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Abril - 2011


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Europa, África del norte y nuestro miedo

Pascual Ferrara


La lección de Libia invita a entender que nuestro continente tiene que arriesgarse y acompañar la revolución árabe.

Los acontecimientos en Libia muestran las consecuencias dramáticas, trágicas, del despertar político de África del norte y del mundo árabe. También han hecho sonar la alarma de la comunidad internacional hasta el punto de que el Consejo de Seguridad de la ONU tomó por fin una posición clara y firme: zona de exclusión aérea y, anteriormente, Corte Penal Internacional para Gadafi. A diferencia de otros países, en Libia no se puede hablar simplistamente de la “revolución del pan”. Gracias a la riqueza procedente de la exportación de gas y petróleo, la población libia en general ha gozado de condiciones económicas mejores que las de otros países de la zona, debido precisamente a la política paternalista y de clientelismo de Gadafi. Aquí otros factores han tenido su importancia. El primero es que en este país sus componentes regionales, tribales y étnicos nunca han llegado a amalgamarse, como lo demuestra el hecho de que esta sublevación partió de la región de Bengasi, en el nordeste del país, y que la fomentó la confraternidad musulmana autonomista de los senusitas. El segundo factor es la aspiración a aperturas democráticas después de más de 40 años de dictadura. Desde este punto de vista, Bush tenía razón cuando subrayaba la necesidad de propagar la democracia también en el mundo árabe, pero se equivocaba en la forma, porque la democracia no se impone ni se exporta, sino que está ligada a factores internos. Esto quiere decir que tiene sus tiempos, sus ciclos y sus motivaciones, lo que va íntimamente unido a la maduración de la cultura política de un país. Se habla mucho del riesgo de que el fundamentalismo islámico llegue al poder. Aparte de la importancia relativa de esas fuerzas, no hay que confundir a los movimientos de inspiración islámica con el islamismo violento. La gran apuesta es que los primeros se puedan encauzar en los procesos democráticos. No podemos olvidar que tanto en Alemania como en Italia, por ejemplo, ha gobernado durante mucho tiempo la democracia cristiana, es decir, fuerzas políticas de inspiración religiosa que fueron pilares del resurgir de esos países tras la destrucción de la Segunda Guerra Mundial. ¿Por qué no se puede pensar en una “democracia islámica” (no “islamista”), sin fundamentalismos? Un experimento en ese sentido lo constituye en la zona Turquía y el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) de Erdogan. Apliquemos, pues, el mismo criterio europeo que para Turquía: “normalizando” la relación entre democracia e islam dentro de los parámetros de la Unión Europea se puede generar un positivo «efecto dominó» en todo el mundo islámico. En el discurso que pronunció en El Cairo, Obama dijo que el islam siempre ha formado parte de la historia de los Estados Unidos. Pues más aún de la europea, y ningún líder europeo ha pronunciado nunca un discurso tan sabio, valiente y honesto como el de Obama. Europa sólo habla el idioma del miedo: terrorismo de matriz islámica, oleadas de inmigrantes… La democracia, dentro y fuera de las fronteras, no se sustenta si falta una visión política del futuro seria y realista. No dejemos que se pierda esta ocasión que la revolución ha propiciado. TURISMO Y PETRÓLEO En Túnez y en Egipto, las protestas contra el poder no han surgido de los muchos pobres que viven al día ni de los pocos ricos aliados siempre con el poder; han venido de los jóvenes licenciados universitarios, hijos de la emergente burguesía que les ha pagado los estudios con gran sacrificio, que ahora quieren construirse un futuro en su país sin tener que emigrar. Debido al gasto energético de una población en aumento, estos dos países consumen ya todo el petróleo que producen. Los sueldos son muy bajos y hasta ahora la paz social se ha mantenido regalando prácticamente el trigo y las habas, los alimentos básicos. Por consiguiente, para estos dos países las remesas de los emigrantes, la exportación de fruta y sobre todo el turismo y las inversiones extranjeras son fundamentales para poder importar tecnología sin endeudarse. Ambos tienen una necesidad extrema de que se reanude el turismo, una actividad para la que tienen un talento natural. Las grandes riquezas generadas por el petróleo libio se han empleado en comprar armamento y para llevar a cabo obras colosales, y últimamente para desarrollar el turismo en la zona costera. Los libios han invertido mucho en empresas europeas, pero los sueldos se han mantenido bajos, sobre todo los de millones de inmigrantes que tratan de reunir allí el dinero necesario para dar el salto a Europa. Alberto Ferrucci


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