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Diciembre - 2007


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Mártir, o sea, testigo

Ángel Camino Lamelas


Heroísmo por la fe Breve crónica de los actos que tuvieron lugar con motivo de la beatificación de 498 mártires españoles del siglo XX.

Tuve la suerte de participar, el 28 de octubre, en la Beatificación de los 498 mártires del siglo XX en España, celebrada en la Plaza de San Pedro del Vaticano. Acudí con 84 feligreses de la parroquia agustiniana de Santa Ana y la Esperanza, en el barrio madrileño de Moratalaz. El acto fue presidido por el cardenal Saraiva, y contó con la presencia de varios cardenales, la casi totalidad de los obispos españoles, varios centenares de sacerdotes, religiosos y religiosas y una multitud de españoles. La escena es difícil de olvidar: hombres y mujeres creyentes llamados por el Sucesor de Pedro para notificar solemnemente la beatificación de 498 hermanos que dieron su vida por Jesucristo en circunstancias difíciles de nuestra historia. No se trataba de un acontecimiento social, sino de una celebración de la Iglesia, de alcance universal, que muestra la santidad de sus hijos. Además, entre los mártires había 98 agustinos, y mis sentimientos humanos y espirituales estaban a flor de piel. La preparación a esta jornada inolvidable no pudo ser mejor. Nuestros obispos nos habían regalado en el mes de abril un emotivo mensaje en el que ponían de relieve los rasgos comunes de estos nuevos mártires: hombres y mujeres de fe y oración, particularmente centrados en la eucaristía y en la devoción a la Santísima Virgen. Por ello, mientras les fue posible, incluso en cautiverio, participaban en la santa misa, comulgaban e invocaban a María rezando el rosario. Como apóstoles que eran, fueron valientes cuando tuvieron que confesar su condición de creyentes, disponibles para confortar y sostener a sus compañeros de prisión. Rechazaron las propuestas de minusvalorar o renunciar a su identidad cristiana y resistieron a los malos tratos y torturas. Perdonaron a sus verdugos y rezaron por ellos, y a la hora del sacrificio mostraron serenidad y profunda paz, alabando a Dios y proclamando a Cristo como único Señor. En nuestro grupo había tres sobrinas de un agustino y otra de un dominico. La sorpresa del grupo alcanzó su momento culmen cuando estas mujeres, con su lenguaje llano y familiar, comunicaron lo que de niñas habían oído en casa de sus tíos: episodios de sus vidas ejemplares, de entrega y servicio, de permanencia en sus destinos, aunque podían haber huido, y la dureza de su muertes, que describían con exactitud. La víspera, por la mañana, el cardenal Rouco Varela nos dijo estas pañabras: «Cualquier persona de buena voluntad es consciente de que los mártires son modelos de vida y de verdadera humanidad. Durante la quema de iglesias, que se inició en 1931 y se extiende hasta 1939, los mártires, con su humanidad atrayente, se dejaron matar, aceptaron el reto de forma positiva. Por eso, si tenemos que hacer memoria, la más ejemplar es la de Dios. Las vidas de los nuevos beatos fueron vidas marianas, llenas de un infinito amor a la Virgen. Los mártires son un ejemplo para España de cómo tenemos que vivir el don de la reconciliación, del perdón y de la paz». Toda una fiesta orante tuvo lugar esa tarde en la basílica de San Pablo Extramuros. Oración, cantos y testimonios se mezclaban con las reflexiones de los obispos. Monseñor Ricardo Blázquez, obispo de Bilbao y Presidente de la Conferencia Episcopal, manifestó que «los mártires, situados ante la alternativa, no buscada ni provocada por ellos, de renegar de la fe cristiana y así salvar la vida, o de mantenerse adheridos al Señor y así perderla, prefirieron en un gesto admirable entregar la vida temporal y recibir la vida eterna, recordando las palabras del Maestro: “Quien pierde su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”. Los mártires que van a ser beatificados mañana murieron aclamando con los labios y el corazón: ¡Viva Cristo Rey! A algunos el rosario los identificó como cristianos y en la hora suprema supieron que era una señal decisiva. Unos murieron porque participaban en la eucaristía y otros por el hecho de ser sacerdotes, frailes o monjas». En el mismo lugar, el cardenal Carlos Amigo, arzobispo de Sevilla, con un lenguaje muy cercano, no dudó en preguntar: «¿Qué esperamos de estas beatificaciones? La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos. Con ellos compartimos la misma esperanza que obliga a la Iglesia a ir peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios». El cielo del domingo 28 de octubre estaba totalmente despejado. A las diez en punto se iniciaba la eucaristía presidida por el cardenal José Saraiva Martins, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos y legado papal para la beatificación. Cuando el cardenal terminó de leer el decreto pontificio, cada