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Enero - 2008


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La crisis de los reality

Juan Blanco


¡Menos mal! Uno de los géneros televisivos más deseados por el público está en crisis. Hay un porqué.

Televisión y sociedad Hany Farid vive en New Hampshire y, tal como refiere el New York Times, su trabajo consiste en ser detective digital; o sea, especialista en descubrir imágenes retocadas: ficción vendida como realidad, trucos de Photoshop (el programa informático de retoque fotográfico más usado). ¡Todo un signo de los tiempos! En el siglo XIX la fotografía era sagrada, la réplica más fiel de lo verdadero. Hoy en día las imágenes ya no nos muestran la realidad, sino un sucedáneo de ésta, una réplica desvaída que recuerda vagamente a su original. Algo así como ciertos productos made in China, réplicas de unos originales respecto de los cuales son sólo un engañabobos. El hecho de que la gente empiece a darse cuenta de esto podría ser el principio de la crisis de la “telerrealidad”, un género que en su momento cambió la televisión y despertó el interés de muchos sociólogos. Pero después de varios años con un gran índice de audiencia, ahora parece que la línea parabólica va cuesta abajo. Y está pasando en Gran Bretaña, en Italia, en Holanda... y también aquí. En algún caso incluso se ha suspendido la programación de estos espectáculos telerreales (Celebrity Big Brother, The Golden Kooi...). Lo cierto es que cada vez es más difícil vender como verdadero lo que es descaradamente falso. El relato de la vida de los recluidos en la casa de Gran Hermano o de los náufragos de La isla de los famosos es fruto de un guión elaborado, al menos de forma implícita. Desde que se elige a los participantes, la puesta en escena está bien pensada y a cada uno le corresponde un papel, e interpreta la parte que le toca. La niñata deberá cortejar al misterioso, el bromista se peleará inevitablemente con la arrogante, el del norte discutirá con el andaluz, el intelectual –¡fíjate tú!– se acabará peleando con el cachas y enamorándose de la chica pacifista. Un enredo teleguiado, casi heterodirigido. Ver a los concursantes en dificultades, encontrarlos débiles, feúchos como nosotros y sin maquillaje por las mañanas, ya no atrae a los espectadores como al principio. La empatía ya casi no existe, sólo es rutina, algo ya visto. En las últimas ediciones de La isla de los famosos o del Gran Hermano Vip, junto a los semiconocidos también salieron a escena ilustres don nadie. Y los mismos vip, que antes eran casi idolatrados, ahora están pagando el precio de una rabia cada vez mayor contra la “casta dorada”, ese mundo cerrado de los que tienen poder y disfrutan de la vida a expensas de la gente corriente. Pensándolo bien, este tipo de programas atraviesa una crisis debido a varios motivos: a) Son demasiados: rozamos la saturación; el año pasado se llegaron a emitir a la vez cinco de estos programas. b) Son todos iguales: los creativos ya no saben qué inventar, han tocado fondo y lo único que consiguen hacer cuando las ideas se han acabado es abusar de la transgresión, sobrepasando todos los límites. Ya les han hecho hacer de todo, podríamos decir. c) Son largos: hay quien ha propuesto que terminen todos a las 23:30 para detener la fuga masiva de espectadores cansados. d) Son viejos: los jóvenes, colectivo preferido por los publicistas, los ignoran y se refugian en Internet. Lo que parecía revolucionario hace siete años hoy es trivial. Aún es pronto para decir que esta crisis es la revancha de la normalidad contra la popularidad, la victoria de lo verdadero contra lo fingidamente real. Podría ser también un cambio fisiológico de los gustos del público. Por otra parte, hay quien compara los reality con el nazismo, ya que ambos van dejando ruinas. También hay quien afirma que de todas formas el daño ya está hecho, porque aunque fracasen en la tele, han triunfado enormemente en la sociedad. La teoría es que un simple formato televisivo se ha convertido en un estilo de vida y ha cambiado las costumbres de la gente: exponer en público la vida privada es una moda, una constante de la vida común, independientemente de la audiencia que generen los programas que se basan en ese principio. Sean cuales sean las causas, el ocaso de estos eventos es sin duda una oportunidad. Hay todo un mundo que espera para ser contado. Descongestionando las programaciones televisivas de tanto reality se podría volver a poner de moda un espacio para la vida. La vida de verdad.


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