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Abril - 2011


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Dar laicamente

Piero Taiti


¿Cuál es el término correlativo al amor recíproco cristiano: igualdad o fraternidad?

Mirando un vídeo de hace algún tiempo, en el que un interlocutor anónimo le pregunta a una jovencísima Chiara Lubich sobre la justicia social, ésta, que entonces era una desconocida, responde con una provocadora seguridad que no tiene nada que añadir a los versículos del Magníficat: «Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los de corazón altanero. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos con las manos vacías». Semejante respuesta tan concisa a un problema cada vez más complejo y sobre el que se han escrito bibliotecas enteras, podría parecer una manera de eludir la pregunta, pero no creo que fuera así. Lo deduzco del hecho de que ella misma ha demostrado una radicalidad existencial, articulada en numerosos “milagros cotidianos” propios de las primeras comunidades cristianas, cuyas normas adoptó el primer grupo que la rodeaba y que luego el tiempo ha corroborado. Este episodio me lleva a una posible clave de lectura del significado de «cultura del dar» en el ámbito del diálogo entre personas de convicciones no religiosas que hoy por hoy está bastante consolidado en el Movimiento de los Focolares. Los aspectos más intrínsecamente religiosos del razonamiento de Chiara, la constante aspiración a la unidad de la familia humana, su particular interpretación del “Abandonado” no son conceptos colaterales a otros aspectos más laicos de su experiencia de vida, como por ejemplo el compartir los bienes o la Economía de Comunión, sino que todos tienen una misma raíz. Recuerdo que durante un encuentro entre creyentes y no creyentes, nos embarcamos en una apasionada discusión sobre la cultura del dar y sus posibles motivaciones: ceder lo superfluo (y en consecuencia el tema de lo necesario), la cultura del don, el concepto de restituir (a quien se le ha robado injustamente), y nos preguntábamos cuáles son las motivaciones básicas que todos puedan compartir dentro de una idea de fraternidad. Históricamente, esta idea no nació hasta 1789, aunque ya se encuentra en el pensamiento de los estoicos, luego resurge entre los valores del cristianismo, pasa por las utopías del Renacimiento y llega hasta el socialismo utópico. Ahora bien, siempre se ha asociado a alguna modalidad del principio de compartir los bienes. Y, pensándolo bien, no podía ser de otra forma. De modo que, bajo esta óptica, el orden de valores de la Revolución Francesa está invertido. No va primero la libertad, luego la igualdad y al final la fraternidad (que nunca se ha producido), sino al contrario: sólo la fraternidad puede dar paso a una verdadera libertad y a una verdadera igualdad. Nuestra dificultad, y no sólo nuestra, a la hora de hablar públicamente de este tema obedece probablemente a un pensamiento común y generalizado basado en una visión arcaica y salvaje del poseer. Es tan radical y está tan difundida que las organizaciones internacionales del comercio establecen la propiedad sobre bienes como el aire, las semillas de las plantas, los bosques o el hielo de los polos, y con una rígida y obsesiva definición de pertenencia que a uno le deja perplejo. Lo queramos o no, en un mundo interdependiente como el nuestro, ¿qué consecuencias tendría si, por ejemplo, los países de la franja tropical decidieran eliminar la selva, o si los países en vías de desarrollo optasen por utilizar solamente carbón como fuente de energía? Todo el progreso del último medio siglo ha demostrado que en realidad no somos propietarios absolutos de nada, sino sólo administradores temporales de unos recursos a los que cada cual haya tenido la suerte de acceder por el hecho de haber nacido en un lugar determinado y en una familia más o menos rica. Para los que creen en las palabras de Cristo, todo esto es un criterio de esperanza en el premio de la vida eterna, que aparece contemplado en el capítulo 25 del Evangelio de Mateo como un eco de tantos profetas del Antiguo Testamento; basta con recordar a Oseas o a Isaías hablando de compartir, de paz y de justicia. ¿Y para los demás, para los que, como yo, no piensan que esto vaya a tener una remuneración eterna? Pues bien, no cambia nada si uno vive en la cultura de amor por la humanidad. Esa promesa de vida eterna se conjuga “laicamente” en una inevitable e imprescindible condición de la supervivencia humana en este planeta, mientras el sol brille sobre los desastres humanos. El criterio para no sentirse dueño sino administrador de los bienes no parte pues de la fe, sino de estar o no (libremente, se entiende) en la cultura de amor a las criaturas. En este contexto, pues, el dar no es gravoso, una privación de algo o la voluntaria expropiación de una posesión, sino una alegría, una aportación a que alguien salga de la miseria porque injustamente está privado temporal o permanentemente de un bien. Nuestra acción de dar no le otorga la propiedad a otro, pues él mismo tampoco puede poseerla, sino más bien el sacarle rendimiento a unos bienes de los que se ha visto injustamente privado. La consecuencia es que buena parte de las riquezas que cada uno tiene no consiste en la cantidad de bienes que temporalmente administra, sino en aquellos que a lo largo de la vida consigue redistribuir. El mensaje del franciscanismo había comprendido que la verdadera riqueza está en participar en la vida del mundo de las criaturas y no en la cantidad de bienes que cada cual posee. Queda la cuestión del ánimo, de la predisposición psicológica de quien está en condiciones de dar. Me ha impresionado el testimonio de un joven que trabaja en Cáritas. Dice que ha notado que algunos voluntarios se sienten “más”: más buenos, más realizados, en definitiva, un escalón por encima de los demás. Ahora bien, si uno siente que es o tiene más, como mucho podrá estar en la dimensión de la justicia, pero no en la del amor. Es decir, el correlativo laico del amor recíproco no es la igualdad, sino la fraternidad. La cultura del dar, pues, no es la limosna ni la redistribución de la riqueza según un criterio de justicia, ni es un ofrecimiento de bienes espirituales, pues no es que uno ofrece y el otro recibe pasivamente. Es más bien un compartir participativo entre hermanos de una riqueza disponible en nombre del amor en común. Según esta perspectiva, el más pobre de los hombres siempre tendrá tanta riqueza dentro de sí que podrá darle a otro, si las circunstancias lo permiten, y sin tener que hacer milagros. Si esto es la «cultura del dar», entonces no depende de la fe, sino que requiere una dimensión de amor, no hablado sino vivido. Y la justicia es sólo el presupuesto.


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