uno de los presentes aplaudía con todas sus fuerzas y nos fundimos en un aplauso prolongado, que era la forma de decir al cielo ¡gracias! Cuántas veces hemos aplaudido por la magnífica interpretación de una obra musical! Hoy con mayor razón: nuestros mártires nos hacían entonar el mejor himno de gloria a Dios por su vida, su fidelidad y el valor indescriptible ante una muerte provocada por el amor a Jesucristo. En su homilía, el cardenal Saraiva afirmó que «la vida cristiana no se reduce a unos actos de piedad individuales y aislados, sino que ha de abarcar cada instante de nuestros días en la tierra. Jesucristo ha de estar presente en el cumplimiento fiel de los deberes de nuestra vida ordinaria, entretejida de detalles aparentemente pequeños y sin importancia, pero que adquieren relieve y grandeza sobrenatural cuando están realizados con amor a Dios. Los mártires alcanzaron la cima de su heroísmo en la batalla en la que dieron su vida por Jesucristo. El heroísmo al que Dios nos llama se esconde en las mil escaramuzas de nuestra vida de cada día. Hemos de estar persuadidos de que nuestra santidad –esa santidad, no lo dudemos, a la que Dios nos llama– consiste en alcanzar lo que Juan Pablo II ha llamado el “nivel alto de la vida cristiana ordinaria”». Y llegó el momento más esperado. Benedicto XVI se asomó a la ventana para el rezo del Angelus. Sus palabras no se hicieron esperar. Después de elogiar la vida de los nuevos mártires, lanzó todo un reto. El ejemplo de los mártires «testimonia que el bautismo compromete a los cristianos a participar con valentía en la difusión del Reino de Dios, cooperando si es necesario con el sacrificio de la misma vida. Ciertamente no todos están llamados al martirio cruento. Existe también un “martirio incruento”, que no es menos significativo, como el de Celina Chludzinska Borzecka, esposa, madre de familia, viuda y religiosa, beatificada ayer en Roma: es el testimonio silencioso y heroico de los muchos cristianos que viven el Evangelio sin componendas, cumpliendo su deber y dedicándose generosamente al servicio de los pobres. Este martirio de la vida ordinaria es un testimonio particularmente importante en las sociedades secularizadas de nuestro tiempo». El lunes 29, en la basílica de San Pedro llena a rebosar, celebramos una eucaristía de acción de gracias presidida por el Secretario de Estado, Tarcisio Bertone. Se veía en el cardenal a un pastor que irradiaba alegría y gratitud. Nos sentimos interpelados cuando en su homilía comentó: «Estos mártires no han sido propuestos al pueblo de Dios por su implicación política ni por luchar contra nadie, sino por ofrecer sus vidas como testimonio de amor a Cristo y con la plena conciencia de sentirse miembros de la Iglesia. Por eso, en el momento de la muerte, todos coincidían en dirigirse a quienes los mataban con palabras de perdón y de misericordia. Así, entre tantos ejemplos parecidos, resulta conmovedor escuchar las palabras que un religioso franciscano de la comunidad de Consuegra dirigía a sus hermanos: “Elevad vuestros ojos al cielo y rezad el último Padrenuestro, pues dentro de breves momentos estaremos en el Reino de los Cielos. Y perdonad a los que os van a dar muerte”. Por eso, estos nuevos beatos han enriquecido a la Iglesia de España con su sacrificio y son testimonio de fe, de esperanza firme contra todo temor y de un amor hasta el extremo. Su muerte constituye para todos un importante acicate que nos estimula a superar divisiones, a revitalizar nuestro compromiso». Despedirse de Roma ha sido una mezcla de añoranza y de urgencia por actualizar de inmediato el martirio incruento del que había hablado el Santo Padre. Alegría, reconocimiento, gratitud, emoción eran las palabras más repetidas por los peregrinos. Cientos de miles de toda España, representando a las diócesis y a las congregaciones religiosas. Hemos vuelto distintos, acompañados por 498 nuevos beatos que nos hablan de una santidad posible para construir la nueva civilización del amor. RECUADRO Con motivo de la beatificación de estos 498 márires del siglo XX, Edice, la editorial de la Conferencia Episcopal, publico el volumen Quiénes son y de dónde vienen, que recoge las biografías y fotografías de todos ellos, así como su relación con las diócesis actuales. La obra ha corrido a cargo de Mª Encarnación González Rodríguez, directora de la Oficina para las Causas de los Santos, La obra se articula en dos partes. La primera reúne las biografías sintetizadas de los 498, con su correspondiente fotografía, tarea en la que han colaborado los diversos postuladores de las causas, coordinados por el P. Ildefonso Moriones Zubillaga, O.C.D., postulador general del Carmelo Teresiano. La segunda parte, elaborada en la Oficina para las Causas de los Santos de la CEE, detalla la relación de los 498 mártires con las diócesis de España y con otros países.


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