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Febrero - 2011


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Fracaso escolar

Jaime Borda


¿Qué entendemos cuando se habla de fracaso escolar? Una aproximación a través de los conceptos de nivel educativo y excelencia educativa. El peligro de la exclusión educativa.

Hablar hoy de fracaso escolar supone entrar en un terreno resbaladizo, pero es necesario comprender bien el fenómeno en sus causas y en sus consecuencias. El término «fracaso escolar» se materializa en el sistema educativo, pero su significado está muy determinado por la cultura, las costumbres, las condiciones socioeconómicas y las políticas educativas, así como por los preconceptos que tienen al respecto los padres, los profesores y los alumnos. Según Juan Manuel Escudero (1), no es un fenómeno natural, sino algo forjado a lo largo de la historia desde los inicios de la escolarización. Su significado y sus dimensiones son todavía difusos. Por eso aquí sólo trataremos un aspecto preocupante y desde mi punto de vista el más crítico. Pero antes, es pertinente abordar dos conceptos que hacen que sus límites varíen con el tiempo: el nivel educativo y la excelencia educativa. También éstas son etiquetas sociales y sus significados están condicionados por el momento histórico y el contexto en el cual se definen. A ver, ¿quién es el mejor? Afirma Álvaro Marchesi (2) que el término nivel educativo tiene dos significados distintos. Por una parte, hace referencia a «la valoración que los distintos sectores sociales realizan sobre el funcionamiento de la educación y los aprendizajes de los alumnos»; y por otra, indica la evaluación cuantitativa o cualitativa «de los progresos de los alumnos en relación con los diferentes objetivos que el sistema educativo se plantea». El primer significado es más subjetivo que el segundo, pero ambos miden los conocimientos de los alumnos. Subraya Marchesi: «El significado del nivel educativo tiende indefectiblemente a lo que los alumnos aprenden. Y lo que los alumnos aprenden, a su vez, se resume en sus conocimientos en los ámbitos tradicionales del saber: lengua, matemáticas y ciencias sociales. […] El nivel refleja, en consecuencia, uno de los principales objetivos de la enseñanza. Y esta selección recae habitualmente en los aprendizajes tradicionales, lo que supone una reducción muy peligrosa de lo que significa la educación». En cuanto a la excelencia educativa, en cierto modo es producto del nivel educativo que las escuelas y la sociedad determinan. Afirma Philipe Perrenoud (3) que «todo grupo social engendra normas de excelencia». Especialmente en los grupos profesionales existen unas jerarquías de excelencia que pueden ser formales o informales, explícitas o no. Cuando se hacen formales y explícitas surgen las normas. Las jerarquías no son algo etéreo, sino propias de la naturaleza humana y se ponen en evidencia cuando hay posibilidad de comparación, de decir quién es mejor en esto o aquello. Por ejemplo, designar al mejor futbolista o al mejor chef o al mejor actor crea inevitablemente unos estándares de excelencia. La escuela no es ajena a esas jerarquías sociales. Perrenoud mantiene que «las clasificaciones escolares no son sino la prefiguración de jerarquías vigentes en la sociedad global, en virtud de modelos de excelencia que reciben una valoración suficiente como para ocupar un espacio en el currículum». Al igual que en otras instancias de la sociedad, aunque las normas no existan, los alumnos tienden a hacer comparaciones y catalogan a sus compañeros como «el mejor en». Además hay que tener en cuenta que aun el más ecuánime de los maestros difícilmente podría «orientar a los alumnos en su trabajo y en sus aprendizajes sin formular, implícita o explícitamente, juicios de valor», dice Perrenoud. De estos planteamientos surge la eterna pregunta sobre la pertinencia o no de las calificaciones, y de manera especial sobre los métodos que se usan para valorar el progreso de aprendizaje del alumno, tema complejo en el que no me detengo. Basta decir que sigue siendo un planteamiento completamente válido y necesario. El título necesario Aproximémonos ahora al concepto de fracaso escolar. Vuelvo a recordar que éste término tiene diferentes acepciones. Puede hacer referencia al bajo rendimiento, o a suspender una asignatura, o a suspender un curso, o a la necesidad de repetirlo, o incluso al abandono definitivo de la escuela. Por lo tanto, es importante aclarar a qué nos referimos. En su sentido más crítico, el fracaso escolar hace referencia a la no obtención del título de graduado en la enseñanza secundaria obligatoria. Ahora bien, más allá de lo que marca la tradición escolar, Marchesi ofrece una definición que pone en evidencia aspectos relevantes: «El fracaso escolar se refiere a aquellos alumnos que, al finalizar su permanencia en la escuela, no han alcanzado una preparación básica que les permita vivir de forma autónoma en la sociedad». Es decir, en España sería la no obtención del título de la ESO, pues genera una exclusión educativa al negarle a una persona el derecho a formar su pensamiento y desarrollar sus capacidades. ¿Excluidos de qué? A medida que las