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Marzo - 2011


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Revolución en marcha

Ana Moreno


Mediante talleres, testimonios personales y un profundo diálogo con los adultos, unos 600 jóvenes quisieron demostrar, y demostrarse, que una revolución ya está en marcha.

¿Alguien sabe de qué va esto? ¿Qué vamos a hacer aquí? ¿Qué es eso de Positive Revolution? Con estas preguntas comenzaba la jornada que el 29 de enero llenó de expectativas, de sueños e ideales el colegio Sagrada Familia de Moratalaz, en Madrid. Allí casi 600 jóvenes entre los 14 y lo 28 años compartieron un mismo objetivo: construir un mundo mejor, más positivo, más unido. Suena a topicazo, ¿verdad? Pues sí, pero no lo es. ¿Cómo?, ¿que no se lo creen? Lean, entonces… Un joven que venía por primera vez a una jornada como ésta organizada por el Movimiento de los Focolares decía: «¡Ha sido una experiencia nueva y además bastante diferente a todas en las que había participado en otros momentos de mi vida. Conocer gente nueva de diferentes sitios de España, jóvenes que como yo, quieren un mundo diferente. ¡Espero repetirla!». Otro, también primerizo, afirmaba: «¡El mensaje que nos han transmitido es una revolución! Cambia todo. En ese encuentro lo más importante ha sido la gente que he encontrado en los talleres, en la sala...». La jornada comenzaba a las 12 de la mañana. Un goteo incesante de gente llegaba al colegio: un autobús de Toledo, otro de Andalucía, grupos que venían en coche desde Barcelona, Valencia, Zaragoza, Huesca, Murcia, País Vasco… De todas partes, vaya, abarrotaron el patio del colegio. A las 13.00h una gran expectación inundaba el salón de actos. Una breve presentación, dinámica, moderna, llena de música y baile conquista a los asistentes… «Impactante, novedoso. En estas horas yo he mejorado...»; «Muy bien y muy divertido. Ahora volveré al cole y en algunas cosas que haga pensaré: esto lo hago por amor». Y es que ése era el propósito para vivir todo el día juntos. Tras la comida, llegan los talleres: baile, bioética, teatro, ecología, astronomía, deporte, canto, etc. Dos horas para conocerse y comunicarse a través de diferentes formas, expresiones o lenguajes… «¡Genial, magnífico, impresionante! El encuentro ha estado muy bien, pero sin duda, lo mejor fue el taller y el momento de la sala con todas las experiencias de alegrías y dolores, las respuestas de Emmaus... Una experiencia sublime». Otro decía: «Lo que se respiró el sábado durante todo el día fue alegría y ganas de comerse el mundo, o por lo menos eso fue lo que me llegó a mí». «Aterricé ahí, sin saber muy bien por qué, simplemente porque me habían insistido mucho en que iba a ser un día genial... ¡Qué bien lo pasé y cuánto disfruté! Me encantó ver a tantísimos jóvenes como yo dispuestos a transformar el mundo desde dentro, desde la Unidad y el Amor. Me encantó el taller de bioética, el ambiente, ¡todo! ¡Millones de gracias!». Y después de los talleres, reencuentro en el salón de actos. Se respira alegría, paz, energía positiva. Poco a poco van pasando por el escenario distintas personas que, con su experiencia como estudiantes, en el campo de la música, de la economía de comunión, de los medios de comunicación, van mostrando los frutos de vivir por este gran Ideal. Son las 7 de la tarde, un silencio impresionante inunda la sala. Llega el momento de hablar del dolor. La experiencia de Ignacio, un joven que habla de la enfermedad que sufre, sobrecoge a todos. Pero su vivencia va más allá del sufrimiento, habla de aceptación, de ofrecimiento, de Amor. María Voce, de sobrenombre Emmaus, la presidenta del Movimiento de los Focolares, que nos acompaña durante la tarde, se queda también impresionada. Durante esas tres horas, en distintas intervenciones, había explicado cómo vivía ella en su juventud esta revolución positiva, cómo ponía en práctica el arte de amar, cuando alguno de los presentadores la interpelaba. Éstos