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Diciembre - 2007


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La punk, el camarero y el ofendido

Marcos Veneciano


Episodios de un cristiano cualquiera en una gran ciudad, entre muchas dificultades y pocas satisfacciones.

La chica punk Son las once de la noche. Después de mucho esperar, la gente furiosa se lanza dentro del vagón. Esto parece una pesadilla. Además hay cuatro jóvenes que han entrado empujando y se han apalancado en el suelo, provocando las protestas de los demás viajeros, que en realidad prefieren ignorarlos. Hablan a gritos, beben cerveza, sueltan risotadas... Están borrachos. Los miro desde el rincón donde he podido refugiarme y pienso con tristeza en esta juventud tan descarriada. El ruido va en aumento y ninguno de los cuatro se molesta en levantarse cuando alguien pretende entrar o salir. «Hacemos lo que nos da la gana», grita uno de ellos. Entonces se levanta uno, quizás el “jefe”, y se pone a mi lado sonriendo socarronamente. Preferiría no tener que intervenir y pasar un mal trago, porque además estoy cansado, pero algo me impide aislarme. Así que le digo al “jefe” al oído: «¿Por qué no convences a tus amigos para que se levanten?, ¿no ves que los demás pasajeros se encuentran mal?». Me espero cualquier improperio, pero el chico no dice nada. Al cabo de un rato mira a sus colegas y éstos se levantan. La más escandalosa, una chica punk, acaba viniendo a mi lado. La gente tiene miedo y casi ni respira. Entonces, con mucha calma, le comento a la chica: «Se os nota cansados, tú y tus amigos. ¿De dónde venís?». Y ella empieza a hablar. No son de aquí. Está asqueada de la vida, y de la sociedad no digamos. Vaga sin rumbo fijo tratando de ser feliz. No se me ocurre qué decirle para darle consuelo, así que le sonrío, porque la verdad es que ha despertado mi afecto. A veces sientes ternura por alguien a quien te gustaría ayudar para verlo feliz, pero no sabes cómo. Pero aún queda un ratito antes de llegar a casa, así que al menos puedo ofrecerle mi atención, y mi sonrisa justamente. Sin darme cuenta, la tensión ha disminuido y todo parece normal. Los chicos llegan a su parada y salen despidiéndose de mí. De los demás pasan. ¿Habré hecho algo por ellos? El camarero periodista Roberto es el camarero de un bar que hay debajo de mi casa. Algunas veces, por la mañana temprano, entro a tomarme un café. El mucha-cho, que luce varios piericngs en la cara, parece siempre excitado. Yo me tomo el café, pago y me voy. Un día, entro y me dice: «Buenos días, profesor». Nunca antes habíamos hablado, así que me armo de valor y le respondo: «Pues sabes que ésa es mi profesión, ¿quién te lo ha dicho?». Me dice que una vez se fijó en que alguien me saludó así y se había quedado con el dato. Yo no me acordaba, habrá sido una de esas mañanas en que uno anda más ensimismado. El caso es que desde entonces, Roberto (descubrí su nombre) siempre me saluda y a veces no me quiere cobrar, pues dice que me intereso por él, le pregunto cómo está y esas cosas. Me ha contado que trabaja de camarero para ganar algo, pero que estudia en la universidad y escribe en el periódico del barrio. Una mañana me dice muy animoso: «Profe, ¿no quiere leer mi columna? Luego me dice qué tal manejo el estilo». Cojo el periódico y lo leo en el metro. El chico tiene idea, pero el lenguaje... Mejor no detenerse. ¿Qué le voy a decir? La verdad, sin humillarlo y sin darme aires, pero la verdad. A la mañana siguiente entro en el bar con su “columna”. Roberto no se esperaba que la leyese, así que se sorprende. Me pide mi opinión, pero «de verdad...», dice mirándome a los ojos. Así que le digo sinceramente lo que me ha parecido; es más, le digo que cuando escriba otras “columnas” –talento tiene–, que me la pase, pues se las puedo revisar. Me invita a un café y luego dice: «Sabe, voy a dejar este trabajo. He encontrado otro mejor. Le voy a dar mi móvil y mi mail para seguir en contacto. Dicho y hecho. Roberto es un hombre de palabra, me ha mandado más “columnas”. En fin, son cosas que pasan en el bar. Basta una pizca de buena voluntad para darle color a un rincón de la ciudad. El colega ofendido La comisión cultural en la que trabajo desde hace unos años está integrada por gente seria, competente y serena (generalmente). Entre ellas hay un colega que tiene un carácter algo difícil; sólo que, como le di recuerdos de parte de un amigo común, desde que llegué me ha tratado con cortesía. Siempre nos saludamos y comentamos alguna cosa, aunque yo suelo andar con tiento, dado su temperamento especial. A mí me gusta trabajar en armonía con todos, pero no es fácil, pues este colega tiene tiranteces con casi todos los demás. Una vez, el responsable de la comisión tuvo que ausentarse y me pidió que lo sustituyera. Fue un gesto de estima y reconocimiento, y así se lo dije, pero tenía miedo de que algún colega se quedase mal por no haber sido designado. Y es que la envidia anda siempre rondando. Él me dijo que no me preocupara, que ese problema no existía. Así que lo sustituí y parecía que todo iba a ir bien. Cuando volví a ver al colega difícil, me saludó con un frío y escueto “buenos días”, en lugar del habitual “hola”. Pensé que estaría de mal humor y no le di mayor importancia. Pero siguió así durante toda la semana. Hablé de ello con los demás compañeros y me dijeron que se había sentido ofendido porque yo había aceptado la sustitución. Se la esperaba él, que se creía mejor preparado que yo. Me quedé muy a disgusto. Traté de acercarme a él y explicarle las cosas, pero fue inútil. Cada vez estaba más frío. Hasta que, de repente, un día estalló delante de todos acusándome de carrerismo y otras delicadezas por el estilo. Yo me quedé fatal. Nunca en la vida había querido hacer carrera, es más, siempre he detestado a quien lo hace. La ocasión era que ni pintada para una buena discusión en público, decirle lo que pensaba de él y explicarle que si había aceptado el cargo era sólo por cortesía. En el último momento me salvó el Evangelio y cerré la boca. Durante días sentí una gran amargura y, aunque los demás colegas no dejaban de demostrarme su estima, yo preferí quedarme con mi dolor y no comentarlo. Al cabo de unos meses, el colega “ofendido” me llevó aparte y con una inusual voz mansa me pidió perdón. Se lo acepté de buena gana y volví a saludarlo cada día con afecto. Creo que a todos nos hace falta saber que nos han perdonado.


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