de su amor como perdón gratuito y como ofrenda de sí mismo. Como obispo, y ante todo como cristiano, no puedo olvidar esta Palabra, sino que siento la necesidad de ofrecérosla discretamente como una palabra que, aunque hace sangrar el corazón y la vida, no es estéril ni es un sinsentido. Y aunque tengáis que llevar a cada celebración eucarística sólo vuestra dificultad de comprender y de perdonar, en realidad tenéis ya un gran tesoro que ofrecer, junto a Cristo, en el memorial de su cruz: el humilde abandono de vuestra pobreza. En vuestras dolorosas páginas de vida, los niños están muchas veces entre los protago-nistas inocentes, pero no menos implicados. Y lo son también los hijos mayores, que ven derrumbarse sus certezas afectivas en la edad delicada de la adolescencia, y a menudo vislumbran con más dificultad la realización, en un mañana, de su sueño de amor. Pero la esperanza no falta: cada día vemos a nuestro alrededor ejemplos heroicos y ad-mirables de padres que, habiéndose quedado solos, ayudan a crecer y educan a sus hijos con amor, sabiduría, diligencia y abnegación. Doy las gracias a estas madres y estos padres, que nos dan un ejemplo a todos nosotros. Les doy las gracias, los admiro y espero de verdad que nuestras comunidades les sirvan de apoyo en lo que puedan necesitar. Al mismo tiempo quiero recomendar a todos los padres separados, que no hagan más difícil la vida de sus hijos privándoles de la presencia y de la justa estima por el otro pro-genitor y por las familias de origen. Los hijos necesitan –también según las recientes garantías legislativas– tanto al padre como a la madre, y no inútiles réplicas, envidias o durezas. Todo lo que he dicho hasta ahora para la situación de separación vale con más razón para los que han optado, a veces sin quererlo y casi inevitablemente, por el divorcio y por el divorcio seguido de una nueva unión. Y vale también para los que no se han visto implicados directamente en un caso de separación o de divorcio pero viven una situación de pareja con una persona separada o divorciada. También pensando en estas personas quisiera hacerme una última pregunta que quiero subrayar y que deseo compartir con vosotros con mucha sinceridad. ¿HAY LUGAR PARA VOSOTROS EN LA IGLESIA? ¿Qué espacio hay en la Iglesia para esposos que viven la separación, el divorcio y una nueva unión? ¿Es verdad que la Iglesia los excluye para siempre de su vida? Aunque la enseñanza del papa y de los obispos en este ámbito es clara y se ha repetido muchas veces, aún podemos oír este juicio: «¡La Iglesia ha excomulgado a los divorciados! ¡La Iglesia echa a los esposos que están separados!». Este juicio está tan enraizado, que muchas veces los propios esposos en crisis se alejan de la vida de la comunidad cristiana por temor a ser rechazados o, por lo menos, juzgados. Quiero ser fiel a mi propósito de hablaros con sencillez fraterna y sin alargarme dema-siado, y por eso os propongo de nuevo el punto decisivo de esta reflexión, que es la palabra de Jesús, a la cual, como cristianos, debemos permanecer fieles. En esta palabra encontramos la respuesta a nuestra pregunta. LA PALABRA DEL SEÑOR SOBRE EL MATRIMONIO Jesús habló también del matrimonio, y habló con tanta radicalidad, que sorprendió a sus propios primeros discípulos, muchos de los cuales probablemente estaban casados. Jesús afirma que el vínculo conyugal entre un hombre y una mujer es indisoluble (cf. Mt 19, 1-12), porque en el vínculo del matrimonio se manifiesta todo el designio originario de Dios sobre la humanidad, es decir, el deseo de Dios de que el hombre no esté solo, de que vi-va una vida de comunión duradera y fiel. Ésa es la vida misma de Dios que es Amor, un amor fiel, irrevocable y fecundo de vida, que se manifiesta, como en un signo luminoso, en el amor recíproco entre un hombre y una mujer. Y así, afirma Jesús, «ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre» (v. 6). Desde aquel día, la palabra de Jesús no cesa de provocarnos y también de inquietarnos. Ya en ese momento los discípulos se quedaron escandalizados de la perspectiva de Jesús, casi declarando que si el matrimonio es una llamada tan alta y exigente, «no trae cuenta casarse» (v. 10). Pero Jesús nos apremia y nos da confianza: «Que lo entienda quien puede entenderlo» (cf. v. 11), que entienda que esta exigencia no está hecha para asustar, sino más bien para ex-presar la grandeza a la que el hombre está llamado según el designio de Dios creador. Esta grandeza, además, es exaltada cuando el pacto conyugal se celebra en la Iglesia como sacramento, signo eficaz del amor conyugal que une a Cristo con su Iglesia. Jesús no nos pide lo imposible; se ofrece a sí mismo como camino, verdad y vida del amor. Las palabras de Jesús y el testimonio de cómo vivió Él su amor por nosotros son la refe-rencia única y constante para la Iglesia de todos los tiempos, que nunca se ha sentido autorizada a rescindir un vínculo matrimonial sacramental celebrado válidamente y expresado en la plena unión, incluso íntima, de los esposos, convertidos precisamente en «una sola carne». Y esta obediencia a la palabra de Jesús es la razón de que la Iglesia considere imposible la celebración sacramental de un segundo matrimonio después de haberse interrumpido el primer vínculo conyugal. EL PORQUÉ DE LA ABSTENCIÓN DE LA COMUNIÓN