procuraban intercalar con agilidad estas cuestiones con experiencias de distintas personas. Tras escuchar a Ignacio, Emmaus anima a todos a vivir así la vida, con sus momentos de gran felicidad y también de dolor. Recuerda a Chiara Luce, recientemente beatificada, y lanza un último mensaje: «¡La revolución ya ha empezado, la he sentido, la he visto hoy aquí! Ahora, cada uno en su ciudad, mantened este fuego, hacedlo más grande, inflamad otros corazones. ¡Sólo tenemos una vida y vale la pena gastarla así!». Un efusivo aplauso confirma el compromiso. «Encuentros como éste te “recargan las pilas”, pero éste más, sobre todo por lo que dijo Emmaus al final, que no esperásemos a hacer mañana lo que podíamos hacer hoy. Me gustó». «¡Ha sido un día impresionante! Sólo puedo dar gracias porque me ha recordado lo importante que es ser amor concreto para el que tienes al lado. Cómo decía Emmaus: “tenemos que mirar arriba de la diana”. Sólo así... ¡¡Seguimos en esta revolución!!». «Se respiraba en el ambiente, en las miradas de la gente, en las sonrisas... ¡La Unidad existe y esta revolución tenemos que llevarla fuera! ¡Vamos juntos! ¡A por ello!». «Para mí fue una forma de coger fuerzas y de reafirmarme en lo que ya creía. Fundamental la presencia de Emmaus para convencerme del todo. Ahora en nuestras ciudades sólo nos queda expandirlo, perder la vergüenza, y ser diferentes». Después de la cena, ¡llegó la fiesta! Música, danza, teatro, actuaciones de lo más variadas llenan la sala de emoción, aplausos, sonrisas… La gente corre por los pasillos en trenecito, bailando, animando a todos… Llegan las 24.00h, nos despedimos hasta la JMJ y, como cenicientas, nos vamos a dormir. Eso sí, llenos de una inmensa felicidad. LA CRUZ QUE ME REGALARON A los 12 años me diagnosticaron poliposis intestinal, una enfermedad que puede derivar en cáncer. Para eliminar los pólipos, me hacían colonoscopias cada seis meses. Tenía que estar dos días antes con dieta blanda y el anterior sin comer. Resultaba duro estar un día sin comer a los 12 años, pero mi familia me ayudaba no comiendo cosas que me gustaran, o cerraban la puerta de la cocina para que no oliera y cosas por el estilo. Sabía que algún día tendrían que quitarme el intestino grueso. A los 16 años, le pregunté un día a mi madre que a qué edad tendrían que operarme. Quizás a los 22 o 23. Pero dos o tres días después vino a decirme que me operarían en un mes. Esa noche no dormí; me asaltaban muchas dudas sobre cómo iba a ser mi vida. Necesitaba respuestas que mis padres intentaban darme. A los pocos días tomé una de las decisiones más importantes de mi vida: seguir adelante y afrontar las dificultades que pudieran surgir. La primera, hacer 2º de Bachillerato en un año o en dos. El medico me dijo que sería muy duro y que seguramente sería incapaz de comenzar la carrera el año siguiente. Me decidí por repetir. Fue difícil, pues suponía dejar que mis compañeros de siempre siguieran mientras yo me quedaba un año más en el colegio. Jamás me arrepentiré de haber tomado esta decisión. De no ser así, no habría conocido a mis mejores amigos, que hoy están aquí. La operación consistía en una intervención para quitarme el intestino grueso, pero cabía la posibilidad de que hubiera complicaciones. Por ejemplo, que tuvieran que pegarme una pequeña bolsa al cuerpo para expulsar las heces y así evitar que se infectara la cicatriz del intestino. Esto suponía que fueran dos operaciones. Me hice a la idea de que no me la tuvieran que poner. Sería estar un mes con ella y me veía incapaz de salir a la calle con eso puesto, por miedo a que se notara y porque tenía que estar cambiando la bolsa cada cierto tiempo. Unos días antes de la operación fuimos a hablar con el cirujano para que nos explicase el procedimiento. Bien, pues me dice que tengo que llevar la bolsa. Lo acepté sabiendo que era amor de Dios, y yo tenía que imitar en lo posible su forma de amar, que le llevó a morir en la cruz. Después