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Enero - 2008


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Estaba cansado y me sonreíste

Ana María Gato


Saber escuchar Mostrarse alegre es como una pequeña celebración. Un nuevo año despliega ante nosotros su abanico de días iguales, y nuestro deseo es que haya paz y serenidad.

Las calles se llenan de buenos deseos y la gente esboza sonrisas auténticas, aunque algunas parezcan osadas o incluso falsas. Es un reclamo que va serpenteando hasta los callejones de la periferia multicultural y trepa por los senderos cansinos de esos pueblos arrampicados en las laderas peladas: ¡Que el nuevo año traiga vida, vida auténtica para personas reales, hijas de un padre, el Padre... Seamos honestos: tenemos ganas de sentirnos vivos y vivir en paz, ganas de vivir fraternalmente día a día y de que la vida nos regale abrazos. Luisa está saludando a sus compañeros de trabajo. Durante estas fiestas a caballo entre dos años algunos se han ido a ver a la familia y aún se les nota el aroma de hogar en los gestos y en los ojos el reflejo de paisajes añorados. Pero el saludo que le devuelve Carlos no se queda en lo convencional: “Gracias por tu sonrisa, Luisa. Me ha acompañado durante estos primeros meses en mi cargo, y me ha hecho mucho bien”. Luisa lo mira con cara intrigada. Su joven compañero le recuerda a su hijo y no puede evitar emocionarse cuando le da las gracias por el cumplido. A lo largo de su vida Luisa ha aprendido a valorar esa sonrisa de la gente que te cruzas en el supermercado, o en la oficina, o en la escuela, o en el hospital, o en la calle... Siempre se siente a gusto con ese mensaje cuyo significado no hay que dar por sentado. Puede estar hablando de alegría, o esconder una dificultad, o contener su timidez, o dar estímulo a una incertidumbre, o manifestar acogida... Y mira por dónde, ahora le acababan de dar las gracias por su sonrisa. ¡Qué sorpresa! Todo un regalo de Reyes. Luisa que queda pensando en ello y no puede pasar por alto otra sonrisa importante, aunque muy pequeña, que no puede dejar de esgrimirse. Es la sonrisa de Nesa, que apenas tiene seis años. Entrar en la clase de Nesa es como abrir un cofre y quitar el velo que cubre un tesoro. No se puede ignorar la belleza de esa sonrisa infantil que le dice al mundo su alegría de vivir cada vez que mira y responde con los ojos que ha entendido todo, aunque su idioma no es el mismo que el de sus compañeros de clase. Nesa sonríe cuando aprende una palabra nueva, sonríe cuando comparte sus cosas con su compañera de pupitre, o cuando corrige a su hermanito impulsivo y normalmente juguetón. Sonríe cuando le cuenta a la maestra sus dificultades, cuando ayuda a un compañero, cuando intuye las reglas del juego que le explican. Sonríe sin miedo a ser mal entendida. Sonríe cuando oye esa música que tanto le gusta o cuando alguien habla de los colores de Bangladesh, su país. Entonces sueña con la sonrisa y a su alrededor hasta las peleas se detienen, fluctúan y se diluyen. Una vez, convencida de que la niña no la iba a malinterpretar, Luisa se animó a decirle: “Tu sonrisa es como un rayo de luz que ilumina toda la escuela”. Nesa quizás no lo captó al vuelo, por eso señaló al sol invernal al otro lado de la ventana y sonriendo preguntó divertida: “Yo soy... ¿como el sol?”. Luisa se sentía feliz de dedicarle tiempo a estos recuerdos, de haber descubierto esa sonrisa, de haberse parado a constatar esa sonrisa contagiosa y ahora rememorarla con gusto. Unas horas después, feliz coincidencia, una noticia del periódico retrotrae otra vez a Luisa en sus recuerdos. Se trata de la conmemoración del nacimiento de un escritor. Más vale tarde que nunca, piensa Luisa. Recuerda con agrado que sus hijos crecieron con algunos de los cuentos de ese autor, tan grande que incluso escribía para niños, además de enriquecer el panorama de las letras. El artículo es breve pero rico de información, suficiente como para encuadrar bien la talla del escritor y estimular la curiosidad de quien no lo conozca. Y Luisa se queda de piedra cuando lee una de las últimas frases del artículo: «No ha habido un día en mi vida, normalmente fatigosa, en que no haya sido plenamente feliz. Lo digo con pudor y temor: feliz, siempre». La mente de Luisa se detiene ahora en el último periodo de su vida, bastante difícil por cierto, que justo viene a coincidir con el reconocimiento de su colega Carlos: vivir cada día sensible a la alegría, capaz de coger al vuelo el más mínimo detalle para gozar con la simplicidad. No es ninguna ingenuidad, sino un pensamiento “grande”, si también ha motivado a personajes “grandes”. Luisa va a buscar uno de los libros del autor, que ha sobrevivido encastrado en su librería, y la emoción la embarga cuando lee en el prólogo, firmado por el propio autor, su deseo de dedicarle el libro a la señora Ana y demás empleadas de la universidad, que siempre están dispuestas a recibirlo con una sonrisa, aunque la jornada laboral sea dura y siempre estén en medio de tanta gente importante ocupándose de las tareas más sencillas de la vida. Es una dedicatoria fuera de lo habitual y fuera del tiempo, una dedicatoria que olvida en el conformismo todos los lenguajes políticamente correctos y se lanza, incluso en aquel tiempo pretérito, hacia un cielo insidioso: «Después de que ella me saludara, yo me sentía ligero y descansado..., y aquí está este volumen que dedico a ella y a sus amigas, pequeño signo de reconocimiento por esa sonrisa que durante años me ha acogido y me sigue acogiendo, llevándose como unas alas ligeras el peso de mi cansancio». Luego sigue explicando, con una clara intención, que entre las bienaventuranzas del Evangelio no figura una que diga: “Estaba cansado, y me sonreíste”, pues está sobreentendida. Qué seguridad, y qué buen deseo para este nuevo año: encontrar el valor de sonreír siempre, de regalar sonrisas, de salir adelante en una jornada agotadora, de evaporar nubes pesadas y confusas, de abatir el cansancio de la oscuridad y el individualismo galopante, de experimentar beatitud.


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