EUCARÍSTICA Siempre de la Palabra del Señor, se deriva la indicación de la Iglesia respecto a la impo-sibilidad de acceder a la comunión eucarística para los esposos que viven establemente un segundo vínculo conyugal. Pero ¿por qué? Porque en la Eucaristía tenemos el signo del amor conyugal indisoluble de Cristo por no-sotros; un amor éste que es objetivamente contradicho por el «signo roto» de esposos que han concluido una experiencia matrimonial y viven un segundo vínculo. Comprendéis, pues, que la norma de la Iglesia no expresa un juicio sobre el valor afectivo ni sobre la calidad de la relación que une a los divorciados vueltos a casar. El hecho de que a menudo estas relaciones se vivan con un sentido de responsabilidad y con amor en la pareja y con los hijos, es una realidad que no escapa a la Iglesia ni a sus pastores. Así pues, no hay un juicio de las personas ni de lo que viven, sino una norma necesaria por el hecho de que estas nuevas uniones, en su realidad objetiva, no pueden expresar el signo del amor único, fiel e indiviso de Jesús por la Iglesia. Está claro que la norma que regula el acceso a la comunión eucarística no se refiere a los cónyuges en crisis o simplemente separados: siguiendo las debidas disposiciones espirituales, éstos pueden acercarse regularmente a los sacramentos de la confesión y de la comunión eucarística. Lo mismo se debe decir también para quien haya tenido que sufrir injustamente el divorcio pero considera el matrimonio celebrado religiosamente como el único de su vida y quiere permanecer fiel a él. En cualquier caso, es un error considerar que la norma reguladora del acceso a la co-munión eucarística signifique que los cónyuges divorciados vueltos a casar estén excluidos de una vida de fe y de caridad efectivamente vivida dentro de la comunidad eclesial. DENTRO DE LA VIDA DE FE, BAJO EL SIGNO DE LA ESPERA La vida cristiana tiene su vértice, ciertamente, en la participación plena en la Eucaristía, pero no es reductible sólo a su vértice. Como en una pirámide, aunque esté privada de su vér-tice, la masa sólida no cae, sino que permanece. Para los cristianos, poder comulgar en misa es ciertamente de singular importancia y de gran significado, pero la riqueza de la vida de la comunidad eclesial, que está formada por muchísimas cosas compartibles por todos, sigue estando a disposición y al alcance también de quienes no pueden acercarse a la santa comunión. La misma participación en la celebración eucarística en el Día del Señor comporta ante todo la escucha atenta de la palabra de Dios y la invocación común que se hace al Espíritu pa-ra que nos haga capaces de revivirla con fidelidad en la espera del Señor que viene. En particular, el núcleo de la fe cristiana es precisamente la espera de la venida del Señor y del encuentro definitivo con Él, como nos dice la Iglesia en su liturgia inmediatamente antes de la comunión eucarística: «…mientras esperamos la venida gozosa de nuestro salvador Je-sucristo». Pues de hecho Él ya ha venido, pero debe venir de nuevo y manifestar en plenitud la gloria de su reino de amor. Y nosotros somos ya hijos de Dios, pero lo que realmente somos aún no se ha manifestado en todo su esplendor. EL SEÑOR, QUE ESTÁ ENTRE NOSOTROS, ESTÁ CERCA DE VOSOTROS Queridos esposos que pasáis por situaciones difíciles, de crisis, de separación, o que os habéis vuelto a casar civilmente después del divorcio, voy a concluir esta carta con la que he tratado de poner mi corazón junto al vuestro. Ciertamente no pretendo haber comprendido todo lo que tenéis en el corazón ni haber da-do respuesta a las muchas preguntas que tendríais para plantear. Y sin embargo, creo que hemos podido iniciar un diálogo en el que comprendernos con más verdad y amor recíproco. Espero que pueda ser un diálogo que continúe, con la sencillez y el amor que me han guiado al escribir esta carta. Un canal privilegiado podrá ser el del diálogo con vuestros sacerdotes. Os invito a ir a verlos, a dialogar con ellos, a tener confianza en ellos. Quizá para algunos de vosotros no será fácil reconstruir una relación serena con la Iglesia hasta que no hayáis hablado con toda libertad y sinceridad con un sacerdote en quien confiéis. No pidáis a los sacerdotes que os indiquen soluciones fáciles o atajos superficiales. Bus-cad en vuestros curas a hermanos que os ayuden a comprender y a vivir con sencillez y fe la voluntad de Dios: que sepan escuchar con vosotros la palabra de Dios, que es exigente pero siempre vivificante; que os sirvan de ayuda para proseguir, también en estos momentos, en la comunión con la Iglesia. Siempre en una perspectiva de diálogo, os deseo de corazón que podáis encontrar tam-bién parejas y familias cristianas que, por su riqueza de humanidad y de fe, sepan acogeros, escucharos y caminar junto a vosotros por el camino que todos estamos llamados a recorrer en la vida: el del amor a Dios y al prójimo. Os doy las gracias por haberme acogido realmente en vuestra casa. Rezo con vosotros al Señor para que nos conceda que, como hermanos y hermanas en la misma Iglesia, siempre podamos experimentar la certeza consoladora y alentadora de que ¡«el Señor está cerca de quien tiene el corazón herido» (Sal 34, 19) y que su amor está siempre en medio de nosotros! + Dionigi card. Tettamanzi Arzobispo de Milán Milán, Epifanía del Señor

