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Enero - 2008


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¿Resurgimiento o desorientación?

Peter Dettwiler (Neue Stadt)


Semana de oración ¿El movimiento ecuménico se refugia en cantos y rezos piadosos porque no consigue responder a las preguntas más urgentes? ¿Acaso el tópico, hoy tan repetido, de “ecumenismo espiritual” no expresa una desorientación? No, el ecumenismo espiritual significa buscar la unidad cuando y como Jesús la quiera.

El hecho de que los cristianos quieran volver a sus fuentes y fundamentos espirituales no es algo nuevo. Según la Carta Ecuménica Europea del año 2001, el ecumenismo empieza y 1. La encíclica Que todos sean uno, de 1995, también subraya en su introducción que 2. Ya el Concilio Vaticano II (1962-1965) había definido la oración como el 3. La casa común debe basarse en unos fundamentos espirituales, porque el Señor no construye la casa, en vano se afanan los albañiles. (Sal 127, 1). Pero se hace necesario precisar el significado de “ecumenismo espiritual”. ¿Acaso expresa una actitud resignada, basada en el argumento de que lo único que nos vale es rezar? ¿Debemos cruzarnos de brazos, cuando tendríamos que actuar unidos, a la vista de las exigencias que plantea la sociedad? ¿Nos limitamos a celebraciones litúrgicas armoniosas, cuando deberíamos estar trabajando por la teología? ¿Buscamos refugio en cantos piadosos, cuando deberíamos estar discutiendo sobre los problemas más apremiantes? ¿Acaso el tópico de “ecumenismo espiritual” no es simplemente la expresión de una desorientación ecuménica muy extendida? En mi opinión la crisis del ecumenismo se basa en tres puntos: el primero es la indefinición del objetivo mismo. ¿Hacia dónde va nuestro camino?, ¿qué casa queremos construir?, ¿a qué unidad nos referimos? Y es que cada Iglesia tiene una imagen distinta de la unidad, debido justamente a su propia sensibilidad eclesial. En segundo lugar, la carga del pasado es más pesada de lo que normalmente se piensa. Mil años de cisma entre la Iglesia oriental y la occidental y cuatrocientos años de distanciamiento y divisiones desde la Reforma requieren una profunda “reconciliación de la memoria”. Y en tercer lugar, la gran diversidad y la arbitrariedad postmodernas, unidas a la creciente situación multicultural y multirreligiosa, incluso en la cristiandad, han conducido a la inseguridad. Los límites confesionales empiezan a difuminarse, y a veces las congregaciones carismáticas y pentecostales compiten con la Iglesia. Y todo esto refuerza aún más la tendencia a volver a la identidad confesional de cada cual. ¿Cómo puede volver a coger impulso el ecumenismo ante estos desafíos? Quizá para dar un nuevo impulso nos sirva una sabia frase del abad Paul Couturier (1881-1953). Uno de sus mayores deseos era promover en todo el mundo una semana mundial de oración por la unidad. Pero ¿por qué deberían rezar juntos los cristianos? Los católicos rezan por el retorno de los hermanos separados al seno de la Santa Madre Iglesia, mientras que los protestantes rezan para que los católicos por fin sean verdaderamente “evangélicos”. Couturier relajó las tensiones en 1935 al proponer rezar por una . Pues ¿acaso no era la unidad el mayor deseo del propio Jesús, que pidió al Padre Celestial (Jn 17, 21)? Jesús tiene que estar más interesado que nadie en la unidad, también hoy. De él tienen que venir los nuevos impulsos para el ecumenismo. podría significar que debemos escuchar de una forma totalmente nueva al que quiere estar presente en medio de nosotros; que no hagamos nada sin él. Porque la luz viene de “en medio”. Eso es lo que exige el espíritu de amor y de humildad, como advierte la encíclica de 1995: 4. Este ecumenismo espiritual, pues, significa mucho más que rezar y cantar juntos es un ecumenismo que se basa en la fe y la actualidad del Resucitado, allá donde dos o tres estén reunidos en nombre de Cristo (Mt 18, 20). “En su nombre” significa en su amor, en su predisposición, amarse los unos a los otros como él nos amó (Jn 13, 34s). Por lo tanto, el primer objetivo de cualquier actividad ecuménica debería ser el de procurar que él esté presente –Jesús en medio– donde dos o tres preparen una celebración ecuménica. Él en medio de cualquier trabajo teológico. Él en medio de la elaboración de documentos eclesiales. Él en medio de la realización de proyectos conjuntos. Él en medio del lugar en el que se junten personas para descubrirse con ojos nuevos. No se debería publicar ningún documento eclesial que por lo menos no hubiera sido leído por hermanos y hermanas de otras confesiones, cuando no se haya elaborado conjuntamente. Este empeño por la presencia de Jesús en todos los ámbitos y todas las actividades significa una “garantía de calidad” del trabajo ecuménico. No importa si los que se reúnen son obispos, monaguillos o directores de coro, ni que sea un congreso teológico o una fiesta infantil cristiana. En todas las actividades vale la pena mantener esta postura espiritual que deja espacio al verdadero iniciador y garante de la unidad. Aquellas personas de distintas confesiones que, gracias a la presencia de Jesús en medio de ellas, ya han experimentado la unidad en pequeño, serán los soportes del ecumenismo. Para la unidad también rige lo que rige para el amor: la unidad sólo se puede construir con unidad. La experiencia de la unidad en pequeño, gracias a la presencia del Resucitado, es la piedra con que se construye la unidad en grande. Por lo tanto, significa aprender a entender las actividades con el Resucitado en medio de nosotros, lo cual permitirá dar los pasos siguientes en el camino hacia la unidad. Simultáneamente también significa ir al paso de los hermanos, no hacer nada sin la “unidad” con ellos, en el espíritu de amor y humildad. Este camino se puede recorrer aunque no nos hayamos puesto de acuerdo sobre el destino del ecumenismo, mientras nos mantengamos abiertos a cualquier luz que venga de “en medio” y nos muestre el camino. Jesucristo, a quien nos encomendamos en el camino de la unidad, nos capacitará para trabajar por la “reconciliación de la memoria”. Y el Resucitado será una base común para todos en la desconcertante diversidad del paisaje eclesial. No será un ecumenismo rápido, porque este camino siempre implica dar un rodeo por los hermanos, a quienes nos remite Jesús con claridad meridiana. 1) Carta ecuménica. Directrices para una colaboración creciente entre las Iglesias de Europa, nn. 3 y 5. 2) Juan Pablo II, encíclica Ut unum sint sobre el empeño ecuménico, 25 de mayo de 1995, nº 2. 3) Concilio Vaticano II, decreto Unitatis Redintegratio sobre el ecumenismo, nº 8. 4) Ut unum sint, nº 36.


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