sociedades evolucionan, se vuelven más exigentes en el nivel de los conocimientos y habilidades que una persona debe adquirir para incorporarse al mercado de trabajo. No es exagerado afirmar que quizá en pocos años será difícil conseguir un empleo sin poseer la titulación básica. Para entender mejor las consecuencias sociales del fracaso escolar en nuestro contexto vale la pena recordar el artículo 18 de la LOGSE: «La educación secundaria obligatoria tendrá como finalidad transmitir a todos los alumnos los elementos básicos de la cultura, formarles para asumir sus deberes y ejercer sus derechos para la incorporación a la vida activa o para acceder a la formación profesional específica de grado medio o al bachillerato». Esto implica que cuando un estudiante no logra la titulación de la ESO, el sistema educativo y la sociedad asumen que ese individuo no está preparado para ninguna de las tres finalidades de la educación obligatoria, y también que la escuela, como institución social, perdió diez o más años, lo cual es preocupante. Y por si fuera poco, al no otorgarle el título se le cierran un sinnúmero de puertas, con lo cual se abona el terreno para una exclusión social en el futuro próximo. Es importante notar que la escuela no es la única responsable de esto. La educación no es sólo tarea de la escuela; es tarea de todos, empezando por la familia, cuyo protagonismo al respecto se ha visto sofocado por diferentes factores sociales, económicos y culturales. Al abordar esta problemática, muchos estudiosos se preguntan de quién es el fracaso, del alumno o de la escuela. La respuesta no es sencilla, pero hay que encontrar explicaciones coherentes que permitan plantear soluciones eficaces. Los sistemas educativos modernos tienen ante sí el reto de minimizar el fracaso escolar y cerrar definitivamente las puertas de la exclusión educativa. La escuela, como garante de la formación y preparación de los nuevos ciudadanos, debe encontrar estrategias que le permitan asumir su cuota de responsabilidad, ofreciendo una educación de calidad que no excluya a nadie y que asegure un razonable éxito escolar. Y entonces, ¿qué debe hacer la escuela?, ¿qué deben hacer los padres?, ¿qué debería hacer la sociedad en su conjunto? Estoy convencido de que la solución no está sólo en los manuales de pedagogía; es necesario ir más allá, a lo profundo del corazón de cada ser humano, especialmente el de los más vulnerables y más propensos al fracaso. Nos queda por delante la ingente e impostergable tarea de responder a estas preguntas. ¡Manos a la obra! 1) Catedrático de Didáctica y Organización Escolar de la Universidad de Murcia. 2) Catedrático de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad Complutense. 3) Doctor en Sociología y Antropología y profesor en la Universidad de Ginebra. AFRONTAR EL RETO Hace treinta y cuatro años que ejerzo de maestra. He sido profesora de E.G.B., maestra de Primaria, seño, profe, Loli y doña Dolores. Todo depende de las modas, que también en esto las hay. Pero lo que no cambia es que en cada aula hay alumnos brillantes y menos brillantes. Y en los últimos años en éstos se ha abierto brecha significativa el famoso fracaso escolar. No he elaborado tesis, pero tengo experiencia y un gran amor por mis alumnos, a los que siempre veo como personas que Dios me confía durante un periodo de sus vidas para acompañarlos en la difícil tarea de la formación. La espiritualidad de la unidad, que intento vivir desde antes de comenzar mis estudios superiores, ha acrecentado mi vocación, y mi línea ha sido la de «hacerse uno», es decir, ponerme en el nivel en el que el otro se encuentra para intentar subir juntos, colmando los vacíos. Trato de recordar algunas experiencias que el tiempo no ha podido borrar de mi memoria. Era mi segundo año de maestra. Entre otras cosas enseñaba Ciencias Naturales (Física) en aquel 7º de E.G.B. que tantos quebraderos de cabeza dio a los profesores de la época. Una clase llena de preadolescentes a quienes la Física les interesaba bastante poco. Entre treinta o más pares de ojos destacaba una mirada siempre perdida. Intento por todos los medios despertar su interés con trabajos en grupo y otros medios, pero nada sirve. Un día me trajo un sobre. La psicóloga de la casa de acogida donde reside me pide que después de cada clase rellene un formulario sobre atención, interés, rendimiento… y se lo entregue a la alumna en sobre cerrado. Me parece estupendo que alguien pueda ayudarla, y dedico cada día el tiempo necesario para colaborar, pensando que es el mejor modo de amar a esta chica. No es que su rendimiento se ajustara a la norma a partir de ahí, pero al menos estaba más integrada y algo iba aprendiendo. Pocos meses después, recibí un cariñoso agradecimiento de la psicóloga: no es necesario seguir, sólo necesitaba estar segura de que le interesa a alguien, y de eso ya no tiene ninguna duda. Muchos años después tuve en clase a una niña encantadora que no logra seguir el ritmo de aprendizaje de sus compañeros. Me entrevisté con sus padres y me comunican angustiados que ya en preescolar habían sido advertidos de que era vaga: lista, pero no hace nada. Ni premios ni castigos habían servido para