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Mayo - 2011


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¿Beneficios o bien común?

Luigino Bruni


Las dos cosas, pero se requiere un cambio en el modelo económico y social.

El debate público de estos tiempos a propósito de trabajo, empleo y crisis da pie para reflexionar con profundidad sobre la naturaleza de la empresa, sobre los beneficios y también sobre el capitalismo. No llegaremos a salir de la grave crisis que estamos viviendo, que va del medio ambiente a las finanzas pasando por el terrorismo y el desempleo, hasta que no pongamos seriamente en discusión el actual modelo económico y social. La forma que ha asumido la economía de mercado en los dos últimos siglos, o sea, el capitalismo, tiene que evolucionar hacia algo distinto, salvando su gran aportación a la civilización y a la libertad, pero que al mismo tiempo permita a ocho mil millones de personas vivir y desarrollarse. Uno de los hechos más graves en estos años de crisis financiera ha sido la obscenidad (no se me ocurre otra palabra) de los sueldos y bonus millonarios que bancos y sociedades de seguros empezaron a repartir entre sus directivos desde los primeros meses de 2009, cuando acababan de ser rescatados con dinero público durante la segunda mitad de 2008. Ni siquiera en tiempos de crisis y luchas sindicales nadie pone seriamente en duda los altos beneficios de esas empresas ni esos sueldos de superestrella. No tenemos el valor de poner en tela de juicio el sistema capitalista y nos limitamos a hablar de economía ética, de empresa responsable, de «non profit» y filantropía, de fenómenos funcionales y necesarios para el sistema económico existente. ¿Acaso estamos seguros de que la finalidad de una empresa sea maximizar los beneficios? Si nos quedamos en el ámbito más positivo de la economía de mercado dejando a un lado la discusión sobre la naturaleza de los “beneficios” de la especulación, podemos afirmar que los beneficios son la parte de valor añadido por la actividad empresarial que es atribuida a los propietarios, esos que antes se llamaban capitalistas. O sea, que los beneficios no son todo el valor añadido, sino sólo una parte. Un ejemplo. La empresa A fabrica automóviles transformando unas materias primas en un producto que llamamos «coche», cuyo coste es 10. Si añadimos costes de trabajo (8), gravámenes financieros y amortizaciones (3), el beneficio bruto (antes de los impuestos) de un coche que se vende a 30 euros sería de 9. Y si la empresa paga unos impuestos de 4, entonces el beneficio será de 5. O sea: 30-(10+8+3+4)=5. Y aquí se plantean dos preguntas. Primera: ¿de dónde surge y de qué depende ese beneficio? La historia del pensamiento económico es también una historia sobre las teorías de la naturaleza del beneficio. Schumpeter, por ejemplo, sostenía hace cien años que el beneficio es el «premio a la innovación» del emprendedor, es decir, la remuneración a la capacidad innovadora del emprendedor. Medio siglo antes, en cambio, Marx había dicho que el beneficio no es sino el hurto que los capitalistas cometen contra los trabajadores, pues la única fuente de valor añadido es el trabajo humano, especialmente el de los obreros. Hoy sabemos que en el valor añadido entran muchos factores, y entre ellos están la creatividad del emprendedor, el trabajo humano, las instituciones de la sociedad civil, la cultura tácita de un pueblo, la calidad de las relaciones familiares con la que crecen los niños durante sus seis primeros años (lo dice el Premio Nobel James Heckman)... Luego en ese “5” de valor añadido no está sólo la función creativa del propietario de los medios de producción, sino un algo más que concierne a la vida de toda la colectividad. Una cosa es cierta: si la empresa A vende los coches a 30 y su beneficio es 5, en un hipotético mundo no lucrativo (beneficio 0) los coches costaría 25 y no 30. En otras palabras, los beneficios de las empresas vienen a ser una especie de tasa que paga el ciudadano y reduce el bienestar colectivo de la población. Por eso se ha soñado tanto con una «economía non-profit», y en ciertos momentos de la historia se ha realizado a mayor o menor escala, pero ha generado mayores daños que los problemas que pretendía resolver, como es el caso de los experimentos colectivistas del siglo XX. Dichos experimentos no han funcionado por varias razones, y una de ellas es que cuando se quita ese “5” y se socializa, el propietario de la empresa (Estado o privado) deja de innovar y trabajar. Entonces la riqueza, y no sólo la económica, disminuye y desaparece ese valor (“5”) que se pretendía socializar. Pero por otro lado, la gran crisis que estamos viviendo enseña que una economía basada en el beneficio y la especulación es igualmente insostenible. ¿Qué hacemos, pues? De cuanto venimos diciendo, lo que hoy ocurre en la denominada economía civil y social, en especial en la Economía de Comunión, puede tener dos lecturas. La primera, minimalista y conservadora, ve la economía civil y social como el “tapa agujeros” del sistema capitalista: la empresa normal (for-profit) no llega a ocuparse de los “vencidos” que se quedan por el camino (término de G. Verga) y por eso tiene que venir alguien que haga la función que la familia y la Iglesia hacía en otros tiempos. Ésta es la lógica del 2% (non-profit), que deja intacto el 98% (economía for-profit). Pero hay otra lectura: imaginarse un sistema económico, por ahora a pequeña escala, en el que el valor añadido, económico y social, sea distribuido entre muchos (no sólo los accionistas), pero sin que los empresarios y los obreros dejen de poner todo su empeño por falta de incentivos, de manera que se evite caer en los mismos problemas de las economías colectivistas. El verdadero reto de la nueva economía de mercado será, pues, mostrar emprendedores (individuales o colectivos) motivados por «razones más grandes que el beneficio». La última fase del capitalismo, que podríamos llamar financiero-individualista, nace de un pesimismo antropológico que se remonta hasta Hobbes: los seres humanos son demasiado oportunistas e interesados en sí mismos como para pensar que puedan responder a motivaciones elevadas (el bien común, por ejemplo). No podemos dejar que esta “derrota antropológica” tenga la última palabra sobre la vida en común. Tenemos el deber ético de dejar a los que vengan detrás de nosotros una visión más positiva sobre el mundo y sobre el hombre. Y para que todo esto no sea papel mojado, se requiere un nuevo humanismo, una nueva estación educativa. Hacen falta esos “hombres nuevos” que son el centro de la Economía de Comunión, capaces no sólo de trabajar por los beneficios, sino también de hacer que su actividad sea una obra de arte.


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