Traducción Equipo de Ciudad Nueva (ampliar)

La Santa Sede pide no abandonar a los cristianos de Tierra Santa

27/03/2009

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 25 de marzo de 2009 (ZENIT.org).- La Santa Sede ha hecho un llamamiento, en nombre de Benedicto XVI, a todas las diócesis del mundo para que ofrezcan su ayuda a los cristianos de Tierra Santa con motivo de la tradicional colecta que tiene lugar en las iglesias el Viernes Santo. La colecta tiene lugar este año en medio de las expectativas que suscita la visita de Benedicto XVI a Tierra Santa, prevista para el próximo mes de mayo. "La Iglesia universal sigue con intensa preocupación la situación que se ha hecho inestable a causa de graves problemas", explica el cardenal Leonardo Sandri, prefecto de la Congregación vaticana para las Iglesias Orientales en una carta que ha enviado a todos los obispos del mundo. "El primero es la ausencia de la paz --añade--. La alegría navideña quedó herida por la violenta reanudación de las hostilidades en la Franja de Gaza. Entre las innumerables víctimas se cuentan muchos niños completamente inocentes". "Precisamente en Navidad se ha oscurecido así la esperanza traída por el Niño de Belén, y esto tras el alentador apoyo espiritual y material que la población cristiana había recibido por parte de los peregrinos, que en el año 2008 han superado incluso a los del Jubileo del año 2000", aclara. La Congregación para las Iglesias Orientales, dice el purpurado argentino, "sigue con atención en nombre del Santo Padre a la comunidad eclesial de Tierra Santa, y por tanto se hace intérprete de su amorosa solicitud, renovando la exhortación a todos los católicos para que contribuyan, también materialmente, al sostenimiento que necesitan los Santos Lugares". La Congregación para las Iglesias Orientales recibe parte de la Colecta "Pro Terra Sancta" directamente de las Nunciaturas Apostólicas y, según el porcentaje establecido por las relativas normas pontificias, concede las ayudas ordinarias y extraordinarias a las Circunscripciones Eclesiásticas, a las Órdenes religiosas y a otras personas jurídicas eclesiásticas en los siguientes Países: Líbano, Siria, Irak, Jordania, Egipto y, particularmente, Israel y Palestina. La colecta para Tierra Santa fue instituida en 1421. E parte, esta colecta permite las actividades de la Custodia Franciscana de Tierra Santa a beneficio de los católicos que viven en los santos lugares. La Custodia comprende 300 frailes, 50 santuarios, 25 parroquias, 14 escuelas y colegios, 4 casas de acogida para enfermos, 5 casas de acogida para peregrinos (Casa Nova), 3 institutos académicos, 1 centro ecuménico, 2 casas editoriales, además de 1000 puestos de trabajo, 540 viviendas para familias necesitadas, 289 becas de estudio para estudiantes universitarios. La Congregación vaticana en el destino de los fondos recogidos por la colecta, presta particular atención a las instituciones de enseñanza, como la Universidad de Belén y las Escuelas Católicas de diversos grados. (ampliar)