motivarla. No sabían qué hacer. Por experiencia ya había aprendido que a los cinco o seis años un niño no es vago. Si desconecta, hay algún motivo. Nos pusimos de acuerdo en cómo reforzar en casa lo que hacíamos en clase, para dedicarle el tiempo necesario, y al mismo tiempo traté de calmar la ansiedad de los padres con notas positivas en los cuadernos, de ánimo, de felicitación. La niña fue dejando de colorear todo en oscuro y elegía colores más brillantes. Le gustan las actividades de clase, menos leer, que es lo más importante a esa edad. Hasta que de tanto estar a su lado descubrimos que tenía un problema en la vista. Bastaron unas visitas al oftalmólogo, un bonito par de gafas azules (aún las recuerdo) y la niña fue una alumna normal, que hoy ha terminado su carrera. Otras veces es más complicado, porque detrás del fracaso hay algún factor de discapacidad, de familia o de inadaptación que debe resolver un especialista. Pero es siempre importante amar al otro hasta entrar en su piel y luego ver qué se puede hacer. Aquel niño llegó a la primaria en un estado que se podría definir de autismo. Así resultaba en su informe, que también hablaba de mutismo selectivo. El reto me pareció demasiado difícil, pero no quise tirar la toalla. Poco más de un mes después de comenzar el curso, el niño no habla, pero cuando lo hago yo, me sostiene la mirada. Es más, busca mi aprobación cuando hace un dibujo y sonríe levemente sin levantar la mirada cuando lo felicito. Cuando empiezan a avanzar en la escritura, es él quien mejor lo hace. En el segundo trimestre ya es capaz de escribir al dictado y redactar usando frases de cierta complicación. Y cuando leemos todos en clase, él lo hace con apenas un hilo de voz, pero lee, y muy bien. Entonces le propongo que cada vez que me quiera decir algo, puede escribirlo en un papelito y luego leérmelo. Accede y seguimos así por un tiempo. Un día sus padres me comunicaron que el psiquiatra infantil que lleva su tratamiento quiere tener una entrevista conmigo. Acepté porque todo lo que sirviera para su mejoría valía la pena. El psiquiatra me llamó inmediatamente por teléfono. Quería conocer mi técnica, pues era evidente que el niño en clase se encontraba bien. No siempre los resultados han sido óptimos. Es más, a veces, después de mucho empeño, ves crecer a un alumno y fracasar definitivamente. El reto está ahí, pero tengo la certeza de que se puede, si todos colaboramos. María Dolores Redondo CONECTAR CON ELLOS Trabajo en un instituto público. Hay una asignatura nueva que impartir y nadie de mi departamento la quiere dar. Viendo la situación, me ofrecí para hacerlo, pues tengo la titulación adecuada, y así empieza mi aventura con un curso de diversificación (chicos en última oportunidad de titular en la ESO) de los que además soy tutora. Voy a estar varias horas con ellos a la semana. El primer día tengo un cierto temblor interior: si no consigo conectar con ellos, será complicado que salgan adelante. Ahora a los profesores se nos pide que hagamos un poco de todo y no siempre resulta fácil. Muchos de los chicos están desanimados, no confían en sus posibilidades. Vienen con muchas asignaturas pendientes y también están expectantes ante este nuevo curso. Me preocupo de conocerlos, sus gustos, lo que no les va, sus lagunas, su situación familiar, lo que les gustaría hacer si logran titular, etc. Es una conquista diaria; sus dificultades académicas son reales y en algunos casos profundas. Uno de ellos, un chico extrovertido y simpático pero con la autoestima muy baja, tiene muchas dificultades a la hora de expresarse por escrito, su letra es ilegible, además su vocabulario es pobre, etc. Sin embargo, gracias al ambiente que tenemos en clase, sus compañeros lo eligen como delegado. Él se siente responsable y se ofrece para cualquier cosa que se necesite. Es fundamental que trabajen en equipo para que pongan en común sus habilidades en cada asignatura, de modo que cada uno pueda ser un don para el otro. Los demás profesores también anhelan que estos chicos avancen, por eso trato de apoyar a cada uno, pues estoy convencida de que tenemos que educar en saber afrontar las dificultades, ya que la vida es dura. Observo que mis palabras de aliento son de gran ayuda; se van sintiendo más capaces, lo cual no quiere decir que aprueben todo a la primera. Pero no me canso de repasar con ellos para que aprendan lo que vamos estudiando, intentando poner amor en cada oportunidad que tengo. Con el delegado hay que emplearse a fondo. Llamo a sus padres y en seguida noto una gran sintonía con ellos. Nos vemos varias veces a lo largo del curso. Las llamadas van y vienen. El chico me confía sus dificultades y poco a poco intentamos encauzarlas. Al final, en junio aprueba todo menos una asignatura que sacará en septiembre. Está contentísimo y su familia también. Hace dos semanas la madre vino a saludarme y a decirme que el chico ha estado trabajando y que ahora se está preparando unas oposiciones. Me asegura que si no hubiera sido por mi ayuda, su hijo no lo hubiera conseguido. Siento una gran alegría, porque es otro chico que ha salido adelante a pesar de todo. M. P. M.


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