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Diciembre - 2007


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Atender con el corazón

Ana María Gato


Un poco de atención puede darle la vuelta a la jornada laboral, e incluso aliviar la angustia de un colega .

Después de aparcar el coche bajo las grandes acacias dormidas en invierno, Nieves suspiró profundamente antes de enfundar en la bufanda su sonrisa cansada. Las noticias de la mañana habían sido deprimentes, como todos los días: peleas, muertos, accidentes absurdos y mortales, una catástrofe natural anunciada y la enésima locura homicida habían rociado de amargura su ánimo, dejándole una indeterminada sensación de sufrimiento. Con esta inestable impresión de desagrado, y con una acuciante necesidad de oponerse a la resignación y al miedo, entró en el edificio donde cada día compatía su jornada laboral con otros empleados, atendiendo a un público normalmente difícil. En el trabajo, Nieves procuraba dar lo mejor de sí misma para facilitar las relaciones y garantizar un clima laboral sereno y eficaz. Pero igualmente había dificultades. Había tenido que afrontar rencores, envidias, debilidades e intolerancias, y no obstante había logrado construir relaciones basadas en la disponibilidad y la confianza. Esa mañana, sin embargo, sentía que el cansancio la hundía en un estado de ánimo impregnado de todo lo negativo que comunicaban las noticias de la radio, que habían convertido sus preocupaciones personales en trituradoras. Por eso deseaba ardientemente que al menos la jornada se presentase tranquila. «Bonita manera de empezar la semana», se estaba diciendo, cuando se cruzó con Luisa, que, contrariamente a lo habitual y sin dirigirle una sola palabra, apenas la miro y pasó de largo. «¿Será posible? ¿Qué le habrá pasado?», pensó Nieves y optó por ignorar el mensaje de Luisa, que parecía querer decirle: paso de ti... «No es mi problema, no tengo nada que reprocharme», se dijo, mientras esgrimía un gesto de fastidio y decepción. «Ya vendrá ella a aclarar las cosas», y se metió de lleno en el trabajo. Esa mañana había unos cuantos inconvenientes para resolver: ausencias que cubrir, errores que subsanar... No iba a ser una jornada nada fácil. Y tampoco el móvil la dejaba en paz, parecía que toda la familia tuviera necesidad de ella para resolver sus imprevisibles tropiezos. ¡Vaya potaje! Durante la hora de la comida tuvo tiempo de reflexionar un poco y contemplar el desarrollo de la jornada con calma y con un corazón distinto, con una atención de calidad, ya que la rápida sucesión de las cosas se lo había impedido hasta ese momento. Repasó la película de los hechos, se detuvo en las miradas, en las palabras, en los gestos... y acabó tropezándose con la mirada de Luisa, y se dio cuenta de que la había evaluado con ligereza. Algo, no supo qué, pero quizás ese deseo de ir a contracorriente que le habían suscitado las malas noticias de la mañana, la estaba empujando a tomar más en consideración a esa persona. Buscó a Luisa, pero contrariamente a lo normal ese día se había saltado la hora de comer y seguía en su puesto de trabajo. Nieves, abriéndose camino entre los empleados con sendos cafés en las manos, se plantó delante de Luisa: «Te he traído un café, ¿lo quieres? Esta mañana me has parecido algo pensativa y quizás preocupada». Unos ojos cansados y sin su habitual maquillaje la miraron fijamente durante unos instantes antes de admitir: «Es verdad, perdóname. Ahora me doy cuenta de que cuando entré no saludé a nadie... Se trata de mi marido». Luisa invitó a Nieves a sentarse. Cogió el café al tiempo que los ojos se le humedecían. Titubeó un instante y luego empezó a hablar: «No quería hablar con nadie, pero creo que me sentará bien poder desahogarme contigo, porque eres discreta y lo entenderás. Mario se ha ido. Nos ha abandonado a mí a y los chicos. ¡Cuántos días he pasado tratando de entender qué estaba ocurriendo!». Nieves empezó a atar cabos y recordó que tiempo atrás Luisa había faltado algunos días y que a veces parecía ausente, escudada en un mutismo inexplicable que todos habían respetado, pero luego había vuelto a la normalidad. «Cuando sospeché que había otra mujer –proseguía Luisa– redoblé mis atenciones con él, pero no ha servido para nada, evidentemente. He tratado de mantener a los chicos al margen, ¡son tan pequeños! Tenía que defenderlos, así que me inventé una excusa tras otra para explicar la ausencia de su padre. He dicho un montón de mentiras para salvar la imagen de su padre. ¡No sabes lo que ha sido todo este tiempo! Y ahora estoy completamente sola». Nieves iba recogiendo la amargura que destilaba su compañera sin perder una gota; estaba compartiendo su drama, su angustia y también sus esperanzas. Y es que no hay recetas para estos casos. Lo único que estaba a su alcance era “hacerse uno”, acompañar a Luisa y a sus hijos en medio del túnel y animarlos a levantar la mirada para seguir caminando. Lo demás ya se vería... Y se preguntó qué habría sido de esa gota de humanidad que tenía delante si hubiese cumplido a rajatabla su primer propósito; qué habría pasado si no se hubiese metido su orgullo en el bolsillo y no hubiese puesto interés en cuidar esa relación personal con una compañera de trabajo. Se habría traicionado a sí misma, eso es; se habría entregado al pesimismo de las noticias de la mañana.


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