Encuentro de Benedicto XVI con el mundo del sufrimiento.

23/03/2009

[En francés] Señores cardenales, señora ministra para los Asuntos Sociales, señora ministra de la Salud, queridos hermanos en el episcopado y querido monseñor Joseph Djida, señor director del Centro Léger, querido personal auxiliar, queridos enfermos: He deseado vivamente pasar estos momentos con vosotros, y me es grato poder saludaros. Os dirijo un saludo particular a vosotros, hermanos y hermanas que soportáis el peso de la enfermedad y el sufrimiento. Sabéis que no estáis solos en vuestro dolor, porque Cristo mismo es solidario con los que sufren. Él revela a quienes padecen el lugar que tienen en el corazón de Dios y en la sociedad. El evangelista Marcos nos ofrece como ejemplo la curación de la suegra de Pedro. Dice que le hablan a Jesús de la enferma sin más preámbulos, y "Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó" (Mc 1,30-31). En este pasaje del Evangelio, vemos a Jesús pasar un día con los enfermos para confortarlos. Así, con gestos concretos, nos manifiesta su ternura y bondad para con todos los que tienen el corazón roto y el cuerpo herido. Desde este Centro que lleva el nombre del Cardenal Paul-Émile Léger, que vino de Canadá a estar con vosotros para curar los cuerpos y las almas, no me olvido de los que en su casa, en el hospital, en los ambientes especializados o en los ambulatorios, tienen una discapacidad motriz o mental, ni de los que llevan en su cuerpo la marca de la violencia o la guerra. Pienso también en todos los enfermos y, sobre todo aquí, en África, en los que padecen enfermedades como el sida, la malaria y la tuberculosis. Sé bien que, entre vosotros, la Iglesia católica está intensamente comprometida en una lucha eficaz contra estos males terribles, y la animo a proseguir con determinación esta obra urgente. Deseo portaros a todos vosotros, probados por la enfermedad y el dolor, así como a vuestras familias, un poco de consuelo de parte del Señor, renovaros mi cercanía e invitaros a dirigiros a Cristo y a María, que Él nos ha dado como Madre. Ella conoció el dolor y siguió a su Hijo en el camino del Calvario, guardando en su corazón el mismo amor que Jesús vino a traer a todos los hombres. Ante el sufrimiento, la enfermedad y la muerte, el hombre tiene la tentación de gritar a causa del dolor, como hizo Job, cuyo nombre significa "el que sufre" (cf. Gregorio Magno, Moralia in Job, I, 1,15). Jesús mismo gritó poco antes de morir (cf. Mc 15,37; Hb 5,7). Cuando nuestra condición se deteriora, aumenta la ansiedad; a algunos les viene la tentación de dudar de la presencia de Dios en su vida. Por el contrario, Job es consciente de que Dios está presente en su existencia; su grito no es de rebelión, sino que, desde lo más hondo de su desventura, hace asomar su confianza (cf. Jb 19; 42,2-6). Sus amigos, como todos nosotros ante el sufrimiento de un ser querido, tratan de consolarlo, pero utilizan palabras vanas. [En inglés] Ante la presencia de sufrimientos atroces, nos sentimos desarmados y no encontramos las palabras adecuadas. Ante un hermano o hermana sumido en el misterio de la Cruz, el silencio respetuoso y compasivo, nuestra presencia apoyada por la oración, una mirada, una sonrisa, pueden valer más que tantos razonamientos. Un pequeño grupo de hombres y mujeres vivió esta experiencia, entre ellos la Virgen María y el Apóstol Juan, que siguieron a Jesús hasta el culmen de su sufrimiento en su pasión y muerte en la cruz. Entre ellos, nos dice el Evangelio, había un africano, Simón de Cirene. A él le encargaron ayudar a Jesús a llevar su cruz en el camino del Gólgota. Este hombre, aunque involuntariamente, ha ayudado al Hombre de dolores, abandonado por todos y entregado a una violencia ciega. La historia, pues, nos recuerda que un africano, un hijo de vuestro Continente, participó con su propio sufrimiento en la pena infinita de Aquel que ha redimido a todos los hombres, incluidos sus perseguidores. Simón de Cirene no podía saber que tenía ante sí a su Salvador. Fue "reclutado" para ayudar (cf. Mc 15,21); se vio obligado, forzado a hacerlo. Es difícil aceptar llevar la cruz de otro. Sólo después de la resurrección pudo entender lo que había hecho. Así sucede con cada uno de nosotros, hermanos y hermanas: en la cúspide de la desesperación, de la rebelión, Cristo nos propone