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Enero - 2008


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La escuela de los favelados

Catalina Ruiz


Al rescate de los hombres-nadie Propuesta educativa en una comunidad de habitantes de una favela, la Isla Santa Teresinha, cerca de Recife. Uno de los proyectos de promoción humana de los Focolares en Brasil.

Era una lengua de tierra pantanosa que periódicamente se inundaba a causa de las crecidas. Parecía hecha aposta para filmar sin demasiados decorados un guión del infierno dantesco, si es que algún cineasta se fijaba en ella. Bastaba con que llegase una marea inflada por las lluvias y el contenido del canal de desagüe que separaba las chabolas del resto de la ciudad se saldía de su cauce inundando calles y chabolas. Algunos de nuestros lectores recordarán esta historia emblemática, pero ripetita iuvant. Así que les recordaré que por algo la llamaban Isla del Infierno y que, aunque no estaba muy lejos de Recife, ciudad al norte de Brasil, capital de Pernambuco, en realidad se encontraba a años luz de cualquier forma de convivencia ciudadana. Y aun así vivían allí, en condiciones desesperantes, unas cuatro mil personas, más o menos seiscientas familias. Ni trabajo, ni escuela, ni médico. Nada de nada. Los niños vivían en la calle, con los pies normalmente embadurnados de fango maloliente. La violencia y el crimen estaban a la orden del día. Edna Simões, actual responsable del proyecto educativo que se lleva a cabo en Santa Teresinha, no recurre a la metáfora para hablar de aquella isla del infierno. Pero de aquel panorama tan negro hoy no quedan restos, excepto en la memoria de los niños de entonces, que hoy son hombres y mujeres maduros y responsables. «Esta experiencia –dice– ya dura casi cuarenta años, y no sólo tiene en cuenta a los niños y adolescentes, sino a los jóvenes y a las familias de la favela. La escuela misma, que surgió más adelante, es fruto y expresión de este recorrido de promoción humana». Es decir, que se trata de un lento y progresivo itinerario de “concienciación”, como dicen aquí, de la gente de la favela. «No fue algo diseñado –explica Edna–, ya que desde el principio nuestra metodología no fue la de actuar “sobre” los habitantes de la favela, sino “con” ellos, metiéndolos de lleno en las decisiones que había que tomar». El proyecto empezó en los primeros años sesenta, cuando el obispo Helder Cámara encomendó a los Focolares, que habían llegado a Brasil hacía poco, justo esa favela, famosa por su altísima degradación humana y ambiental. Ya el hecho de tener que irse a vivir a una barracópolis (y en Brasil las hay a centenares) manifiesta que uno ha tocado el fondo de la escala social, pero vivir en la Isla del Infierno significaba no existir: hombres-nadie. El movimiento aceptó la invitación del entonces arzobispo de Recife pero, a decir verdad, ya el focolar masculino se había instalado cerca del mocambo. «La misma Chiara Lubich –prosigue Edna– visitó la favela en 1964, cuando hizo su primer viaje a Brasil. Le latía el corazón cuando veía tanta miseria y hasta deseaba vivir en medio de ellos». Así pues, desde entonces muchas personas que venía de la “otra” Recife visitaban a los habitantes de la Isla del Infierno. Eran estudiantes, profesores, abogados, médicos, obreros y amas de casa que querían participar en su vida, compartir sus dificultades y buscar juntos soluciones. Entre ellos estaba también Edna Simões, que entonces era una estudiante. Pasaron de un mocambo a otro atendiendo a los ancianos, a los enfermos y a los niños, hablando poco y escuchando mucho. La gente poco a poco se abría a su amistad, porque se sentía valorados, y encontraban en sí mismos las ganas y las fuerzas para procurar salir de la situación en la que se encontraban. Surgieron las primeras actividades: cursos de corte y confección, de cocina y de economía doméstica. También había quien quería aprender a leer y escribir. Y para abordar el problema de la desnutrición infantil, se puso en marcha un centro, que funciona como hospital de día, para unos cincuenta niños. Fue madurando así un sentido de pertenencia a la sociedad civil, que comporta derechos y deberes. Así que decidieron constituir un organismo adecuado para tratar los problemas de la comunidad ante las autoridades civiles y administrativas. Lo más urgente era elevar el nivel en el que estaban las chabolas, y cada cual contribuyó con lo que tenía: una pala, una carretilla, sus brazos... Animados también por la ayuda que les llegaba desde varias partes del mundo, que completaban las subvenciones municipales, pusieron en marcha un plan de crédito general para construir canales de drenaje y algunas fosas sépticas. Levantaron una fábrica de ladrillos y muros prefabricados para reconstruir las casas, y hoy es la actividad industrial más floreciente de la isla. Severino Giustino, un hijo de la favela, es hoy su director. La isla fue cambiando tanto de aspecto, que hasta le cambiaron el nombre. «No habríamos podido realizar todo esto –continúa Edna– sin la ayuda de las adopciones a distancia. Desde que Familias Nuevas empezó con esta forma de adopciones, pudimos abordar actividades netamente escolares. Con unos 336 euros al año se le puede asegurar a un niño alimentación, escuela y servicios sociales y sanitarios». Sin duda, un gran compromiso, pues, como bien se sabe, no es fácil escolarizar a niños que de todas formas crecen en situaciones difíciles. «Todos los días –nos confirma Edna– afrontamos un gran reto educativo. Todos los días se nos plantean necesidades y exigencias que requieren una respuesta concreta y responsable. Con el paso del tiempo nos hemos dado cuenta de que el esfuerzo por hacernos cargo de estas situaciones, poniendo en práctica la pedagogía del amor produce un cambio y se abre camino un estilo de vida distinto». Edna se enardece cuando habla de sus “favelados”: «Durante estos doce años hemos tenido la posibilidad de penetrar en este mundo cerrado y hemos aprendido muchas cosas. Y hemos obtenido resultados significativos. Actualmente siete ex alumnos trabajan con nosotros como educadores. Muchos han entrado en el mercado laboral o han formado una familia, y otros van a la universidad». Una buena parte de los que trabajan en el centro educativo son del lugar, de modo que se produce un movimiento circular: la comunidad es educada y a su vez educa. «Esto requiere mucho valor y mucha fe –prosigue Edna–. Normalmente las personas de la isla no tienen una preparación cultural ni pedagógica adecuada. Justo por eso, un mes antes de empezar la actividad con los chicos, hacemos unos cursos de formación para los educadores. Cada último viernes de mes suspendemos las clases para dedicar toda la jornada a la programación del mes siguiente. Y sobre todo es el amor lo que vuelve creativos a estos educadores. Dado que conocen la cultura y la mentalidad de su gente, están capacitados para dar con las formas más originales y la metodología más indicada para enseñar y transmitir a los alumnos de forma lúdica las realidades más hermosas que albergan en su corazón. Ahora hasta la administración municipal nos pide colaboración. Quieren que trabajemos con ellos porque dicen que con nosotros están seguros del resultado». Muchas más cosas podría contarnos Edna. Por Ejemplo, hablaría de José Hilton, un muchacho paupérrimo que vive con su abuela y sobrevive recogiendo y vendiendo cajas de cartón. Un día se encontró José con una billetera llena de dinero y, como la dirección del propietario aparecía dentro, fue a llevársela. Pues bien, hechos como éste abundan hoy en Santa Teresinha.


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