de la primera intervención aparecieron los dolores, que se prolongaron durante días. Sentía una gran soledad y comprendía un poco el dolor que sintió Jesús cuando en la cruz gritó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Y acepté esos momentos con serenidad. En la habitación del hospital, empezaba el día besando una pequeña cruz que me habían regalado. Era mi compromiso con Jesús; le decía que estaba dispuesto a aceptar lo que hubiera preparado para mí ese día. Una de esas mañanas viene el cirujano y me cuenta su plan: primero me pondrían una sonda, luego me harían un scanner y por último, al quirófano. Me puse a temblar y les pregunté a mis padres: «Pero ¿esto también es amor de Dios?». Sí, también... Pero la enfermera se retrasó y cuando llegó el cirujano, empezó a explorarme. Cuál fue su sorpresa cuando notó que la obstrucción era superficial y lo podía resolver ahí mismo. ¡Me libré de la sonda y del quirófano! Realmente sentí el amor de Dios después de haber aceptado esa situación. Aún pasé dos operaciones más, uno de ellas inesperada. Todo esto ha sido un don de Dios que me ha permitido demostrarle mi amor en las dificultades. Ignacio Santos EPA Estudio primero de bachiller en la modalidad de ciencias de la salud. El paso de 4º de la ESO a 1º de bachiller y el cambio de colegio ha sido radical. Quiero estudiar medicina y esto supone sacar una nota media muy alta. Para realizar mi sueño tengo que renunciar a muchas cosas. Y encima, a veces, tras muchas horas de estudio, no sacas la nota que esperabas y te deprimes. Pero en eso consiste la vida, ¿no? En recomenzar siempre, en no dejar que nada te pare, en luchar por tus sueños e ideales. Muchas veces, cuando me cuesta sentarme a estudiar, utilizo un truco que me enseñaron hace unos años. Cojo un papel y escribo EPA, que significan “estudiar por amor”. Cada una de esas veces que me cuesta, pongo una pequeña cruz debajo, y esa hora de estudio la ofrezco por amor; a lo mejor por amor a una persona de quien me acuerdo que está enferma, por amor a una amiga que sé que está estudiando, por amor a mi familia, por amor a Dios... Carmen Prieto TAL COMO SOY Cuando en casa te empiezan a dejar salir con los amigos por la noche, normalmente quieres experimentarlo todo, y no te preguntas por qué haces o dejas de hacer tal cosa. Hace unos años, cuando salíamos por la noche a pasar el rato y contarnos cómo había ido la semana, era normal que cerveza tras cerveza, llegáramos hasta la hora de cierre. Si estábamos animados, seguíamos en algún local que estuviera abierto, y claro, seguías bebiendo. Nada fuera de lo normal. El problema llegaba cuando alguno bebía más de la cuenta y había que llevarlo a casa. Empezó a resultarme extraño: si sales a pasártelo bien, tendrías que estar contento y no acabar enfermo. En cambio, lo habitual era sufrir al día siguiente las consecuencias de la noche anterior. Y esto un fin de semana tras otro. Al final era beber por beber. Miras a tu alrededor y casi siempre es así: se idolatra el alcohol. Afortunadamente, he tenido a mi alrededor personas que me han ayudado con su ejemplo a ir contracorriente en este tema. Me han dado la fuerza para, simplemente, mostrarme tal como soy, sin sentirme raro por no hacer lo mismo que los demás. No quiero decir que hoy sea abstemio, pero tengo claro que lo importante en el bar son las personas que me rodean. Soy yo quién decide, no la sociedad por mí. Y tiene beneficios económicos, pues salir no es barato, y sociales, pues en realidad a mucha gente le gusta ver que uno es consecuente con sus ideas. Todo en su justa medida se puede disfrutar mucho, incluso el alcohol. Últimamente estoy haciendo una experiencia con uno de aquellos amigos con los que salía por la noche. Hemos conseguido encontrar una afición sana, como es salir a correr, que nos gusta a los dos, y sentimos la satisfacción de haberle dado la vuelta a la situación. Bernat


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