su presencia amorosa, aunque cueste entender que Él está a nuestro lado. Sólo la victoria final del Señor nos revelará el sentido definitivo de nuestras pruebas. ¿Acaso no puede decirse que todo africano es de algún modo miembro de la familia de Simón de Cirene? Cada africano y cada uno que sufre, ayudan a Cristo a llevar su Cruz y ascienden con Él al Gólgota para resucitar un día con Él. Al ver la infamia que se le hace a Jesús, contemplando su rostro en la Cruz y reconociendo la atrocidad de su dolor, podemos vislumbrar, por la fe, el rostro radiante del Resucitado que nos dice que el sufrimiento y la enfermedad no tendrán la última palabra en nuestra vida humana. Rezo, queridos hermanos y hermanas, para que os sepáis reconocer en este "Simón de Cirene". Pido, queridos hermanas y hermanos enfermos, que se acerquen también a vuestra cabecera muchos "Simón de Cirene". Después de la resurrección, y hasta hoy, hay muchos testigos que se han dirigido, con fe y esperanza, al Salvador de los hombres, reconociendo su presencia en medio de su prueba. El Padre de toda misericordia acoge siempre con benevolencia la oración de quien se dirige a Él. Responde a nuestra invocación y nuestra plegaria como quiere y cuando quiere, para nuestro bien y no según nuestros deseos. A nosotros nos toca discernir su respuesta y acoger como una gracia los dones que nos ofrece. Fijemos nuestros ojos en el Crucificado, con fe y valor, pues de Él proviene la Vida, el consuelo, la sanación. Miremos a Aquel que desea nuestro bien y sabe enjugar las lágrimas de nuestros ojos; aprendamos a abandonarnos en sus brazos como un niño pequeño en los brazos de su madre. [En francés] Los santos nos han dado un buen ejemplo con su vida totalmente entregada a Dios, nuestro Padre. Santa Teresa de Ávila, que había puesto a su nuevo monasterio bajo el patrocinio de San José, fue curada de una enfermedad el mismo día de su fiesta. Decía que nunca le había implorado en vano, y recomendaba a todos los que pensaban que no sabían rezar: "No sé, escribía, cómo se puede pensar en la Reina de los ángeles en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no le den gracias a San José por lo bien que les ayudó en ellos. Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso santo por maestro y no errará en el camino" (Vida, 6). Como intercesor por la salud del cuerpo, la santa veía en san José un intercesor para la salud del alma, un maestro de oración, de plegaria. Escojámoslo, también nosotros, como maestro de oración. No sólo quienes estamos sanos, sino también vosotros, queridos enfermos, y todas las familias. Pienso sobre todo en los que formáis parte del personal hospitalario, y en todos los que trabajan en el mundo de la sanidad. Al acompañar a los que sufren con vuestra atención y las curas que les dispensáis, practicáis una obra de caridad y amor, que Dios tiene en cuenta: "Estuve enfermo y me visitasteis" (Mt 25,40). Corresponde a vosotros, médicos e investigadores, llevar a cabo todo lo que sea legítimo para aliviar el dolor; os compete, en primer lugar, proteger la vida humana, ser defensores de la vida desde su concepción hasta su término natural. Para toda persona, el respeto de la vida es un derecho y, al mismo tiempo, un deber, porque cada vida es un don de Dios. Deseo dar gracias al Señor con vosotros por todos los que, de una u otra manera, trabajan al servicio de las personas que sufren. Animo a los sacerdotes y a quienes visitan a los enfermos a comprometerse de forma activa y amable en la pastoral sanitaria en los hospitales o en asegurar una presencia eclesial a domicilio, para consuelo y apoyo espiritual de los enfermos. Según su promesa, Dios os pagará el salario justo y os recompensará en el cielo. Antes de saludaros personalmente y despedirme de vosotros, quisiera aseguraros a todos mi cercanía afectuosa y mi oración. También quiero expresar mi deseo de que cada uno de vosotros nunca se sienta solo. En efecto, corresponde a cada hombre, creado a imagen de Cristo, convertirse en prójimo de quien tiene cerca. Os encomiendo a todos a la intercesión de la Virgen María, Madre nuestra, y a la de San José. Que Dios nos conceda ser unos para otros, mensajeros de la misericordia, la ternura y el amor de nuestro Dios, y que Él os bendiga. [© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana] (ampliar)

