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Febrero - 2011


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Memoria y compromiso

Dolores Redondo


La Institución Teresiana celebra su primer centenario (1911-2011). Retazos de su historia de la mano de Camino Cañón.

La página web que la Institución Teresiana ha habilitado con motivo de su centenario (1) muestra mucha información sobre su fundador, el Padre Poveda, y sobre la riquísima obra que se ha desarrollado en estos cien años. Dados nuestros límites de espacio, recomendamos a los lectores que accedan a ella, mientras que aquí nos limitamos a entrevistar a Camino Cañón, miembro de la Institución, docente universitaria, y en la actualidad presidenta del Foro de Laicos. –Me llama la atención el lema: «De la memoria al compromiso». ¿Por qué este lema? –Está cargado de significado. Quiere expresar esa tensión positiva que hay al considerar que nuestra propia historia, hecha memoria, recordada, no sólo a través de fechas y acontecimientos, sino a través de vidas de personas, sirve hoy para relanzar a la Institución hacia el compromiso que los tiempos piden, pero pasado por las expresiones y la intuición del carisma original. –Intuyo mucha reflexión detrás de todo eso... –Sí, es una fuerte invitación a reflexionar y a volver, afectivamente también, a los tiempos primeros, especialmente a ese primer tercio de siglo, cuado todavía Pedro Poveda acompañaba a la Institución, y desde ahí discernir cuáles son los desafíos de hoy. Él tenía especial intuición para captar qué ámbitos emergentes de su tiempo eran más opacos o menos dúctiles para recibir el mensaje evangélico. Su creatividad se orientaba a que el mensaje evangélico llegara a esos ámbitos, a esas personas, a esos rincones. El desafío de hoy es percibir cuáles son los ámbitos, en las situaciones nuevas, que tienen más dificultad para poder recibir el mensaje de Jesús y desarrollar la creatividad en fidelidad con el carisma originario y, por lo tanto, tiene que ver con la mediación cultural y educativa. –Se hace, pues, necesario hablar de la historia de la Institución. –Yo diría que se ha desarrollado en tres etapas. La primera corresponde al periodo del fundador, desde la fundación en 1911 hasta su muerte en 1936. La segunda, a partir de la muerte del Padre Poveda, cuando Josefa Segovia, que ya entonces era directora general, se hace cargo de la reconstrucción de la Institución en el período de la postguerra. Ella muere en 1957. En esta etapa se produce una gran expansión de la Institución. Y la tercera, que iría desde la muerte de Josefa Segovia hasta la actualidad. –Volvamos al principio... –Sí, la Institución nace en un tiempo en el que España se estaba abriendo a la modernidad, en parte con la entrada de la mujer en el ámbito de la educación. En esa encrucijada, Poveda entiende que la educación va a estar cada vez más en manos del Estado, el cual no va permitir que los religiosos entren en sus escuelas. Pero él desea que también esos niños más desfavorecidos, tanto del ámbito rural como de la ciudad, sean formados por personas preparadas cristianamente para que, si bien no puedan enseñar doctrina cristiana, puedan en cambio mostrar con su testimonio, con su vida, que la fe y la santidad de vida van bien con la ciencia. Opta por los nuevos métodos de enseñanza introducidos por las corrientes renovadas de pedagogía, entre ellas las de la Institución Libre de Enseñanza, pero sin renunciar a la dimensión cristiana. –Eso de que la fe y la ciencia vayan de la mano suena muy actual... –Es que Poveda apuesta por la posibilidad de unir ciencia y fe en personas que se formen científicamente, que hagan ciencia ellos mismos, y que sean creyentes comprometidos con su fe cristiana. Éste es uno de los aspectos centrales del carisma de la Institución. Para esta misión elige un tipo de mujer, según una concepción del humanismo radicado en el misterio de la Encarnación, en el que la plenitud humana se expresa en la persona de Jesucristo: su vida, sus sentimientos, sus actitudes y comportamientos son el referente. Y toma como modelo a Santa Teresa, que es plenamente humana y toda ella de Jesús. La oración y el estudio son los instrumentos necesarios para llevar a cabo la misión. –Y ¿cómo puso en marcha sus intuiciones?, ¿cómo las llevó a la práctica? –Durante una larga etapa funda las “academias”, que vienen a ser centros de formación y residencia de alumnas de Magisterio. En 1914 funda en Madrid la primera residencia femenina de estudiantes universitarias, que continúa en el Colegio Mayor Padre Poveda, y también un instituto de segunda enseñanza, el Instituto Veritas, que hoy es un centro concertado. Poveda funda una institución compleja. En Roma presenta una entidad moral, la Institución Teresiana, que es un complejo de asociaciones. La asociación primaria está formada por mujeres que dedican su vida a la misión de la Institución. Luego, la asociación de Cooperadoras de la Institución Teresiana, que en aquel tiempo estaba integrada por mujeres profesionales de la enseñanza, preferentemente profesoras de las escuelas de formación de maestros. Y además, haciéndose