25 de marzo: La vida, esa buena noticia

23/03/2009

Queridos hermanos y amigos: paz y bien. Aprendí a amar la vida desde el seno de una mujer que le dijo sí a mi llegada. Y con ella estuve los nueve meses acordados, en donde experimenté ya entonces la ternura, el calor, la protección, los latidos y todo su cuidado. Así hasta que.. toc-toc, llegó el día de abrir los ojos en las afueras, asomarme al mundo y comenzar la aventura de la vida, verdadero don de Dios. Cuando recuerdo a mis padres, cuando rezo por ellos, me surge una gratitud infinita por haber acogido a su hijo primogénito. Nada sabían de mí, ni qué iba a ser de mi vida, cuál sería mi palabra o mi presencia. Desconocían del todo mis luces y mis sombras, mis llantos y mis sonrisas, mis aciertos o mis rebeldías. Pero dijeron sí a ese pequeño ser que de su amor nacía, como quien se lo dice a Dios que se servía de ellos para regalar al mundo una nueva vida. El próximo día 25, festividad de la Anunciación del Señor, la Iglesia recuerda litúrgicamente el sí de otra mujer: la Madre de Dios. Un misterioso sí a una vida que era más grande que ella, que le pedía permiso para venir a ser humanamente. Había un desbordamiento quizás ante tamaña propuesta. Ella humildemente pidió ayuda para creer. Y mirando a Isabel, su prima mayor, comprendió para siempre lo que nunca olvidará: que lo imposible para nosotros es posible para Dios. En el marco de esta emotiva festividad, la Iglesia española celebra una jornada por la vida, mirando ese momento único y delicado de la decisión de una mujer que acepta sin censura la vida que lleva dentro y que de ella quiere nacer. No es una efemérides más del calendario cristiano, sino una llamada dulce y audaz para que seamos defensores de la vida. No de una vida a la carta por la que nos hiciésemos paladines de la fauna y flora más pintoresca que sin duda debemos salvaguardar, y extrañamente luego nos convirtiésemos en asesinos de la vida más vulnerable en su trance de nacer o de fenecer. Esta contradicción la constatamos cuando se escenifica un ecologismo verderón que no le duele prenda para proteger a la avutarda, salvar a la foca polar y todo el catálogo de coníferas o de petunias silvestres, pero se hace distraído o cómplice ante el holocausto legal y sangriento que supone siempre el aborto o la eutanasia. ¡Qué tremendo que se utilice el aborto en su ampliación de plazo para matar, como una hipócrita defensa de la mujer o como cortina de humo para no hablar ni abordar otras llagas lacerantes de la vida social como la que genera en tantas familias la crisis económica presente! Ayudemos a la mujer verdaderamente, eduquemos a nuestros jóvenes en los auténticos valores, pero no caigamos en el cinismo o en la demagogia que tan alto precio se cobra. Como decía el Papa Benedicto XVI sobre los atentados contra la vida, la historia misma los ha condenado en el pasado y los condenará en el futuro, "no sólo porque están privados de la luz de Dios, sino también porque están privados de humanidad". Contra la cultura de la muerte, sólo cabe anunciar apasionadamente el evangelio de la vida. Nos interesa toda la vida en todas sus fases, en todas sus suertes o infortunios. Pero sobre todo la vida más vulnerable y vulnerada: la del no nacido, la del anciano o enfermo terminal, la vida de quien por falta de recursos ante la crisis económica y moral no puede llevar adelante con dignidad su existencia. Son muchas las víctimas de esta vida amenazada, a las que la Iglesia quiere prestar su humilde voz para decir -mal que pese a quien le pese- sí a la vida, a toda la vida, porque en ella siempre se nos susurra o se nos grita Dios. El Señor os bendiga y os guarde. + Fr. Jesús Sanz Montes, ofm Obispo de Huesca y de Jaca (ampliar)

Chiara Lubich, don para los ortodoxos; según el patriarca de Constantinopla

18/03/2009

ESTAMBUL, martes, 17 marzo 2009 (ZENIT.org).- Chiara Lubich, la fundadora del Movimiento de los Focolares, no sólo ha sido un don para la Iglesia católica sino también para la ortodoxa, considera el patriarca ecuménico Su Santidad Bartolomé I. El pastor de la histórica sede de Constantinopla dirigió este domingo un conmovido discurso de recuerdo de la fundadora, con quien había mantenido amistad durante muchos años, al recordar el primer aniversario de su fallecimiento. El patriarca ecuménico pronunció sus palabras, tras presidir las vísperas celebradas en la Iglesia de la Panaghia en el Belgrad Kapi en Estambul, co n la participación de una delegación llegada de Roma en representación de la presidenta de los Focolares, Maria Voce. "Hoy no estamos de luto, sino de alegría", confesó el patriarca Bartolomé I, quien con sus palabras evocó el camino de fe de la fundadora de los Focolares "con la fuerza desarmante y persuasiva de su sonrisa". Chiara Lubich, dijo, es "un don entregado no sólo a la Iglesia romana, de la que fue hija fiel y activa, sino también a nuestra Iglesia de Constantinopla". "Como humilde Clara de Asís, su patrona desde la consagración virginal juvenil, nuestra hermana no se propuso realizar proyectos ambiciosos o fundados en perspectivas humanas. Día tras día, Chiara recorrió con fe incesante el itinerario que siempre le trazó la gracia divina como un don". Bartolom& eacute; I recogió el legado dejado por Chiara Lubich a través del movimiento que fundó con estas palabras: "En medio siglo, el pequeño grupo que se reunió en Trento alrededor de Chiara para socorrer a tantas víctimas de la segunda guerra mundial y a los pobres de la ciudad, ha ampliado los espacios de la caridad hasta el punto de no conocer limites ni geográficos ni siquiera confesionales". El patriarca recordó los años en los que estudió teología en Roma y en los que conoció personalmente a Chiara Lubich y su movimiento, "caracterizado por el gozo de compartir el amor por el prójimo". El líder ortodoxo también visitó a la fundadora poco antes de morir cuando se encontraba internada en el Hospital Gemelli de Roma "En su sonrisa luminosa, podemos entrever la superación de la espera a nsiosa, la feliz visión de la mesa común, el alcance de la unidad de nuestras Iglesias hermanas. Esta visión debe guiarnos a todos para cumplir con la voluntad del Señor, iluminando el mundo a través de las buenas obras", concluyó. (ampliar)