eco de las encíclicas papales, presenta también una asociación de Juventud Teresiana Misionera. En ese tiempo Poveda escribe mucho, deja un legado muy abundante, e insiste mucho en la mansedumbre, en «creí por eso hablé», que es uno de sus lemas predilectos. Por lo tanto, confesar a Cristo, por difícil que fuera, pero hacerlo mansamente, no buscando confrontación. –Semejante despliegue tuvo que tener cierta repercusión social... –En las décadas del 20 y del 30 hay personas de la Institución que participan de la actividad política, en municipios o la propia Asamblea Nacional. Se colabora muy activamente con la Acción Católica Femenina emergente. Las casas de la Institución, las Academias, suelen ser sedes de una Acción Católica que se va configurando en España. Es decir, la colaboración con lo que es el asociacionismo eclesial está en la entraña misma de la Institución. Además, en los años 30, surgen otras asociaciones para estudiantes universitarias, pero todo esto desaparece en la guerra: se eliminan ficheros, todo, y desaparece toda esa realidad. –¿Al Padre Poveda se lo llevó la guerra? –El 27 de julio de 1936, unos milicianos fueron a buscarlo a su casa. Estaba terminando de celebrar la Eucaristía; se vistió de paisano y se fue con ellos. Dos personas de la Institución que salieron a buscarlo lo encontraron ya cadáver en la madrugada del 28. –Antes decías que ahí empieza la segunda etapa... –Sí. Josefa Segovia, que era directora de la Institución, asume la responsabilidad y con ella inicia la primera etapa de consolidación con unas personas de cultura variada, situaciones familiares diversas, con las asociaciones ACIT disueltas por la situación de la guerra. Ella se va a concentrar primero en la formación de las personas y simultáneamente en el curso de la misión misma. Esto la llevará a salir, a cruzar las fronteras. Es la época de la fundación de la Institución en 11 o 12 repúblicas americanas. A Chile habían ido en 1928 para hacerse cargo de la Escuela Normal Santa Teresa, fundada por un obispo de aquel país. En Filipinas deja designadas las personas que van a ir a Japón, y luego Tierra Santa, Inglaterra e Irlanda, otros países de Europa y una acción en Guinea. –Para entonces, ¿la Institución ya contaba con la aprobación del Vaticano? –Josefa vivió como experiencia dolorosa la aprobación de la Institución como instituto secular, por petición de la Santa Sede. Lo aceptó, no con gusto, porque va contra la idea carismática del fundador, pero sí en un sentido de obediencia total. Antes de morir pudo hacer un viaje a Jerusalén, que será una experiencia extraordinaria, y dejó un legado de espiritualidad y de horizonte claro. –Y llegamos a la tercera etapa... –En enero del 57 dejó una Institución muy floreciente. En España quedan muchos colegios abiertos y muchas otras cosas, sobre todo muchas personas que actúan en ámbitos diversos. Comienza una nueva etapa, en el sentido de que ya no están ni el fundador ni ella, que había sido directora general desde el comienzo. Por otro lado el Concilio Vaticano II invita a las obras de Iglesia a revisar sus estatutos y volver a sus orígenes. Después de un recorrido formativo exhaustivo en cuestiones de derecho canónico, se hace una consulta a todos los miembros y la respuesta unánime es a favor del cambio. Se presenta la solicitud a Roma, que es aceptada, volviendo a ser lo que era en origen. Ahora la institución tiene la forma canónica de asociación privada internacional de fieles de derecho pontificio. –¿Ha evolucionado el carisma de fundación para adecuarse a los nuevos tiempos y a los nuevos retos? –En estas últimas décadas la Institución ha seguido de cerca los pasos de la Iglesia, que se hace eco de la sensibilidad por la injusticia y las situaciones de pobreza. En este contexto la Institución incorpora diálogos nuevos. El binomio «fe-cultura» se transforma en una terna: «fe-cultura/s-justicia». Ampliando el concepto de cultura se compromete en la transformación social, siempre a través de la educación, en los ámbitos más carenciados y en las naciones más desfavorecidas. En alguna medida disminuyen lo que llamaríamos obras propias, colegios en España y otros países, para equilibrar el número de personas dedicadas a estas obras con el que trabaja en la educación pública y en la de iniciativa social, no solamente la estatal. También se abren nuevos escenarios, entendiendo que la mayoría de las profesiones son susceptibles de realizarse desde una perspectiva educativa porque permiten la formación de personas. –Toda la actividad en este ámbito social, ¿la hacéis directamente a través de la Institución o tenéis también otros cauces? –Bueno, desde el inicio, Pedro Poveda creó una entidad civil. Él era muy cuidadoso, quería estar libre para actuar y no quería actuar en la sociedad civil a través de una entidad religiosa. Esta sensibilidad suya se ha mantenido en el tiempo, de manera que la Institución actúa en el ámbito civil a través de sociedades civiles en las que participan las personas que quieren colaborar en estas actuaciones. 1) www.institucionteresiana.org


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