Se abre el proceso de canonización de Rebeca Rocamora, catequista de 20 años

06/03/2009

ALICANTE, martes, 3 marzo 2009 (ZENIT.org).- España cuenta ya, aunque todavía falte mucho recorrido, con una nueva figura que iluminará el camino no siempre fácil de sus catequistas más jóvenes. La diócesis de Orihuela-Alicante, en la persona de su obispo Rafael Palmero Ramos abrirá el proceso de canonización de la joven Rebeca Rocamora Nadal, el próximo sábado 14 de marzo de 2009. La primera biografía de la sierva de Dios se titula "La estela de una sonrisa". Rebeca falleció el 26 de mayo de 1996 a los 20 años de edad en Granja de Rocamora, Alicante --informa a ZENIT la Causa Rebeca Rocamora Nadal--, y "su vida sencilla como catequista parroquial y su aceptación de la enfermedad y forma de afrontar la muerte con alegría, calaron hondo en cuantos la conocieron". Muchas personas que la conocieron habían pedido durante estos años que su vida fuese divulgada entre la gente. Su biografía se publicó en abril del pasado año en la editorial Ciudad Nueva con el título "La estela de una sonrisa". Los promotores de la causa aseguran que "la difusión de tan hermosa noticia y de su vida puede hacer mucho bien a la juventud de hoy". Rebeca Rocamora Nadal nace en Granja de Rocamora, Alicante, el 7 de septiembre de 1975. Rubia, de grandes ojos azules y mirada serena, desde los primeros años destaca por su inocencia, vitalidad y alegría. Conoce tempranamente la enfermedad, que la acompañará durante toda su vida, sin perder nunca su hermosa sonrisa. Dentro del seno familiar es iniciada en la fe, que irá desarrollando en la parroquia con sencillez y entrega, sobre todo en la catequesis infantil, a la que dedicará todas sus energías. Crece como una muchacha en la que lo ordinario: el estudio, la familia, los amigos... y lo trascendente: Dios, el apostolado, la Cruz... se conjugan con naturalidad, destacando su amor a los demás y olvido de sí misma. Así, ante la aparición de una nueva e imprevisible enfermedad, su alma madura rápidamente, animando a todos y aceptando la prueba abrazada a la voluntad de Dios. En sus últimos días, las palabras a quienes le insistían pedir la salud: "Es que el Señor ya sabe que, si conviene, me la tiene que dar. Yo le pido que aumente mi fe", "apuntan a un corazón en que la fe se hizo grande y profunda", dicen los promotores. El domingo 26 de mayo de 1996, solemnidad de Pentecostés, muere dejando un testimonio de vida lleno de juventud y hermosura entregadas a Dios, a la edad de 20 años. Su causa de canonización se inicia el 14 de marzo de 2009. "Que su joven vida ofrecida sirva de orientación y estímulo a muchos jóvenes", desean quienes promueven la causa. El obispo de la Diócesis de Orihuela-Alicante Rafael Palmero Ramos, con fecha 25 de octubre de 2008, escribió un edicto para conocimiento de todos los diocesanos en el que manifestaba que, tras haber visto el escrito de fecha 22 de octubre de 2008, por el que el postulador de la causa Ildefonso Cases Ballesta, solicitaba la introducción de la causa de la joven catequista de la Parroquia de San Pedro apóstol de Granja de Rocamora, percatado además "de la creciente fama de santidad por sus virtudes y de intercesión entre los que la conocen y se encomiendan a ella, para que su recuerdo sirva de estímulo a la juventud y en concreto para los catequistas", comunica al clero y fieles todos de la Diócesis, la aceptación de la solicitud del postulador, en la que pide sea introducida la Causa de Canonización de la Sierva de Dios Rebeca Rocamora Nadal. El obispo había recibido una carta de 10 de junio de 2008, del cardenal prefecto de la Congregación de los Santos, concediendo el nihil obstat, es decir, "la autorización precisa de la Santa Sede, para que pueda iniciarse en dicha diócesis, la Causa de Beatificación y Canonización de la Sierva de Dios Rebeca Rocamora Nadal". En su primera biografía, "La estela de una sonrisa", "late su corazón", afirma la editorial Ciudad Nueva. La autora, Laura Rocamora, una de sus hermanas, "con lenguaje sencillo y transparente, a través de sus recuerdos y vivencias familiares, va conduciendo sin esfuerzo al lector hasta la culminación de la obra de Dios en esta joven, que tanto puede decir hoy a quienes necesitamos modelos cercanos para emprender el camino de la santidad". La biografía cuenta con un prólogo de el obispo Palmero Ramos, en el que recomienda "la lectura a todas las familias cristianas". ¿Por qué?, se pregunta y responde: "Porque esta biografía, bien concebida y redactada, es un auténtico libro de familia. En familia, compacta y unida, estructurada sobre el sólido fundamento del matrimonio, nació, creció y maduró esta muchacha de sonrisa permanente. De valentía poco común ante situaciones humanamente adversas. De idas y venidas, vueltas y revueltas, en torno siempre a lo esencial. De fidelidad a la gracia, que ayuda a gozar, ya en la tierra, de Dios y de los dones de Dios". "No sólo los miembros de su familia --añade--, también los niños y niñas de la catequesis supieron formar en Granja de Rocamora un racimo apiñado en torno a ella. Se reforzaron así, en aquel momento, en la parroquia, los lazos fuertes de la sangre que corría por sus venas. Con los pequeños sintonizaron igualmente en aquel momento, los muchachos y muchachas del entorno". "Joven de nuestro tiempo y joven ejemplar -concluye el obispo--, esta 'moza' de la huerta, nos ha dejado perfectamente dibujada una herencia valiosísima: la estela de su sonrisa". La Causa Rebeca Rocamora Nadal está sita en la Parroquia de San Pedro Apóstol, Pza. de la Iglesia, s/n. 03348 Granja de Rocamora. Alicante y su página web es: www.rebecarocamora.es Por Nieves San Martín (ampliar)

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